El silencio recorrió el pasillo como una sombra.
Nadie se movió.
Los segundos pasaban lentos, pesados, casi insoportables.
La mirada del doctor no buscaba a nadie en particular; estaba fija en un punto vacío, como si lo que sabía no quisiera ser nombrado.
Tragó saliva.
En sus ojos se mezclaban el temor, el asombro… y algo peor.
Peligro.
—La causa fue una sustancia que no debería estar en el cuerpo de nadie —dijo al fin, en voz baja—. Esto no fue un error común. No fue accidental.
Hizo una pausa.
Como si medir las palabras pudiera cambiar lo ocurrido.
—Dentro de su cuerpo encontramos Noxtyrel. Un veneno leve en dosis mínimas, pero mortal en la mayoría de los casos.
No se vende.
Se hace.
—¿Pero quién quisiera provocarle la muerte?
—No lo se. Pero les aconsejo que estén en alerta. No cualquiera sabe fabricarlo.
Un murmullo nervioso recorrió el pasillo.
—¿Cómo entró en su cuerpo? —preguntó alguien.
El doctor respiró hondo.
—No hubo heridas. No hubo inyección. La sustancia fue ingerida.
La palabra quedó suspendida en el aire.
—¿Ingerida? ¿Está diciendo que…?
—Sí. Estaba mezclada con algo que consumió. Comida o bebida. Aún estamos analizando muestras, pero la absorción fue digestiva. Eso es claro.
El silencio volvió, más denso.
—Entonces… cualquiera pudo haberlo hecho —susurre.
—No —corrigió el doctor—. No cualquiera. La concentración encontrada indica precisión. No fue una cantidad al azar. Fue calculada para provocar el colapso… pero no necesariamente la muerte.
El nuero se llevó la mano a la boca.
—¿Se equivocaron?
El doctor negó lentamente.
—Si fue un error, fue uno muy exacto. Y si no, fue a alguien que no le dio tiempo se prepararlo para causar la muerte.
—Quien hizo esto sabía lo que hacía. Sabía cuánto poner. Sabía cómo disolverlo sin alterar sabor ni apariencia de forma evidente.
Un escalofrío recorrió el grupo.
—¿Entonces sigue en peligro?
El doctor sostuvo la mirada colectiva.
—Si fue una advertencia… sí.