Cómo hacer las prácticas de verano en otro mundo

Capítulo 16: Mima y la saga del dragón comilón

A través del sueño sentí claramente cómo algo intentaba, con enérgica insistencia, atravesarme el costado.

A ver, lobito de los cuentos que muerde la costilla... ¿eres tú?

¡Y no me estaba gustando pero ni un poco! Aunque el instrumento de tal tortura resultó ser, ni más ni menos, que la patita de nuestro contrabandista.

Como era de esperarse, a cierto personajillo le entró el aburrimiento a las cuatro de la mañana, por lo que decidió su propia regla: si él no dormía, no había razón para que las niñeras durmieran. Así pues, una Milana durmiente era una anomalía y había que ponerle solución de inmediato.

— ¡Mamá! —se alegró Con en cuanto mis párpados se despegaron con cautela.

— No soy mamá, soy Mila —solté en automático.

— ¡Mima! —cedió el pequeño, haciendo una concesión.

¡Y así es como una termina convirtiéndose en Mima!

Al no notar una reacción entusiasta ante sus actos ni ante su augusta presencia en general, el dragoncito decidió pasar a la acción drástica: es decir, mordisquear los «dedos innecesarios».

Los dedos fueron salvados a tiempo, para gran decepción del retoño dentado. ¡Faltaría más! Le habían arrebatado sus juguetes masticables.

¡Pero la cosa no acabó ahí! Solo Dios sabe cómo, pero esta maravilla de la naturaleza logró colarse en el baño secreto —ese que, dicho sea de paso, acababa de descubrir no hace mucho y con ayuda— y, por arte de magia, dio con el tubo de pasta de dientes.

Pues sí, resulta que en este mundo también existe algo tan cotidiano como la pasta de dientes.

¡Ah! ¿Olvidé mencionar que después de rescatar mis dedos me volví a quedar dormida? Sin palabras. Pura emoción.

A eso de las ocho de la mañana, cuando la niñera por fin se levantó, el blandir de un tubo vacío entre unos colmillos la convirtió instantáneamente en Cenicienta. Pero no en la hermosa princesa de vestido costoso y zapatillas de cristal, sino en la versión harapienta cubierta de mugre y con jirones de camisa de noche. Que el creador de semejante prenda me perdone, aunque fuera un diseño bastante corto.

En resumen, Gayane me encontró en una posición del todo poco favorecedora: a gatas, envuelta en una toalla y sosteniendo los restos de mi camisón. Y sí, cubierta de pasta de dientes, por supuesto.

La sirvienta, por cierto, tampoco encontró palabras: abrió la boca, la cerró, levantó un dedo índice, lo bajó y... se fue. Simplemente se dio media vuelta y salió.

El culpable y yo nos intercambiamos una mirada.

— ¿Estaba llorando o se estaba riendo?

— ¿Y ji fueson laj doj cojaj?

— Pues también podría ser.

Mmh... ¿Y qué hora es?

— ¡Me cachis en los mengues! ¿Cómo que las diez de la mañana?

— ¡Oa de modej!

— Pff... ¿Y cómo se supone que lo voy a alimentar?

¡Señor, dame fuerzas! Ya me empieza a parecer que un dragoncito es un reto más complejo que cinco princesas juntas.

— ¡Trágame, tierra! —gemí tras interceptar en el aire a cierto paracaidista—. Cielo mío, ¡todavía falta mucho para el dos de agosto! ¡Es demasiado pronto para andar saltando desde las alturas!

La criaturita, de alguna forma misteriosa, había ido a parar a lo alto del dosel de la cama y se había arrojado al vacío sintiéndose todo un paracaidista de élite.

— Oye, ¿no habrás sido tú la inspiración de las canciones de moda? Tan elegante, tan extravagante...

Del horror nocturno y del espanto diurno mejor me callo, pero me tomo nota mental.

— ¿Vamoj a modej? ¡Quieoj modej! Espero de todo corazón que con lo de «morder» no se refiera a mí, ¡porque eso sería sumamente malo!

— ¡Eres mi perdición! Vamos, pero primero tengo que vestirme.

Como Gayane no había regresado, me tocaba ir a buscarla, y para iniciar la búsqueda necesitaba estar vestida. ¡Un callejón sin salida, palabra de honor! Pero incluso aquí apareció una solución: asomé la cabeza por la rendija de la puerta. Por suerte, la chica estaba allí mismo, hecha un ovillo y con lágrimas en los ojos.

Ajá... Llevaba unos veinte minutos sentada en el suelo, ¿verdad? Así que sí estaba llorando, pero de pura risa.

— ¿Mmh? —el intrigante trasteador volvió a mirarme, aunque lo que le interesaba no era la escena—. ¿Mima y yo vamoj a modej?

No, tengo que resolver esto ya mismo, ¡o me van a comer viva!

— Gayane, por favor, termina de reírte rápido, que no sé qué hacer.

— ¡Modej!

«No se debe gritar ni enfadarse con los niños. No es pedagógico», me recordé a mí misma.

¡A ver, alto! ¿Por qué no se me ocurrió coger un vestido? Aquí hay un armario. Dudo mucho que sea para guardar esqueletos. No es para eso, ¿verdad?

— ¡Ahora mismo lo comprobamos!

Con determinación en el rostro y las rodillas temblando, agarré las puertas del armario e inicié un lento conteo regresivo:

— ¡Uno! —dije en voz deliberadamente alta, pero un hocico se hundió de golpe en la parte posterior de mi rodilla. Fue tan inesperado que perdí la cuenta y esta niñera dio un brinco para terminar desplomándose en el suelo.

En el proceso, las puertas del armario terminaron abriéndose y, afortunadamente, no había esqueletos dentro.

— ¡Con! —no pude contener el exabrupto y le dediqué una mirada furibunda a este terremoto.

— ¡Mima! —exclamó con alegría mientras rodeaba mi cuello con sus patitas.

— ¡Inhala! —me dije a mí misma—. ¡Exhala! Todo está bien, Milana, todo está de maravilla.

Cogí el primer vestido que me vino a la mano, me peiné a toda prisa y decidí darle una sesión de instrucciones.

— A ver, Con, escucha con atención: fuera de esta habitación tienes que ser invisible. ¿Podrás hacerlo?

— ¡Podié!

— Solo puedes comer lo que yo te dé. ¿Entendido?

— ¡Abe!

— Fuera de la habitación no se toca nada. ¿Trato hecho?

— ¡Tato eco!

— ¡A ver, repítelo!

— ¡Podié! ¡Abe! ¡Tato eco!

Carita mía, vete acostumbrando. A partir de ahora te vas a encontrar muy seguido con mi mano en la frente. Para no decir de más ni cometer una locura irreparable, simplemente cerré los ojos y me dediqué a respirar.



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En el texto hay: maldicion, isekai, ninera

Editado: 29.07.2026

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