Cómo Matar A Un Héroe

Capítulo 31

Hace algunos años.

La gente hablaba, se saludaba y chocaba copas de vino en medio de aquella fiesta en la que predominaban varios idiomas de la cuna italiana, francesa, americana, latina y muchas otras que habían llegado con la intención de admirar, o subastar, varios cuadros de autores ciertamente reconocidos.

El señor Julio Palacios había asistido con su esposa, su hija Verónica y una joven Olivia de apenas catorce años de edad. La familia se encontraba a gusto, feliz y contenta, reían con los demás invitados mientras Verónica admiraba los cuadros más coloridos y llenos de vida.

Entonces, él apareció.

—¿A qué hora nos marchamos a casa? —la joven Liv tomó del brazo a su hermana—. Creo que a Lady Kitty no tarda en caérsele el trasero falso.

—Olivia —Verónica intentó controlar su risa—, ¿qué te ha hecho Lady Kitty para atraer tu atención de semejante manera?

—Mírala. Hace rato que Lord Buñuelo le ha intentado decir que sus nalgas ya casi tocan el suelo, pero ella sigue tratando con la Condesa Luisa.

—Ya te quieres ir, ¿no es así, Liv?

—Papá prometió llevarnos a la playa a ver los langostinos.

—Y claro que iremos, pero después de que acabe esta reunión. Recuerda que papá intenta vender algunas esculturas de mamá para pagar los gastos médicos de Ricardito.

Cabe mencionar que Ricardito era un pequeño gatito siamés, a quien le habían detectado cáncer en fase uno.

—Espero que se termine pronto y mamá pueda vender todas sus esculturas.

Olivia, agotada por la bruma y el murmullo de la gente, decidió tomar una copa con zumo de naranja y aislarse en un asiento. En él, la joven muchacha esperaría a que su amado padre tuviera deseos de marcharse, y así ella podría olvidarse del terrible intento de Lady Kitty para tener glúteos postizos.

Por aquellos años, Olivia era hermosamente infantil. La jovencita parecía un palillo de madera, delgadita y sin una sola curva de gracia. Le gustaba caminar con sandalias casi todo el tiempo y llevar hermosos y sencillos vestidos de algodón que remarcaban un pequeño vientre abultado. Era una adolescente, con espinillas en la cara y mejillas regordetas que marcaban su estadía en la pubertad.

—Hola —de la nada, un hombre de apariencia elegante, alto y de unos ojos imponentes se acercó para saludarla—. ¿Cómo estás? Hermosa, por su puesto.

Liv le sonrió, las mejillas se le ruborizaron y no le quedó más que extender su delgada mano para saludarlo.

—Hola, es un gusto.

—El gusto es mío. Me llamo James Cardos. ¿Alguna vez escuchaste hablar de mi familia? He de suponer que sí, puesto que somos muy conocidos en todo California. ¿Eres de aquí?

—Yo… —Olivia no supo a cuál de todas las preguntas responder—, sí, nací aquí, en California. Me llamo…

—Eso suena perfecto. Lo único que me sorprende es que no seas rubia. La mayoría de californianas deben ser rubias.

—Mi padre es el único rubio de la familia. El abuelo era nativo de aquí, pero mi padre nació en Álamos…

—¿Tu padre es…?

—Julio palacios.

—¡Ah! —James se reacomodó el traje—. El gran Julio Palacios. Eso quiere decir que tú, hermosa criatura, eres su hija. ¿Cuántos años tienes? Sé que preguntarte tu edad se considera una grosería, pero me gustan las cosas serias.

—Catorce.

Del pecho de James escapó un gruñido que anunciaba al verdadero lobo hambriento y sediento de poder.

—¿Qué piensas hacer mañana?

—Mis padres tendrán un desayuno con algunos ejecutivos de la imprenta. Creo que me quedaré en casa a esperar que vuelvan.

—¿Te parece si durante su ausencia, te invito a desayunar?

—No sé… Creo que… estaría bien.

—Me alegra escuchar esa determinación. Entonces, te veo mañana a primera hora. Por cierto, preciosa Jorundia, no necesitas decirles a tus padres sobre nuestra cita.

«Cita», las palabras burbujearon en el estómago de Olivia como una mágica sensación que nunca antes había sentido. James fue su principio, y quien diría que también sería su final.




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