Camila
El bar es un lugar de luces tenues y música de fondo que amortigua el bullicio de la ciudad. Ambos nos sentamos en la barra, tras pedir dos whiskys, la rigidez de la oficina empieza a disiparse. A diferencia de la atmósfera asfixiante que rodea a mi jefe, hablar con Christian es extrañamente fácil.
—Así que... ¿sobreviviste a tu primer día como asistente personal del ogro? —indaga, mirándome de reojo con diversión.
—A duras penas. A veces creo que tiene un manual interno de cómo ser un villano —respondo, dándole un sorbo a mi trago. El líquido me quema la garganta, relajándome al instante.
Entre risas y anécdotas de oficina, la conversación empieza a profundizar. Me cuenta que estudió diseño en el extranjero, que volvió al país para estar cerca de su hermana menor y que la pintura es su verdadero escape. Hay una vulnerabilidad genuina en él que me desarma. Por mi parte, me descubro contándole cosas que suelo guardarme: lo mucho que me costó adaptarme a la presión de la gran ciudad, mi constante necesidad de demostrar que soy capaz y el miedo sutil a fracasar bajo las expectativas de gente tan poderosa. Él me escucha con una atención limpia, sin dobles intenciones, ofreciéndome una calidez que me hace mucha falta en este entorno de tiburones.
—Eres más fuerte de lo que crees —dice, tocando suavemente mi mano sobre la barra antes de retirarla—. Maxwell es un muro, pero tú tienes la terquedad necesaria para derribarlo.
Sonrío, agradecida por el gesto, algo en su mirada me indica que hay una sombra más profunda detrás de su amabilidad. Su pulso parece pausarse un instante mientras acaricia el borde de su vaso.
—No todo en mi regreso fue tan romántico como suena —admite en un susurro, mirando cómo el hielo se derrite en el ámbar de la bebida—. La verdad es que mi hermana es la única familia que me queda.
Me acomodo en el taburete, prestando toda mi atención.
—¿Qué pasó con tus padres? —pregunto con cautela.
Él deja escapar una risa amarga y se pasa una mano por el cabello.
—Cuando se enteraron de quién era realmente... de que era gay, no lo aceptaron. Para ellos, la imagen familiar y las apariencias lo eran todo. Me dieron un ultimátum, al no ceder, me echaron de casa. Rompieron cualquier lazo conmigo. Mi hermana menor fue la única que no me dio la espalda, la única que cruzó esa puerta para mantenerme en su vida. Volví por ella. Es por quien lucho todos los días en esa empresa de locos.
Una oleada de empatía me oprime el pecho. La crudeza de su confesión borra cualquier rastro de la frialdad del trabajo. En este mundo de tiburones, él no es un predador, es un sobreviviente, igual que yo.
—Siento mucho que hayas tenido que pasar por eso —hablo con firmeza, cubriendo su mano con la mía esta vez—. Pero ella tiene mucha suerte de tenerte. Eres increíblemente valiente.
—Ambos lo somos —responde, regalándome una sonrisa genuina que ilumina su rostro—. Solo prométeme que no dejarás que los demás te cambien. Hay algo puro en ti, Camila, y este lugar adora destruir eso.
Al mirar la hora en el teléfono, me doy cuenta de que la noche ha avanzado demasiado. Nos despedimos afuera del bar con la promesa de repetir el encuentro, subo a un taxi con una extraña mezcla de ligereza en el pecho y cansancio físico.
El trayecto a casa es silencioso, la ciudad se desliza a través de la ventanilla como un borrón de luces borrosas. Cuando el vehículo se detiene frente a mi edificio, pago al conductor y bajo, buscando las llaves en mi bolso. Me detengo en seco al notar una silueta imponente junto a la entrada.
Es Thomas. Viste un abrigo oscuro impecable y me observa con una expresión indescifrable bajo la luz de la farola.
—Señor Maxwell... ¿qué hace aquí? —pregunto, sorprendida, ocultando el bolso detrás de mí por puro instinto.
—Buenas noches, señorita Mendoza —responde, su voz es un recordatorio de la jerarquía que me rodea—. La estaba esperando. No quería dejar pasar una oportunidad importante para usted.
Da un paso hacia adelante, sacando un sobre elegante del interior de su abrigo. Me lo extiende. Lo tomo, confundida, sintiendo el grosor del papel.
—¿Qué es esto?
—He conseguido un mejor apartamento para usted. Está en una zona residencial mucho más segura, cerca de la empresa y con todas las comodidades que merece alguien en su posición de confianza —explica, con una amabilidad ejecutiva que resulta casi impositiva—. Ya me he encargado de los depósitos y el papeleo inicial.
Me quedo sin palabras, mirando el sobre, luego a él. El piso donde vivo actualmente es pequeño y ruidoso. Sin embargo, es lo único que me mantiene atado a lo que realmente soy, este gesto parece demasiado generoso para ser simple filantropía corporativa.
—Señor Thomas, yo... no sé qué decir. No puedo aceptar esto, mi sueldo actual no podría permitirme alg—
—No se preocupe por los detalles financieros por ahora —me interrumpe, usando una entonación extrañamente paternal, firme—. Considérelo una inversión de la junta. Lo único que quiero es que se concentre en su trabajo lo mejor que pueda. Mi hijo es un hombre difícil y el proyecto actual requiere toda su atención, sin las distracciones de una mudanza precaria o problemas logísticos cotidianos. Necesito que su mente esté al cien por ciento dentro de esa oficina.