Camila
Sus palabras resuenan en el aire frío de la noche, aunque suena como un beneficio laboral, hay un subtexto claro: me están aislando en una jaula dorada donde tengan más control sobre mí. Sostengo el sobre contra mi pecho, miro hacia arriba, a las ventanas de mi viejo apartamento, sintiendo que los hilos invisibles de los Maxwell se cierran un poco más a mi alrededor, atrapándome en un juego cuyas reglas aún no termino de comprender.
El peso del sobre en mis manos se siente como un grillete de oro. Subo las escaleras hacia mi apartamento arrastrando los pies, pero antes de que pueda meter la llave en la cerradura, el sonido de unos pasos firmes y elegantes resuena en el pasillo. Me giro de golpe, con el corazón en la garganta.
Thomas está parado al inicio del pasillo, ha subido tras de mí. La luz parpadeante del corredor acentúa las líneas severas de su rostro, un reflejo idéntico, más maduro y calculador, que el de su hijo.
—¿Señor Maxwell? Pensé que se había marchado.
—Hay detalles que no se pueden discutir en la calle —camina hacia mí, se detiene a un metro, invadiendo mi espacio con su imponente presencia—. El apartamento que te acabo de asignar no es solo un techo seguro. Es el escenario donde vas a operar.
—No entiendo... —doy un paso atrás, chocando contra mi propia puerta.
—James es un bloque de hielo, un hombre asfixiado por su propio control. Y un líder que no siente, que no se arriesga, termina quebrando la empresa —expresa, con una frialdad ejecutiva que me revuelve el estómago. Su mirada se clava en la mía, diseccionándome—. Te recuerdo que tu verdadero trabajo no es agendar sus citas ni organizarle la vida, sino sacarlo de esa maldita armadura. Quiero que descubra su faceta de hombre. Que se anime a salir de la oficina, a ser diferente, quiero que viva.
—¿Me está pidiendo que lo provoque? ¿Que use mi posición para... para desestabilizarlo?
—Te estoy pidiendo que hagas lo que ninguna otra ha logrado: haz que le importe algo más que su trabajo. Despiértalo. Mueve los hilos correctos —da un paso más, reduciendo la distancia, su voz se vuelve un susurro cargado de una tensión asfixiante—. Y no te equivoques, no me importa si en el proceso terminas rompiéndole el corazón a James. De hecho, el dolor endurece el carácter. Pero hay una regla de oro en este contrato invisible, Camila, y quiero que la grabes en tu mente.
Trago saliva, incapaz de apartar los ojos de los suyos. La tensión en el pasillo es tan densa que apenas puedo respirar.
—¿Qué regla?
Se inclina ligeramente, su expresión se vuelve implacable, desprovista de cualquier calidez paternal.
—Tú no te vas a enamorar de él. Puedes usar tu astucia, tu cercanía, tu encanto, puedes hacerlo perder la cabeza si es necesario para transformarlo. Si permites que tus sentimientos se involucren, si cruzas esa línea y te enamoras de mi hijo, te destruiré. Te quitaré todo lo que tienes y te aseguro que no volverás a encontrar un trabajo en esta ciudad.
Sus palabras caen como sentencias de muerte en el silencio del pasillo. El sobre entre mis dedos tiembla. No soy más que una herramienta de cirujano en manos de un padre dispuesto a moldear a su heredero a cualquier precio, sin importar las bajas colaterales.
—Se dará cuenta —consigo articular, con la voz rota—. Él no es tonto. Sabrá que hay algo detrás.
—Él solo ve lo que yo le permito ver —sentencia, recuperando su postura erguida y acomodándose los puños del abrigo—. Mañana por la mañana quiero la confirmación de tu mudanza. Tienes el talento y la terquedad necesarios para esto, no me decepciones.
Me da una última mirada fija, una advertencia silenciosa que se clava en mis pupilas, luego se da la vuelta, dejándome sola con el eco de sus pasos y un juego de poder macabro. Entro a mi apartamento y cierro la puerta de golpe, apoyando la espalda contra la madera, temblando. Miro el sobre en mis manos. Estoy atrapada entre el ogro de la oficina y el demonio que lo creó, obligada a jugar un juego donde mi corazón es la única pieza prohibida.
El aire en mi viejo apartamento se siente de pronto insuficiente, como si la sola presencia del anciano hubiese contaminado cada rincón. Lanzo el papel sobre la mesa de centro y caigo de rodillas frente al sofá, escondiendo el rostro entre las manos mientras un temblor incontrolable me sacude el cuerpo.
¿En qué me he metido?
No soy una actriz, no soy una seductora profesional ni una estratega corporativa, solo soy una mujer intentando abrirse paso en esta ciudad despiadada. Pero las amenazas no dejan margen de error: o me convierto en la pieza clave de su maquiavélico experimento social, o el peso absoluto de su poder destruirá cualquier vestigio de mi futuro profesional casi inexistente.