Camila
Si ayer pensaba que estaba bajo presión, hoy me doy cuenta de que el concepto de estrés tiene un significado completamente nuevo cuando trabajas para la dinastía Maxwell.
Son las ocho de la mañana. Estoy parada en el ascensor del piso 43 de Maxwell Media, asfixiándome lentamente. ¿La razón? El pequeño obsequio de bienvenida que el señor Thomas me envió a mi piso a primera hora: un vestido de diseñador color verde esmeralda que, aunque resalta mi piel bronceada y mis curvas de manera espectacular, me aprieta tanto que respirar se ha convertido en un lujo opcional.
Por si fuera poco, en un intento de oler irresistible, me vacié encima media botella de un perfume de vainilla y coco que me regaló una de mis tías antes de viajar. Huelo a repostería andante.
Las puertas del ascensor se abren con un suave bip.
El piso de la dirección ejecutiva es un templo al minimalismo y al silencio absoluto. Camino tratando de domar mis tacones de aguja sobre el piso pulido, haciendo un eco escandaloso que hace que las tres secretarias de la entrada, las cuales están todas vestidas de gris y con caras de no haber sonreído desde hace una década, me miren como si fuera un carnaval ambulante.
—¿Señorita Mendoza? —me interrumpe una mujer de mediana edad con un peinado tan tenso que le estira los ojos—. El señor James Maxwell la espera en su despacho. No le gusta perder el tiempo. Adelante.
Trago saliva, el corazón me da un vuelco. «Es ahora o nunca, Camila», me repito. «Hazlo por el alquiler. Hazlo por tu familia».
Empujo las pesadas puertas de vidrio esmerilado y entro.
La oficina es enorme, con ventanales que muestran una vista impresionante de los rascacielos. Pero mi atención se desvía de inmediato hacia el hombre que está de pie junto al ventanal.
Siento un cortocircuito mental.
El señor Thomas no me advirtió que su hijo parecía tallado por los mismos ángeles del firmamento.
James Maxwell es absurdamente alto. Lleva un traje de sastre gris oscuro que se ajusta a la perfección a sus hombros anchos y una postura que grita poder. Tiene el cabello castaño oscuro perfectamente peinado, una mandíbula tan afilada que podría cortar vidrio, además de unos ojos de un azul intenso que, en cuanto se posan en mí, me congelan en el sitio.
Sin embargo, lo que realmente me llama la atención es lo que está haciendo.
A su lado, casi invadiendo su espacio personal, hay un hombre rubio, increíblemente apuesto, vestido con una camisa de seda rosa pastel desabotonada hasta el pecho. James le está sosteniendo la barbilla con una mano mientras examina su rostro con una concentración casi religiosa, rozando con el pulgar la línea de su labio inferior.
El rubio en cuestión suspira dramáticamente.
—Te lo dije, James —dice con voz melodiosa—. El tono del labial melocotón es demasiado vulgar para la campaña de otoño. Necesito algo más... sofisticado.
—Tiene que ser provocativo, pero elegante, Christian —responde el ojiazul. Su voz es profunda con un marcado acento australiano que me eriza la piel—. No queremos que parezca barato. Déjame ver de cerca.
Me quedo helada en la puerta, con los ojos como platos.
¿Sosteniéndole la barbilla? ¿Rozándole los labios?
«Ay, Dios mío...», pienso, sintiendo que la teoría del viejo Thomas acaba de ganar un 99% de probabilidad en mi cabeza. «Su padre tenía razón. Este hombre no es un témpano de hielo... simplemente juega para el equipo contrario».
Para colmo de males, mi torpeza decide hacer su entrada triunfal. Al intentar dar un paso atrás de puntillas para no interrumpir el momento, el tacón de mi zapato izquierdo se traba en la esquina de la alfombra.
Suelto un grito muy poco profesional.
—¡Ay, demonios!
Mis brazos se agitan en el aire como si intentara volar. Para evitar estamparme contra el suelo de mármol, me agarro de lo primero que encuentro: un perchero de metal negro que está junto a la entrada. El perchero cede ante mi peso y caemos los dos al suelo con un estruendo metálico que resuena en todo el piso.
Me quedo desparramada en el suelo, con el vestido verde subido a mitad del muslo, mi cabello rizado cubriéndome la cara y el perchero encima de mis piernas.
Silencio sepulcral.
Saco la cabeza de entre mis rizos y miro hacia arriba. James y Christian me observan desde su altura. El rubio tiene una mano en el pecho, horrorizado, mientras que el rostro de James es una máscara de absoluta neutralidad. No hay sorpresa, no hay diversión, no hay nada. Es una maldita estatua de mármol.
James camina hacia mí con pasos lentos y seguros. Se agacha con una elegancia que me resulta ofensiva, levanta el perchero con una sola mano sin el menor esfuerzo y me ofrece la otra para ayudarme a levantar.
—Buenos días, señorita Mendoza —dice, con esa voz fría que podría congelar el mismísimo Caribe—. Asumo que la gravedad en Latinoamérica funciona de manera diferente, porque aquí solemos mantenernos sobre los dos pies.
Siento que las mejillas me arden a una temperatura volcánica. Acepto su mano, su agarre es firme, cálido y demasiado varonil, cuando me pone de pie, quedo a escasos centímetros de su pecho. Es tan alto que tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.