Como no enamorar a mi Jefe

♡ Capítulo 4 — Sobreviviendo a mi malhumorado jefe

Camila

De cerca, el castaño huele a madera, a lluvia y a un perfume tan caro que me dan ganas de suspirar. Es un olor excesivamente masculino.

—Lo... lo siento mucho, señor Maxwell —tartamudeo, intentando acomodarme el vestido sin que parezca que me estoy desnudando frente a él—. Es que... el piso está muy pulido. Y la alfombra me atacó. Fue defensa propia, lo juro.

Christian, suelta una carcajada escandalosa.

—¡Oh, por favor! ¿Quién es esta criatura tan adorable? huele como si una pastelería tropical hubiera explotado en tu oficina. Me encanta.

James ni siquiera parpadea. Sus ojos azules viajan lentamente por mi rostro, se detienen un segundo en mis rizos rebeldes, luego bajan por mi vestido verde esmeralda. Su mirada es tan intensa que siento un escalofrío que me recorre la columna. Pero no es una mirada de deseo, es más bien como la de un científico analizando un espécimen extraño en su laboratorio.

—Es mi nueva asistente personal —responde, sin quitarme los ojos de encima—. Mi padre la contrató ayer. Aunque veo que olvidó mencionar que venía con efectos de sonido incluidos.

—Un placer, querida. Soy Christian Bailey, el director creativo de maquillaje de la revista —me dice el rubio, guiñándome un ojo—. Te dejo con el ogro. Buena suerte, la vas a necesitar para derretir a este hombre.

Le da una palmadita juguetona en el hombro a mi jefe y sale de la oficina balanceando las caderas.

Nos quedamos solos. El silencio vuelve a reinar, interrumpido únicamente por mi respiración acelerada.

Maxwell camina de regreso a su imponente escritorio. Se sienta, junta las manos sobre la mesa y me mira fijamente.

—Señorita Mendoza, vamos a aclarar las cosas desde el primer día —agrega, con un tono de voz que no admite réplicas—. No sé qué historia le vendió mi padre para convencerla de venir a trabajar aquí. Sé que él tiene ideas... extravagantes. Sin embargo, en esta oficina se trabaja. No tolero los retrasos, no tolero los errores y, sobre todo, no tolero las distracciones. ¿Está claro?

Lo miro fijamente. Su frialdad es casi un reto, mientras me habla, no puedo evitar fijarme en sus labios perfectamente perfilados, en la forma en que se acomoda los puños de la camisa con una delicadeza casi obsesiva, en cómo tiene su escritorio ordenado por colores y tamaños de manera milimétrica.

«A ver...», reflexiono internamente mientras finjo escucharlo atentamente. «Es ridículamente guapo, está obsesionado con el orden, trabaja en una revista de moda, no tiene novia, tiene de mejor amigo a un diseñador rubio que le toca la cara con total confianza... y para colmo, me mira como si yo fuera un mueble estorboso en lugar de una mujer en un vestido ultra ceñido».

Un destello de duda y diversión me cruza por la mente.

«¿Y si el viejo Thomas tiene toda la razón del mundo y a este hombre de verdad no le gustan las mujeres, sino los hombres?»

Una sonrisa involuntaria y traviesa se me empieza a formar en los labios.

Esto va a ser mucho más difícil de lo que pensé.

—Completamente claro, señor Maxwell —respondo, dando un paso hacia su escritorio con paso firme y apoyando mis manos en el borde, inclinándome sutilmente para que sienta mi perfume de vainilla—. No se preocupe. Estoy lista para ser la mejor... asistente que haya tenido en su vida.

Entrecierra los ojos, detectando el cambio en mi tono. Una pequeña y casi imperceptible vena late en su sien derecha, se pone de pie lentamente, su imponente altura de casi dos metros se proyecta sobre mí.

—¿Sucede algo? —enarca una ceja, confundido.

—De hecho, tengo una pregunta que hacerle… —me muerdo los labios de puro nerviosismo.

—Adelante —hace un ademán para que hable.

—¿Es usted gay?

Un silencio sepulcral se instala en la oficina, así que comienzo a arrepentirme de haber abierto la boca.

—Señorita Mendoza —pronuncia, apoyando ambas manos sobre el escritorio de cristal y mirándome con unos ojos azules que ahora mismo parecen la escena de un naufragio—. ¿Me está preguntando, en su primer minuto de trabajo, sobre mi orientación sexual? ¿Tiene alguna idea de que eso califica como acoso laboral en este país y que podría hacer que la despida antes de que termine de asimilar mi respuesta?

—¡Ay, por favor, no se ponga tan dramático! —le resto importancia con un ademán, aunque por dentro mi estómago está haciendo acrobacias—. Solo es curiosidad profesional. Es que… a ver, mírese.

El parpadea, completamente descolocado por mi falta de decoro.

—¿Que me mire?

—Sí. Está impecable. Su cabello no tiene ni un pelo fuera de lugar, huele delicioso —hago un ademán de olfatear el aire, lo que lo hace retroceder un milímetro—, su mejor amigo Christian le estaba tocando la boca con toda la confianza del mundo hace dos minutos para discutir sobre un labial color melocotón, cuando yo entré, con un vestido que me costó media hora de respiración controlada meterme y oliendo a una plantación de vainilla, usted me miró como si fuera un archivador que pusieron en el lugar equivocado.




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