— O sea, ¿que están afirmando que ninguna de ustedes fue capaz de alcanzar a la primera una joya que incluso una niña de tres años podría recuperar con total facilidad?
La mano con la que sostenía el vaso tembló, aunque de forma casi imperceptible, mientras por mi mente cruzaba un solo pensamiento: «¿Acaso no ha visto al dragoncito?».
A juzgar por el intercambio de miradas, no era la única que pensaba lo mismo. La mayor parte de la atención se centró en la segunda de las princesas, quien respondió agitando la cabeza en un rotundo signo negativo. Como resultado, el desconcierto se apoderó de los seis rostros presentes.
— ¿Milady? —me recordó el testigo olvidado de nuestro polílogo¹ mudo—. ¿Ha ocurrido algo?
Su «¿Ha ocurrido algo?» sonaba exactamente como un «¿Qué demonios han hecho ya?».
— No, no, para nada, todo está bien. Es solo que nos parecía que se había rodado demasiado lejos. Le agradezco que lo haya encontrado, Señor Cornelio.
Por sus ojos notaba que no se había creído ni una palabra. Menos mal que no insistió en el interrogatorio. ¡Alabado sea el cielo!
— ¿Y están seguras de que solo estaban buscando el anillo?
¡Vaya, hola de nuevo, manos sudorosas! Hacía tiempo que no coincidíamos, ¿verdad? Concretamente desde la época de los exámenes de ingreso a la universidad.
— ¡Por supuesto! ¿Qué otra cosa podríamos estar buscando ahí abajo?
¿Dónde estás, nuestra superheroína? Tía, ¿dónde te metes cuando más se te necesita? ¡Ahora mismo nos vendrías de perlas!
— Vuestra Excelencia —resonó desde la puerta una voz salvadora, aunque por desgracia no era la de mi tía—, Su Majestad ha revisado el borrador del tratado de paz con Volfram, pero le han surgido un par de dudas respecto a algunos puntos.
— Con que vengándote, ¿eh? —refunfuñó Cornelio—. En fin, damas, por cuestiones de fuerza mayor me veo obligado a abandonarlas.
¿Acaso se escuchó demasiado fuerte nuestro suspiro de alivio? ¿No? ¡Menos mal!
— Judit, ¿estás completamente segura?
— Si de algo estoy segura, es de que no sufro de ilusiones descontroladas ni desmesuradas. Mi magia puede fallar, pero jamás se activa sin mi intervención.
— ¿De qué están hablando?
— Vera, Lady Mikaella, hacer que el huevo resulte invisible es algo que solo una de nosotras podría lograr, ¿verdad, Judit?
— Belinda, mide tus palabras.
— ¡Tú no eres quién para mandarme, Lili! ¡No eres mi madre!
— A ver, relájense las dos y explíquenmelo con calma.
— ¿Y qué hay que explicar? El huevo ha desaparecido y ahora atente a las consecuencias. ¡Ya les dije que esto no traería nada bueno! Si no nos castigan a nosotras, esa criatura acabará matando a alguien. ¡Y la culpa será nuestra!
¿Pero qué le picaba a Bel? ¿A qué venía ese cambio tan drástico de humor?
— Belinda Mirium Argentum, por favor, cálmate.
— ¡Cállate, Lili! No pienso seguir participando en esto. ¡Ya he tenido suficiente!
La niña, hecha una furia, salió de la habitación sin detenerse a escuchar a nadie. Liliana hizo amago de ir tras ella, pero a mi parecer, ambas estaban demasiado alteradas y de ahí no saldría nada bueno.
— Yo iré tras ella.
— De acuerdo —respondió la hermana mayor tras meditarlo unos instantes.
Dado que Bel iba prácticamente corriendo, a mí también me tocó acelerar el paso, sobre todo teniendo en cuenta que me llevaba unos dos o tres minutos de ventaja.
— ¡Es... es... espe... espera! —grité tras pegarme una carrera por las escaleras que, milagrosamente, no terminó en tragedia.
Por supuesto, no me oyó. O más bien, no quiso oírme. No me quedó otra que meter el turbo.
En el preciso instante en que sentí que me iba a desplomar allí mismo, la niña se detuvo junto a un árbol no muy lejos del lago donde se había caído Vesta. Cuando se sentó a sus pies apoyando la frente sobre las rodillas, me dio la impresión de que estaba llorando. Mis sospechas se confirmaron en cuanto la distancia entre nosotras se redujo a unos dos metros: de ella brotaban unos sollozos apagados.
Lo máximo que estaba en mis manos hacer en este momento sin empeorar las cosas era, simplemente, estar a su lado. Si sentía la necesidad, ya lo contaría ella misma. Meterse en el alma de un niño —o de cualquier persona— si esta no te abre voluntariamente las puertas de su altar interior, no es una buena idea; solo puedes empeorarlo todo. Además, dar consejos a diestro y siniestro no sirve de nada, menos aún cuando desconoces las circunstancias exactas. Seguro que sobran o, peor aún, resultan completamente fuera de lugar. De este modo, uno corre el riesgo de quedar como un soberano estúpido, lo cual no solo arruina la impresión inicial, sino que le pone una cruz definitiva a tu reputación como pedagoga.
— ¿Por qué tuvo que traerlo Ovidi en primer lugar? —preguntó la niña de repente, pillándome desprevenida.
— ¿Acaso no te da lástima?
— Me da lástima, pero las consecuencias...
En mi interior parecieron emerger dos posturas encontradas: una reconocía la total sensatez de los temores de Belinda, mientras que la otra, aunque no los negaba, mantenía la esperanza de un final feliz. O tal vez no es que hayan nacido dos personalidades distintas en mí, sino que mi propia alma rechaza de plano una opción como la de entregar el huevo a unos cazadores de dragones. Por cierto, ¿existirá semejante profesión aquí?
— Te soy sincera: en parte, te entiendo perfectamente. Los dragones escupen fuego y son monstruos capaces de sembrar la destrucción. Si vidas inocentes se ven afectadas, la culpa no será del dragoncito, sino nuestra. Pero si lo miras desde otra perspectiva: se trata solo de una criatura minúscula que ni siquiera ha comenzado a vivir en este mundo. ¿De verdad podemos, sin más, arrebatarle esa oportunidad?
— Es demasiado pequeño para sentir dolor.
— ¿Estás completamente segura de eso?
Se quedó callada, reflexionando sobre una pregunta que dejaría en jaque a cualquiera. ¿Acaso el hecho de que un ser no haya visto aún la luz del sol significa que no está vivo o que no siente dolor? ¿Es incapaz de sufrir? ¿Tenemos acaso el derecho de quitarle la vida a quienes ni siquiera saben lo que es el mundo?
Editado: 09.07.2026