Narria lentamente empezó abrir los ojos.
Apenas vio al doctor enseguida reacciono.
—¡¿Ella está bien?!
—Esta estable.
Suspiro.
El doctor la miro comprensibamente.
—Podrás verla en unos minutos.
Ella sonrio aliviada.
—Gracias doctor —dijo, dejando caer algunas lágrimas de sus ojos brillosos.
Cuando el doctor se retiró y el tiempo pasó, finalmente pudimos ver a la abuela. Pasamos uno a uno; su rostro, pálido como las orquídeas, mostraba serenidad más que fragilidad. A pesar de lo ocurrido, estaba estable, respirando con calma, sus ojos apenas abiertos, pero lúcidos y atentos.
Me acerqué con cuidado, sintiendo un nudo en la garganta. Su mano, pequeña y fría, se extendió hacia mí, y la tomé suavemente. La abuela nos miró, y aunque sus labios apenas esbozaban una sonrisa, había una chispa de reconocimiento y cariño que me llenó de alivio.
—Hola, mi cielo —susurró con voz tenue, pero firme—. Gracias por estar aquí.
La habitación estaba silenciosa, solo interrumpida por el pitido regular de la máquina que marcaba sus signos vitales. Cada respiración parecía medida, tranquila, como si el tiempo se hubiera ralentizado para darnos este momento.
Nos quedamos a su lado, tomados de sus manos, compartiendo palabras suaves y risas tímidas. Aunque sabíamos que el veneno había dejado huella, la abuela estaba presente, y eso bastaba. Era un milagro silencioso, pero palpable, que nos llenaba de esperanza.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe y apareció corriendo su hija, con el uniforme todavía arrugado del trabajo, respirando agitadamente.
—¡Mamá! —exclamó, dejando caer su bolso en el suelo y acercándose de inmediato a la cama—. ¡Estás bien!
La abuela hizo un pequeño gesto con la mano, débil pero lleno de cariño. La hija la abrazó con fuerza, sin importarle las lágrimas que le caían por el rostro, y la abuela correspondió con un hilo de sonrisa que iluminó toda la habitación.
Pero en ese instante mientras la miraba, algo captó mi atención: un pequeño destello rosa que parecía reflejarse con la luz, justo en su sonrisa. Me resultó curioso, casi familiar, pero no podía precisar de qué se trataba. Solo supe que, de algún modo, me parecía reconocido. Un escalofrío recorrió mi cuerpo; intuía que podía ser una pista del incidente, un detalle que nadie más había notado, pero que tal vez lo cambiaría todo.