La comisaría estaba casi vacía cuando llegamos. Las luces blancas zumbaban en el techo, dándole al lugar un aire frío, incómodo. Me hacía sentir como si todo fuera más grave de lo que ya parecía.
Nos hicieron pasar de a uno para declarar.
El padre de Narria entró primero. Caminaba rápido, pero se le notaba en los hombros el peso de todo. La madre se quedó sentada, apretando las manos con fuerza, como si rezara en silencio. Yo me senté al lado de Narria.
Ella no hablaba.
Miraba al frente.
Fija.
—Narria… —susurré—. ¿En qué pensás?
Tardó unos segundos en responder, como si mi voz viniera desde muy lejos.
—En nada.
Mentía.
Se notaba.
—Lo que pasó… no fue normal —le dije—. Vos también lo sentiste, ¿no?
Giró la cabeza lentamente hacia mí. Sus ojos… no eran los mismos de antes. No era miedo solamente.
Era otra cosa.
—No deberíamos haber ido —dijo en voz baja.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿A dónde?
No respondió.
En ese momento, una puerta se abrió de golpe. Un oficial llamó a la madre de Narria. Ella se levantó rápido y entró. Nos quedamos solos en ese pasillo largo, con ese silencio pesado.
—Narria —insistí—. Decime qué te pasa.
Ella bajó la mirada a sus manos.
Y ahí lo vi.
Tenía algo.
Una marca.
Oscura.
Como si fuera una quemadura… pero no parecía reciente.
—¿Qué es eso? —pregunté, agarrándole la muñeca.
Ella reaccionó de golpe, tirando la mano hacia atrás.
—¡No!
Demasiado brusco.
Demasiado tarde.
—No es nada —dijo, nerviosa—. Me lastimé sin darme cuenta.
Pero esa marca… no parecía un accidente.
Parecía… un símbolo.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que juraría que antes… no lo tenía.