Camila
Parpadeo un par de veces, completamente descolocada por la pregunta que acaba de hacerme. No puedo creer que en serio acabo de escuchar eso de sus labios.
—¿Disculpe? Creo que me equivoqué de departamento... yo venía a organizar su agenda.
—Y lo harás. Pero tu verdadera agenda será mi hijo —dice Thomas, bajando la voz al mínimo—. James. Es el director ejecutivo. Guapo, multimillonario... y un témpano de hielo. No sale con nadie, no sonríe, no tiene vida social. Trabaja veinticuatro horas al día. ¡Me preocupa que sea gay, asexual, o peor aún, un robot programado por mi competencia! Necesito que alguien despierte su sangre. Y tú... tú eres perfecta.
—Señor Maxwell, yo no puedo...
—Te pagaré el triple del sueldo de una secretaria común. Y si logras que sonría, te dé una cita o muestre algún signo de humanidad en los próximos tres meses, te daré un bono con el que podrás comprarte una casa, un auto o lo que sea que quieras —me interrumpe de nuevo, mostrándome una cifra en un papel que casi me hace desmayar—. ¿Qué dices, Camila? ¿Aceptas el contrato?
Miro la cifra.
Pienso en el alquiler.
Pienso en mi mamá, en la abuela y en mis míseros 45 dólares en la cuenta.
«Que Diosito me perdone» murmuro para mis adentros.
—Señor Maxwell... —le sonrío, extendiendo mi mano—. Prepare ese contrato. Su hijo no sabe la tormenta tropical que se le viene encima.
Tras firmar un acuerdo de confidencialidad que parece redactado por el mismísimo FBI y recibir un adelanto en efectivo que casi me hace llorar de la emoción sobre la alfombra de diseñador, salgo de las oficinas con las piernas temblorosas.
Cruzo las puertas de cristal del rascacielos y me adentro en el clima helado nuevamente. Mientras camino hacia la estación de tren para volver a mi realidad, todavía no puedo procesar lo que acaba de pasar. ¿De verdad acabo de aceptar un trabajo que consiste en convertirme en una especie de cupido de oficina bajo contrato?
Me subo al tren metropolitano rumbo a mi piso compartido en los suburbios de la ciudad. Me apoyo contra la ventana del vagón y miro mi propio reflejo en el cristal empañado por la calefacción.
A ver, no es por presumir, pero fea no soy. Tengo veintidós años y el paquete completo de la genética latina: una melena indomable de rizos oscuros que siempre tiene vida propia, ojos hazel expresivos que delatan absolutamente todo lo que pienso y una piel bronceada que extraña demasiado el sol.
Mis curvas no tienen nada que ver con las siluetas esqueléticas de pasarela que se ven en la revista, soy más bien de caderas marcadas y estatura promedio.
¿Considerarme como una seductora profesional? ¡Por favor! Si lo más cerca que he estado de conquistar a alguien fue cuando le sonreí a un panadero para que me regalara una dona extra que estaba por dañarse.
El tren avanza y mi mente vuela inevitablemente hacia el otro lado del mundo. A mi hogar.
Vengo de una familia donde el amor se demuestra con comida, gritos cariñosos de esquina a esquina de la casa y, sobre todo, una alarmante falta de privacidad. Mis padres son de la vieja escuela: de los que creen que una hija soltera debe reportar cada paso que da, con quién sale, a qué hora regresa o qué piensa hacer con su vida hasta que cumpla los cuarenta.
Vivir bajo su constante escrutinio y control me estaba ahogando.
Los amo con el alma, de verdad, aunque llegó un punto en el que necesitaba respirar, tomar mis propias decisiones y demostrarles que podía sobrevivir sin que nadie me manejara la agenda.
Por eso, cuando se me presentó la oportunidad de aplicar a una visa de estudio y trabajo para este país, no lo dudé. Vendí lo poco que tenía, empaqué mis rizos junto a mis sueños en una maleta de veintitrés kilos y crucé el océano hacia el destino más lejano que encontré en el mapa.
La realidad, claro, me dio una bofetada sin anestesia. Australia es hermosa, pero carísima. A pesar de que vine buscando mi independencia, el lazo con mi familia sigue siendo inquebrantable. Mi mamá, que siempre ha sido mi mayor apoyo a pesar de sus miedos, me necesita ahora más que nunca. La situación en casa es dura, mi abuela está enferma, además, los medicamentos no se pagan solos. Por eso, cada centavo que me sobra va directo en una transferencia internacional para ayudarlas.
El tren se detiene en mi estación, salgo al frío de la tarde. Camino unas cuadras hasta el viejo edificio de ladrillos donde alquilo una habitación diminuta.
Abro la puerta de mi piso, me recibe el olor a curry que ha preparado mi compañera de cuarto india y el sonido de la televisión de la chica coreana con la que comparto el baño. Es un caos multicultural, pero es mi hogar temporal.
Me siento en el borde de mi cama, saco del bolsillo el fajo de billetes que el señor Thomas Maxwell me dio como adelanto y lo extiendo sobre las sábanas.
Es real, no es un sueño.
Tomo mi teléfono, abro la aplicación de envíos de dinero y hago la transferencia para mi madre. Cuando veo el mensaje de confirmación de que el dinero va en camino a Latinoamérica, siento que un peso de mil toneladas se me quita de encima. Mis ojos se llenan de lágrimas, esta vez son de alivio.