Como no enamorar a mi Jefe

♡ Capítulo 7 — Superando el primer día

Camila

James no se gira de inmediato. Se toma su maldito tiempo, incrementando la tensión dramática como si estuviéramos en el clímax de una película de suspenso. Cuando finalmente se da la vuelta, sus ojos azules, fríos y tormentosos, se clavan en los míos.

Clásico de él.

Tiene esa estúpida mirada que te hace querer confesar crímenes que ni siquiera has cometido.

—Llega tarde, señorita Mendoza —dice. Su voz baja y rasposa me vibra en la boca del estómago—. Empezaba a pensar que había tenido un accidente con el dispensador de agua.

—La cafetera italiana ha decidido declararme la guerra, señor. Pero como puede ver, he salido victoriosa —respondo, esbozando una sonrisa falsamente angelical mientras camino hacia su escritorio de cristal.

Dejo la taza sobre la superficie transparente con un tintineo suave, extremadamente orgullosa de no haber derramado ni una sola gota. Me yergo de inmediato, cruzando las manos detrás de la espalda. Él baja la vista hacia la taza, luego la sube lentamente hacia mí, recorriéndome con una parsimonia que hace que me hierva la sangre.

—Un milagro —murmura, apoyando las manos en el borde del escritorio e inclinándose ligeramente hacia adelante.

Al acortar la distancia, su perfume, una mezcla embriagadora de madera de sándalo, cuero y puro poder, invade mi espacio personal. Me obligo a no dar un paso atrás. No voy a retroceder. Sostengo su mirada, ignorando el hecho de que, sentada o de pie frente a él, me siento absurdamente pequeña.

—¿Necesita algo más? ¿O solo me ha llamado para evaluar mis habilidades de supervivencia con la cafeína? —pregunto, arqueando una ceja.

El ambiente en la oficina cambia de golpe. La ligera chispa de comedia y sarcasmo se evapora, reemplazada por un aire denso, casi eléctrico, que se puede cortar con un cuchillo. El castaño rodea lentamente el escritorio de cristal. El eco de sus zapatos sobre el suelo es el único sonido en la habitación. Se detiene a escasos centímetros de mí, es tan alto que tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.

—Me gusta mantener a mis empleados alerta —musita, su tono ha bajado una octava, perdiendo la ironía y adquiriendo una textura peligrosa—. Especialmente a los que creen que pueden desafiarme con la mirada.

Mis dedos se clavan en las palmas de mis manos. La tensión entre nosotros es casi palpable, una cuerda invisible que se tensa más y más con cada respiración. Su mirada desciende un segundo a mis labios antes de volver a mis ojos, y juro que el aire en mis pulmones desaparece por completo.

—No lo desafío, señor Maxwell —susurro, y por primera vez mi voz delata una milésima de la agitación que llevo por dentro—. Solo me defiendo.

Él sonríe apenas, una curva casi imperceptible en la comisura de sus labios que me descoloca por completo.

—Ya lo veremos —responde, dando un paso más, reduciendo la distancia a la nada—. La guerra apenas comienza, señorita Mendoza.

La distancia entre nosotros es tan corta que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, un recordatorio físico de que, a pesar de su fachada de hielo, James Maxwell es puro fuego que amenaza con incendiar todo. Sostiene mi mirada un segundo más, saboreando el silencio sepulcral que ha impuesto en la oficina, antes de romper el hechizo. Da media vuelta con una elegancia exasperante y regresa a su sillón de cuero.

—Retírese, Mendoza. Tiene tres informes financieros sobre su escritorio que necesitan su revisión antes de que termine el día —ordena, recuperando su tono corporativo y distante, como si la electricidad de hace un instante jamás hubiera existido.

—Entendido, señor —respondo, mi voz sale firme, gracias al cielo.

Doy media vuelta y salgo de la oficina con paso firme, obligándome a no correr. Al cerrar la puerta tras de mí, suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo. Me tiemblan ligeramente las manos, me niego a darle el gusto de flaquear. El resto de la jornada se convierte en un torbellino de números, llamadas y tecleos incesantes. El fantasma de su mirada azul me persigue entre las líneas de los balances, logro concentrarme lo suficiente para terminar cada maldito informe.

Cuando las agujas del reloj marcan el final de la jornada y la oficina empieza a vaciarse, me estiro en la silla, sintiendo el cansancio acumulado en la espalda.

—Oye, Camila, pareces una sobreviviente de guerra —una voz melodiosa interrumpe mis pensamientos. Levanto la vista y me encuentro con Christian. Tiene una sonrisa ligera y el maletín ya al hombro.

—La cafetera italiana intentó matarme temprano y Maxwell intentó rematarme el resto del día —bromeo, ordenando los papeles en mi escritorio.

El rubio suelta una carcajada limpia, libre de la tensión que asfixia el piso de la directiva.

—En ese caso, te urge un trago de supervivencia como compensación por tu día extremo.

—Espero que sea algo fuerte, necesito relajarme un poco antes de marcharme a casa.

Él sonríe, ambos caminamos hasta el estacionamiento y subimos a su auto, algunas trabajadoras se me quedan viendo como un bicho raro, pero no me importa en absoluto.




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