Como no enamorar a mi Jefe

♡ Capítulo 5 — Mar de pirañas

Camila

Se pasa una mano por la cara, por un segundo, juro que veo una grieta en su máscara de hielo. Parece estar debatiéndose entre llamarle a seguridad para que me escolten fuera de Australia o reírse de lo absurdo de la situación.

—Señorita Mendoza —suspira, apoyando una mano en su cadera—. En primer lugar, Christian es el director de belleza de mi revista, no mi mejor amigo, y estábamos evaluando un producto que va a generar millones de dólares. En segundo lugar, soy un profesional. No voy por la vida analizando a mis secretarias como si fueran… ganado de exhibición.

—¡Ajá! ¡Evadió la pregunta! —lo señalo con el dedo índice, acusadora—. No dijo que no. Eso en mi tierra es un sí con miedo al éxito. Mire, jefe, si lo es, no pasa nada. Estamos en el 2026, la diversidad es maravillosa y yo puedo ser su mejor aliada. Le puedo ayudar a elegir outfits, a espantar a las modelos pesadas que su papá le quiere encajar y, si quiere, hasta le busco un novio guapo. Tengo un primo en Caracas que es estilista y…

—¡No soy gay! —estalla James.

Su voz reverbera en las paredes de cristal de la oficina. Se hace un silencio absoluto y, por la pared de vidrio esmerilado, veo las siluetas de las tres secretarias de afuera estirando el cuello, tratando de escuchar.

James se da cuenta de que acaba de gritar, cierra los ojos con fuerza, respira hondo por la nariz para recuperar la compostura y se acomoda la corbata con un tirón seco.

—No soy gay, señorita Mendoza —repite, esta vez en un susurro gélido que promete venganza—. Me gustan las mujeres. Específicamente, las mujeres que saben hacer su trabajo en silencio, que no se caen sobre los percheros y que no me interrogan sobre lo que hago en mi habitación.

—Oh. —Parpadeo, asimilando la información mientras una chispa de diversión me ilumina la cara—. Bueno, qué alivio. Aunque, la verdad, sigo pensando que es un desperdicio para la comunidad. Con esa mandíbula habría hecho estragos.

James me mira con una mezcla de horror y fascinación absoluta. Es obvio que en toda su vida de millonario heredero nadie se había atrevido a hablarle así.

—¿Terminó con su… interrogatorio, señorita Mendoza? —pregunta, arrastrando las palabras.

—Sí, jefe. Todo aclarado. —Le regalo mi sonrisa más brillante y gesticulo con las manos—. Ya puede darme trabajo. Prometo no volver a preguntar por sus gustos… a menos que lo vea usando el labial melocotón de Christian.

James aprieta los labios, intentando con todas sus fuerzas mantener su expresión de ogro enfadado, pero veo un levísimo destello de desconcierto en sus ojos.

—A tu escritorio. Ahora —ordena, señalando la puerta con el dedo.

—¡Entendido, jefe! —hago un saludo militar que casi me hace perder el equilibrio otra vez por culpa de los tacones, y salgo de la oficina a paso rápido para adentrarme en mi cubículo que está al lado contiguo.

Cuando la puerta de vidrio se cierra detrás de mí, me apoyo contra ella y suelto el aire que tenía contenido. Mi corazón está latiendo a mil por hora.

«Es heterosexual», pienso, sintiendo una mezcla extraña de adrenalina y pura diversión. «Heterosexual, increíblemente amargado y un blanco perfecto para mis encantos».

Me acomodo los rizos, le dedico una sonrisa de superioridad a las secretarias chismosas de la entrada y me dirijo a mi nuevo escritorio. Esto no va a ser solo un trabajo, va a ser una comedia de enredos de la que pienso salir victoriosa.

Me siento en la silla ergonómica de cuero negro con la elegancia de una reina, si me inclino un milímetro de más hacia adelante, las costuras de mi vestido de diseñador van a rendirse con un estallido digno de año nuevo.

Respiro con suavidad, inspirando en tres tiempos y expirando en cuatro, tal como me enseñó un video de meditación en internet. Mi escritorio es una superficie de cristal impecable que brilla tanto que puedo ver el reflejo de mi propia mirada de pánico. Tiene tres pantallas gigantes que parecen sacadas de la NASA, un teléfono con más botones que un transbordador espacial y un tarjetero de cuero con mi nombre grabado: Camila Mendoza. Asistente.

Se siente increíblemente real.

De repente, el sonido de unos tacones implacables contra el suelo de porcelanato interrumpe mi momento de gloria. Levanto la vista y me encuentro con una mujer que parece salida de la portada de una revista de negocios de alta gama. Lleva un traje sastre de un color beige tan pálido que roza la ofensa, el cabello negro recogido en un moño tan tenso que probablemente le estira las cejas hasta la frente, y una sonrisa que tiene la misma calidez que un iceberg en el Atlántico Norte.

Se detiene frente a mi escritorio, cruza los brazos y me mira de arriba abajo con una lentitud casi teatral.

—Vaya —dice, arrastrando las palabras con una condescendencia que se podría cortar con un cuchillo de mantequilla—. Así que tú eres la nueva adquisición de James. Mendoza, ¿verdad?

—La misma —respondo, regalándole mi mejor sonrisa de servicio al cliente, esa que he ensayado toda mi vida frente al espejo—. Un placer. ¿Y tú eres...?

—Laura Jones, Directora de Relaciones Públicas de la firma —se presenta, sin molestarse en extender la mano. En su lugar, da un paso atrás, arrugando la nariz con fingida delicadeza—. Vaya, ahora entiendo el alboroto que se escuchaba desde mi oficina. Es que... huele tanto a vainilla por aquí que por un segundo pensé que habían abierto una pastelería de bajo costo en este piso. Y ese vestido... querida, ¿puedes respirar? Si necesitas el contacto de un sastre que entienda de etiquetas corporativas de lujo y no de ropa para discotecas de sábado por la noche, avísame. No querrás que el señor Maxwell piense que te equivocaste de dirección al buscar trabajo.




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