Cómo Matar A Un Héroe

Capítulo 4

Olivia pudo haber hecho muchos planes para salir y cubrir semejante escándalo en el que a partir de hoy se vería envuelta, no obstante, jamás contó con un terrible fallo en su plan; no contó con que su madre estuviera en casa y fuera ella misma quien recibiera la noticia sobre el arresto de su hija menor.

—¿¡Cómo es esto posible!? —gritó más que molesta.

Nicole Palacios era una mujer impresionante, de gran porte, alta y aparentemente soberbia, pero que a diferencia de la agria personalidad de su hija, ella cargaba con una increíble ternura, responsabilidad y bondad. La señora Palacios escuchó atenta a la historia contada por los dos testigos de los hechos: Gabriel y José Hugo.

—De verdad, señora —dijo Gabo exagerando el dramatismo—. No le estamos inventando nada más allá de la simple realidad. Nosotros trabajábamos bajo el ardiente sol de la tarde, nuestras piernas nos temblaban y ansiábamos volver a casa con nuestras familias, pero de la nada, un brillo cegador apareció delante de nosotros, un auto de proporciones colosales se abalanzó sobre nuestros indefensos cuerpos que no lograron esquivarlo, o al menos nosotros sí, porque nuestro amigo de toda la vida, nuestro estimado y añorado Kevin no consiguió huir —Pepe entornó los ojos—. Kevin salió lastimado, el golpe de su estómago fue fatal.

—¿Entonces falleció? —la señora Nicole se llevó las manos al rostro. Estaba al borde de un desmayo.

—No, no, no, pero estuvo a punto.

—El punto aquí —Pepe tomó la palabra—, es que tanto su hija como nuestro amigo, terminaron en la cárcel y ahora les piden una fianza para salir.

—Madre, tomo mi responsabilidad al aceptarlo. Yo sí creo en todo lo que te han contado —admitió Verónica—. Olivia salió cruda esta mañana y yo la dejé manejar.

—¿Estuvo bebiendo y tú la dejaste? ¿Qué demonios pasa contigo, Verónica?

—Lo lamento, la malvada me embaucó al decirme que solo saldría a tomar un café. Conoces a tu hija, madre, y sabes que lo que ella se propone lo consigue. Además, le permití manejar porque iría a buscar al desgraciado de James al aeropuerto.

—¿James está aquí? ¿En el país?

—Me temo informarte que sí.

Molesta, cansada y aburrida de las mismas quejas de siempre, Nicole decidió tomar propia mano de esto.

—Escucha, Verónica —le dijo despidiéndose de ella mientras tomaba el dinero para ambas fianzas—, necesito que te quedes y esperes a tu padre. Por nada del mundo le vayas a mencionar lo que está sucediendo con Olivia ni que James está en el país. ¿Entendiste?

—¿Piensas cubrirla otra vez?

—No Verónica, esta vez será diferente.

—Tu hija se merece un castigo severo, madre, y tú lo sabes.

El sol se ocultaba, la carretera se bañaba en una luz amarilla que expresaba muy bien las horas de la tarde. Nicole no había pronunciado ni una sola palabra en todo el camino, que por fortuna acortó la ayuda de su auto, y en ciertas ocasiones, lanzó una indiscreta mirada hacia la mujer de edad que ocupaba el asiento de la derecha. Frunciendo el ceño se reafirmó que ahora sí, Olivia había cruzado el límite de lo absurdo e inmoral.

—No se preocupe, señora —dijo para apaciguar su culpa—. Me encargaré de que su hijo salga libre y de que mi hija reciba su merecido.

Al llegar, salió del auto, no le importó nada, absolutamente nada, ni siquiera los tres acompañantes que viajaban con ella y ahora se quedaban atrás. Los preventivos la recibieron, no necesitaron hacer preguntas, pues con sus propias especulaciones les quedó demasiado claro de quien se trataba.

—¡Olivia! —no pudo gritar como ella hubiese querido, no pudo decir lo que pensaba ni mucho menos hacer lo que deseaba, todo con tal de cuidar su impecable educación.

—¡Madre! —a Liv la llenó un ademán de felicidad. Se levantó del banco en el que se hallaba sentada y corrió hasta los barrotes de la celda—. ¡Dios mío, madre! No sabes todo lo que he sufrido aquí. ¡Tienes que sacarme!

—Me imagino cuán grande ha sido la tortura de estar encerrada, lamentablemente hago de tu conocimiento que sufrirás más cuando salgas de aquí.

—¿Qué ha sido eso? ¿Estás molesta conmigo?

Nicole pasó por alto las preguntas de su hija, se dirigió a la oficina principal de policías y luego de pagar dos fianzas, recurrió a su valentía y humildad para disculparse con Aurora.

—Tú eres Kevin, ¿verdad? —le habló con voz dulce.

—En otro momento sería una agradable presentación, señora.

—Lo sé, joven, y créeme que me arde el rostro de vergüenza y arrepentimiento por lo que sucedió. Si necesitas que te revise un médico por el golpe, yo te aseguro costearlo, es lo menos que puedo hacer por ti.

—No señora, le agradezco su preocupación, pero ya me siento mejor. Solo…, solo aleje a su hija de mí.

—Grosero, piojoso y…

—¡Basta, Olivia! ¡Discúlpate en este momento!

—¿¡Disculparme yo!? ¡Madre, él me quería…!

—¡Basta! —bajó el tono de su voz mirando con una ternura al joven que no dejaba de abrazar a su madre—. Kevin, discúlpanos de verdad.




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