Como no enamorar a mi Jefe

1. De patitas a la calle

Camila

No todos los días te despiden por intentar explicarle a un australiano de dos metros que el café con leche de toda la vida es mil veces mejor que su flat white con leche de guisantes.

—Lo lamento, Camila, pero tu... vibrante energía es demasiado para este local —me dice mi ahora exjefe, intentando sonar diplomático mientras me entrega mi último sobre de sueldo en efectivo—. Necesitamos un ambiente más... silencioso.

—¿Silencioso? ¡Pero si este café parece un velatorio, Frank! —le reclamo, apretando el sobre contra mi pecho—. ¡La gente viene a despertar, no a meditar! Un poco de salsa los habría ayudado a sonreír.

Desafortunadamente, no hay marcha atrás.

Diez minutos después, me encuentro parada en una esquina de George Street, en pleno centro de Sidney, con el viento helado del invierno congelándome las pestañas y una crisis de pánico tamaño monumental tocando a mi puerta.

Saco mi teléfono con manos temblorosas y abro la aplicación del banco. Cuando veo el saldo de mi cuenta, juro que escucho un violín triste sonar en mi cabeza.

Saldo disponible: $45 AUD.

—Diosito lindo, virgencita de la Altagracia, no me desamparen ahora —susurro, sintiendo el nudo en la garganta.

El alquiler de mi diminuta habitación compartida en un piso de la periferia vence en tres días. En este país, si no pagas, vas a la calle más rápido de lo que un canguro da un salto. Pero lo que más me duele no es mi propio pellejo, sino el mensaje de WhatsApp que tengo sin responder desde hace dos horas.

💬Mamá: Hola, mi niña hermosa. ¿Cómo vas? Te quería preguntar si este mes podías enviarme lo de la medicina de la abuela un poquito antes. El tratamiento subió de precio acá en el país y ya se le está terminando. Te amo, cuídate mucho.

Me trago las lágrimas. No puedo decirle a mi mamá que me acabo de quedar sin empleo. Ella ya se preocupa demasiado desde la distancia. Tengo que conseguir dinero. Como sea. Legalmente, claro, porque la cárcel debe de ser comodísima, aunque a mí el naranja no me favorece.

Camino sin rumbo fijo, arrastrando los pies y esquivando a ejecutivos de trajes perfectos que avanzan a la velocidad de la luz, hasta que choco de frente con una pantalla gigante LED en la fachada de un imponente rascacielos de cristal.

En la pantalla brilla el logo de Maxwell Media, la empresa matriz de la revista de modas más famosa y elitista de todas. Justo debajo, en letras doradas, aparece un anuncio que parece enviado por el mismísimo universo:

¡SE BUSCA ASISTENTE / SECRETARIA DE PRESIDENCIA! Contratación inmediata. Excelente salario. Requisitos: Organización, discreción y disponibilidad absoluta. Presentarse hoy mismo en el piso 42 para entrevista.

Miro mi reflejo en el cristal del edificio. Llevo unos jeans oscuros y una bufanda de colores chillones que mi abuela me tejió antes de viajar, mis rizos rebeldes luchan contra la humedad de la ciudad.

No parezco una ejecutiva de revista de modas, no obstante, tengo dos cosas a mi favor: una labia capaz de venderle hielo a un esquimal y una necesidad de supervivencia del tamaño del océano que acabo de cruzar.

—Bueno, Camila. Es ahora o nunca —me autoconvence mi cerebro mientras inflo el pecho.

Subo por el ascensor futurista sintiendo que las orejas se me tapan por la altura. Cuando las puertas se abren, casi me deslumbro. El lugar es ridículamente elegante. Todo es blanco, negro, minimalista. Las empleadas parecen modelos de pasarela que solo se alimentan de agua con limón y aire puro, me miran como si fuera un alienígena con mi bufanda multicolor, de pronto siento como si estuviese viviendo una escena de El diablo viste a la moda.

—¿Nombre? —me pregunta la recepcionista, una rubia con una postura tan perfecta que dudo que tenga columna vertebral.

—Camila Mendoza. Vengo por el anuncio de secretaria.

La chica me mira de arriba abajo, suspira con fastidio y revisa una tableta.

—Pasa directo a la oficina principal. El señor Thomas Maxwell está desesperado. Ha despedido a tres hoy. Suerte... la vas a necesitar.

Trago saliva, camino con paso firme hacia las imponentes puertas de madera oscura. Al entrar, me topo con un despacho enorme con vista al puerto. Detrás de un escritorio de cristal, un hombre de unos sesenta años, vestido con un traje de sastre impecable, con el cabello totalmente revuelto y cara de haber perdido la cordura, camina de un lado a otro.

—¡No, no y no! —le grita al teléfono—. ¡No me importa si es el mejor diseñador de París, dile que si no entrega las portadas mañana lo colgaré de los pies en el puente de la bahía!

El hombre cuelga el teléfono de golpe, me ve y se detiene en seco.

—¿Quién eres tú? ¿Otra candidata que llorará si le pido que trabaje bajo presión? —pregunta con voz de trueno.

—Soy Camila Mendoza, señor Maxwell —le digo, plantándole cara y modulando mi acento lo mejor que puedo—. Y no lloro por presión. Vengo de un lugar donde sobrevivimos a la inflación y a los cortes de electricidad diarios. Su revista de modas para mí es un paseo por el parque. Estoy lista para ser su secretaria.



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En el texto hay: amor romance humor, jefexsecretaria

Editado: 14.07.2026

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