Como no enamorar a mi Jefe

♡ Capítulo 6 — Bendito café

Camila

Las tres secretarias del fondo, que fingen estar sumamente concentradas en sus pantallas, contienen el aliento, lo único que nos separa es una pared de vidrio. Sé que esperan que me achique, que me disculpe o que me ponga roja de la vergüenza. Pero no conocen a Camila Mendoza. En mi antigua casa, si te dejas pisar el terreno el primer día, terminas barriendo la calle.

Mantengo la sonrisa intacta, ladeo la cabeza con infinita dulzura y la miro directamente a los ojos.

—Qué encantadora eres por preocuparte tanto por mi respiración —pronuncio en un tono tan suave y cantarín que parece que le estoy ofreciendo galletas—. No te preocupes, el autocontrol es una de mis mayores virtudes. De hecho, me sirve muchísimo para no decir todo lo que se me viene a la mente cuando alguien confunde la amabilidad con la falta de estilo... o de educación.

Laura abre un poco los ojos, descolocada. Sin embargo, no la dejo hablar. Continúo de inmediato con absoluta delicadeza:

—Y sobre mi perfume, es extracto puro de vainilla. Entiendo perfectamente que a los olfatos que están más acostumbrados a las fragancias sintéticas de imitación les resulte un poco abrumador al principio. Tranquila, ya te irás adaptando, no te preocupes. Por cierto, tienes un labial divino, de verdad. Lástima que ese tono te acentúe tanto esa pequeña línea de expresión al lado de la comisura. ¿Será de tanto sonreír con esfuerzo? Deberías pedirle un consejo a Christian, el color melocotón hace milagros con las pieles cansadas.

Un sonido ahogado, mitad risa mitad tos, escapa de una de las secretarias del fondo. La pelinegra se pone de un tono rojo que rivaliza con el semáforo de la esquina, aprieta tanto la mandíbula que temo que se le parta una de sus carillas color blanco retrete.

—Escúchame bien, niñita... —empieza a hablar con voz temblorosa de rabia, es interrumpida por la aparición estelar de Christian, que sale del ascensor cargando una carpeta rosa brillante.

—¡Oh, por todos los cielos! —grita el rubio, ignorando por completo la tensión en el aire y acercándose a mí como si fuera una aparición celestial—. ¡Ese aroma es un deleite sensorial! Laura, querida, ¿no es una maravilla? Deberíamos usar esta base aromática para la campaña de otoño.

Ella intenta recuperar la compostura, aunque parece que le va a dar un derrame cerebral en cualquier momento.

—Es... penetrante —comenta de manera cortante, dedicándome una última mirada cargada de promesas de venganza antes de dar media vuelta y alejarse a paso rápido, con los tacones golpeando el suelo como si quisiera romperlo.

—La amabilidad personificada, como siempre —comenta Christian con un guiño divertido, apoyándose en mi escritorio—. No le hagas caso, sufre de amargura crónica desde que James rechazó su propuesta de cenar para discutir el presupuesto hace seis meses. Bienvenida al manicomio, Cami. Si sobrevives a esta semana, te invito un trago.

—Hecho —me río, relajando por fin la espalda contra la silla.

Justo en ese momento, el intercomunicador de mi escritorio emite un pitido agudo que me hace dar un brinquito. La voz de mi jefe, profunda, grave y exasperantemente atractiva, resuena en el aparato.

—Señorita Mendoza, a mi oficina. Traiga café. Negro, sin azúcar. Y trate de no tirárselo encima a nadie en el trayecto.

Christian me lanza una mirada de compasión, me da una palmadita en el hombro y se aleja nuevamente.

Me pongo de pie con cuidado, asegurándome de que el vestido siga en su lugar, me dirijo hacia la imponente cafetera italiana que está en la esquina del pasillo. La máquina tiene tantas pantallas táctiles, palancas y tubos de vapor que parece un transformer a medio armar. Le doy un toquecito a la pantalla táctil, la máquina ruge como un león herido y un chorro de vapor caliente me despeina un mechón de cabello. Definitivamente, la guerra en esta oficina acaba de comenzar y yo no pienso perderla.

Sostengo la taza de cerámica negra con la punta de los dedos, como si transportara un artefacto termonuclear a punto de estallar. El café, oscuro como el alma de mi queridísimo jefe, humea con una hostilidad que casi me parece personal.

Doy tres pasos y me detengo.

No, Camila, concéntrate. Un paso en falso con estos tacones de aguja sobre el porcelanato pulido del pasillo y la cafetera habrá ganado la primera batalla por humillación pública. Me enderezo, acomodo el dobladillo de mi vestido con una mano libre, luego avanzo con la gracia forzada de una equilibrista de circo.

Al llegar a la imponente puerta de madera de nogal, no tengo manos libres para tocar.

¿La opción lógica? Usar el codo.

¿La consecuencia? Un espasmo involuntario que hace que el café baile peligrosamente al borde de la taza. Suelto un gemido ahogado, estabilizo el pulso en el último milisegundo y, antes de que pueda acobardarme, empujo la puerta con la cadera.

Entro a su santuario.

La oficina de James es ridículamente enorme, minimalista y fría, decorada en tonos grises y negros que gritan «tengo tanto dinero que el color me ofende». Él está de pie, de espaldas a mí, mirando a través del ventanal que domina la ciudad. Su silueta de casi dos metros bloquea la luz del sol, proyectando una sombra larguísima que, por supuesto, cae directamente sobre mí.




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