Nuestros ojos miraban fijamente la bandeja. La hija, preocupada, confundida. El padre de Narria, asustado, asombrado. La mia, descolocada, nerviosa y asustada. Pero la de Narria su cara estaba blanca, palida, sin paradeos, sin movimiento.
—¿Narria? ¿Estás bien? —la llamé en voz baja.
Ella parpadeo, confundida, como si hubiera despertado de un sueño muy profundo.
—¿Si?
Respondio demasiado normal.
—¿Estás bien?
—Si... —respondió rápido—. Solo estoy cansada y asustada.
—Tranquila todo estará bien.
Me sonrio apenas.
Luego de eso nos dijeron que todos salgamos de la habitación para que la abuela descansara, nos despedimos y nos fuimos a la comisaria a hacer la denuncia, y para sentirnos más seguros pediriamos patrullas para nuestra protección en la puerta de nuestra casa.