— No, todo está de maravilla —le respondí al rey con una sonrisa forzada.
— ¿Está segura? —volvió a preguntar el castaño con abierta desconfianza.
— Absolutamente.
— Papi, ¿puede la lady quedarse hoy en nuestra clase de etiqueta? —interrumpió Vesta a su padre antes de que este pudiera continuar con el interrogatorio a la joven, aún asustada por el dragón.
— Lo siento, Vesta, pero ya tuvimos suficiente con la vez anterior.
— ¡Por favor, papi! —salió Bel en su ayuda.
— Ya he respondido —sentenció Dinar, poniendo punto final a la conversación.
«Lo siento, chicas, pero esta vez voy a apoyar a su padre. En primer lugar, a mí también me bastó con la vez pasada; y en segundo lugar, por su pura gracia, ¡ahora encima tengo un dragón a mi cargo!»
— Creo que lo dejaremos aquí. Es hora de irme.
— ¡Hasta luego, papi! —gritaron a una sola voz las conspiradoras a espaldas del hombre.
— Ya me está dando miedo —confesé en voz baja una vez que el testigo no deseado desapareció tras la puerta.
— ¿Por el dragón? —quiso aclarar Yudit.
— Por ustedes. ¿Qué traman esta vez?
— Nada. Solo queríamos ayudar —se apresuró a limpiar su reputación Belinda.
¡Ajá, como si no las conociera! Ya me sé de memoria su concepto de «ayudar», no voy a tropezar dos veces con la misma piedra.
«Claro, tú no tropiezas, tú te tiras de cabeza sobre la piedra», me recordó la memoria.
Mmh... Bueno, reconozco que tengo esa tendencia, así que:
— Dejémoslo para otra ocasión, ¿sí?
— Pero la tía Xian quería disculparse por lo sucedido.
— ¿La tía Xian?
Ese nombre me sonaba de alguna parte.
— Nuestra profesora de etiqueta y tía: la madame Xian.
¡Madre mía de mi vida! ¡Así que se referían a ella! De todos modos, no pienso ir. Al diablo con las disculpas, lo importante es que todo quedó en un susto. Es una etapa superada de mi biografía.
— ¡Por favorcito! —Vesta puso ojos de cachorrito degollado y puso los labios en forma de pico de pato.
¿Y de dónde habrá sacado eso? ¡Ah, esta juventud de hoy en día!
«¡Miren a la abuelita!», resonó en mi mente la respuesta habitual de mi madre ante mis frases con indirectas sobre la «vejez».
¡Mamá! Desde que llegué a este mundo, no había sentido especialmente la nostalgia del hogar. Por lo general, incluso en la residencia universitaria me entraba una constante sensación de falta de los míos. Una especie de vacío y una opresión en el pecho que me ponía tan mal que hasta me daban ganas de llorar. ¡Pero aquí, nada de eso! Se podría suponer que era porque todo a mi alrededor me parecía un simple sueño, y solo al cabo de dos o tres días me cayó el veinte de la realidad.
— ¿Lady? ¿Y bien?
— ¿Ah? ¿Qué?
— ¡Yujuuu! —chilló al unísono el quinteto criminal y empezaron a saltar, abrazarse y gritar, demostrando una inmensa alegría por haber alcanzado su objetivo.
Al principio no entendí nada, ¡pero luego me cayó el cubo de agua fría!
Resulta que el encuentro no deseado iba a tener lugar sí o sí, y todo por culpa de mi propia distracción. En resumen, volví a buscarme problemas para el pompis. ¡Madre mía de mi vida! Mira que meter la pata así... No hay palabras, solo emociones.
Sobándome las sienes, decidí poner a prueba los métodos de Vesta: puse la mirada más lastimosa de mi repertorio, dejé caer una lagrimita y enflauté los labios... Por desgracia, me falta un mundo para llegarle al Gato con Botas de Shrek, ¡o más bien la Gran Nube de Magallanes! (¡En el mejor de los casos!).
Las chicas, por supuesto, no dijeron nada, pero en sus caritas se leía la pregunta: «Lady, ¿acaso necesita ir al baño y no sabe cómo pedírnoslo?».
En conclusión: el truco no funcionó, pero al menos sirvió para sacarles una buena risa.
— Cjmm, cjmm... ¿Y a qué hora nos reuniremos con ella? —intenté cambiar de tema.
— Ahora mismo —respondió Lili de forma pausada, tranquila y... ¿dominante?
¡Ay, caramba! Si con lo de pausada y tranquila no tenía problemas, la presión en su tono de voz sí que era algo nuevo. He aquí el resultado de la influencia familiar: ademanes de política en potencia.
A este ritmo, lo único que me falta es un dragón dominante... aunque ya hay un candidato con altas probabilidades de éxito. Y son tan altas como la probabilidad de quedarme sin dedos, considerando que cierto pequeñín ya ha atentado contra ellos más de una vez.
— El duro camino del pedagogo. Pero en fin, «el que se mete a redentor, muere crucificado» —las chicas no me entendieron, pero casi que mejor—. Guíenme, compañeras de mis días aciagos.
En secreto, mi «cortejo» me recordaba a la versión animada soviética de Winnie the Pooh: ahí teníamos a Vesta como Piglet, Belinda como Winnie the Pooh, Yudit como Ígor, Ovidia como Búho y Liliana como Conejo. Por su parte, Con —por ahora (¡y quiera Dios que este "por ahora" no se termine!)— era el espectador tranquilo, mientras que yo asumía el papel de narradora. En pocas palabras, las telenovelas y las películas de acción se quedaban cortas a nuestro lado.
¡Y aun así, había que completar la escena! Mi sentido de lo estético se rebelaba en santa indignación y exigía intervención:
— «¿A dónde vamos Piglet y yo? ¡Es un gran secreto! Y no se lo diremos a nadie... ¡OH, NO! ¡Y NO! ¡Y SÍ!…»
Seis pares de ojos asombrados e intrigados se clavaron en mí, pero enseguida captaron la idea y empezaron a repetirlo.
La procesión rumbo a la clase de etiqueta continuó hasta que en nuestro camino se cruzó la tía Kiara. Como siempre: con las manos en la masa, o mejor dicho, cantando en la masa. Pero parecía que la mujer tenía otros pensamientos. Bueno, ¿de qué otra forma podía interpretarse semejante mirada?
— Chicas, ¿de casualidad no habrán visto frutos de flagumeperso?
¡Lo que había que demostrar!
Editado: 29.07.2026