El pasillo volvió a quedar en silencio cuando la puerta se cerró tras la hija. El aire en la habitación parecía más denso, cargado de emociones que todavía vibraban en las paredes blancas.
No podía apartar la mirada de ese destello.
No era imaginación. Cuando la abuela sonreía, apenas, algo rosado brillaba entre sus dientes. No era sangre. No era un reflejo cualquiera. Era… brillante. Artificial.
Tragué saliva.
—¿Te duele algo, abuela? —pregunté con suavidad, intentando que mi voz no delatara la inquietud que me recorría.
Ella negó despacio.
—Solo cansancio, mi cielo.
Su hija le acariciaba el cabello con ternura, demasiado concentrada en el alivio como para notar nada más. Nadie parecía haber visto lo que yo había visto.
Esperé el momento oportuno.
—Voy por agua —murmuré, soltando su mano con cuidado.
Salí al pasillo, pero no fui a la máquina expendedora. Mi mente trabajaba con rapidez. Veneno. Destello rosa. Sonrisa.
Recordé la taza.
Blanca, con pequeñas flores azules en el borde. Siempre usaba esa para el té de la tarde. La habían encontrado en el fregadero, con un resto rosado apenas perceptible en el fondo. En ese momento todos pensamos que era el color del caramelo disuelto.
Pero ahora ya no estaba tan segura.
El hospital olía a desinfectante y a café viejo. Me apoyé contra la pared fría del pasillo y cerré los ojos un segundo, obligándome a ordenar las ideas. Si el veneno estaba en la taza, el análisis lo confirmaría. Pero ese brillo en su boca… eso era reciente. Demasiado reciente.
¿Y si no todo había estado en el té?
Volví a la habitación.
La hija estaba sentada junto a la cama, hablándole en voz baja, como si temiera que el silencio pudiera romper algo frágil. La abuela escuchaba, agotada pero consciente.
Me acerqué despacio.
Cuando volvió a sonreír, lo vi otra vez.
No era imaginación.
El brillo no estaba fijo; parecía adherido en la parte interna de su sonrisa, como si algo se hubiese quedado atrapado. Un reflejo minúsculo, pero demasiado definido para ser casual.
El corazón empezó a latirme más fuerte.
—Abuela… —dije con cuidado—, ¿puedo ver un momento tu boca? Creo que tienes algo ahí.
La hija levantó la vista, confundida.
—¿Algo?
La abuela abrió apenas los labios. Me incliné un poco más, intentando que la luz del techo diera directo.
Ahí estaba.
Un pequeño fragmento translúcido, rosado, incrustado en la encía superior. No parecía un resto de caramelo común. Tenía forma definida, casi geométrica.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—Eso no es azúcar ni caramelo —susurré.
La hija se puso de pie de golpe.
—¿De qué hablas?
No respondí de inmediato. No quería alarmarla sin certeza. Pero tampoco podía ignorarlo.
Salí al pasillo y busqué al doctor.
—Necesita revisarla otra vez —dije, esta vez sin titubeos—. Hay algo en su encía. Creo que no lo vieron.
El médico regresó conmigo, serio. Se colocó los guantes y encendió su pequeña linterna.
Observó unos segundos.
Su expresión cambió.
—Enfermera, instrumental fino.
La habitación se llenó de una tensión eléctrica. La hija me miraba, pálida, esperando una explicación que yo no tenía.
Con movimientos precisos, el doctor retiró el fragmento. Lo depositó en una bandeja metálica. Bajo la luz directa se veía más claro: no era un simple dulce. Era una pequeña cápsula gelatinosa, parcialmente disuelta.
—Esto no debería estar aquí —dijo con voz grave.
—¿Es…? —la hija no terminó la frase.
El doctor no respondió de inmediato.
—Vamos a analizarlo. Pero si liberó sustancia por absorción oral, eso explicaría la rapidez de los síntomas.
Sentí que el suelo se volvía inestable.
Entonces algo encajó.
La taza podía haber sido una distracción.
O un segundo vehículo.
O tal vez alguien sabía que ella tomaba té todos los días… y confió en que nadie sospecharía si se sentía mal justo después.
Miré a la abuela.
Ella nos observaba, confundida.
—Yo solo estaba en casa —murmuró—. Nadie vino…
Nadie vino.
Pero la puerta del jardín a veces quedaba sin llave.
Y el portón.
La habían encontrado afuera.
Como si hubiera intentado salir cuando empezó a sentirse mal.
O como si hubiera ido a abrirle a alguien.
Un pensamiento me atravesó con fuerza incómoda:
Si la cápsula estaba diseñada para disolverse lentamente… alguien se la dio poco antes de que saliera.
Alguien que sabía exactamente cuánto tiempo tardaría en hacer efecto.
Y esa persona conocía su rutina.
Demasiado bien.