Camila
El espejo del vestidor de mi nuevo apartamento devuelve la imagen de una desconocida. El espacio es amplio, de líneas minimalistas, techos altos y ventanales que muestran una vista panorámica del horizonte de la ciudad. Es un lujo frío, sin alma, que huele a pintura fresca y a una sobriedad prefabricada.
Sobre la cama King Size descansan tres percheros repletos de trajes sastre de cortes impecables, vestidos de seda, zapatos de diseñador y abrigos de lana fina.
Me ajusto la blusa de seda marfil y el pantalón de tiro alto a juego. El tejido es suave contra mi piel, pero me sienta como una armadura impuesta. Me miro las manos, no hay rastro de la chica que contaba las monedas para el autobús. Ahora parezco una ejecutiva de élite, aunque por dentro me siento más vulnerable que nunca.
Al llegar al rascacielos de la empresa, el murmullo habitual de los pasillos parece intensificarse cuando me ven pasar. Mis compañeras notan la transformación: los trajes caros, el cambio de actitud forzado, la sombra de la junta detrás de cada uno de mis pasos. Respiro hondo al acercarme al piso ejecutivo y me detengo frente a la puerta de cristal esmerilado de James Maxwell. Sostengo mi carpeta contra el pecho, componiendo una postura erguida antes de llamar.
—Pasa —resuena su voz, grave y tajante, desde el interior.
Empujo la puerta. El castaño está de pie junto a su escritorio de cristal, con las mangas de la camisa arremangadas hasta los antebrazos y la corbata ligeramente aflojada. Su silueta de casi dos metros domina la escena, bañada por la luz que entra a través de los enormes ventanales. Su ceño está fruncido y sus ojos azules, fríos como nubes de tormenta, se clavan en mí en cuanto cruzo el umbral.
—Señor Maxwell, los reportes matutinos están listos y...
—Ahórrate el discurso, Mendoza —me interrumpe sin mirarme a la cara, caminando hacia la mesa de conferencias mientras revisa un expediente—. Tenemos un asunto urgente y no tengo tiempo para tu lentitud habitual. La junta ha decidido que la revista celebrará su quincuagésimo aniversario el próximo mes. Es el evento más importante del año para el grupo editorial. Y tú te vas a encargar absolutamente de todo.
Pestañeo, sorprendida por el impacto repentino de la responsabilidad.
—¿Yo, señor? ¿La fiesta de aniversario número cincuenta?
—¿Tengo que repetirlo en otro idioma? —se gira bruscamente hacia mí, cruzándose de brazos. Su mirada recorre mi atuendo de arriba abajo con una mueca de desdén evidente que me abrasa la piel—. La temática, la decoración, el banquete, la lista de invitados VIP, la logística de prensa... todo recae sobre tus hombros. Quiero un concepto impecable, tradicional y sofisticado. Nada de extravagancias ordinarias.
—Comprendo. Prepararé una propuesta para el comité directivo y...
—No hay comité, Mendoza. Tú lo organizas, yo lo apruebo o lo destruyo —dice, dando dos pasos hacia mí y reduciendo la distancia hasta que su presencia física resulta aplastante—. Y más vale que estés a la altura. Aunque, viendo cómo te fascina exhibirte con ropa que claramente no encaja con tu clase, dudo mucho que tengas el criterio suficiente para coordinar un evento de esta magnitud.
Sus palabras caen como un latigazo. Siento cómo la sangre se agolpa en mis mejillas, encendiendo un calor furioso en mi pecho.
—Señor Maxwell, mi vestir no tiene nada que ver con mi capacidad profesional —respondo, intentando mantener el tono neutral a pesar del nudo que me quema la garganta.
—Tiene todo que ver —espeta, acercándose tanto que puedo oler su perfume amaderado, una mezcla embriagadora y amenazante—. Crees que porque mi padre te regaló un par de prendas caras y te mudó a un lugar mejor ya perteneces a este mundo. Créeme, eso lo hace con todas mis asistentes, no te sientas especial. Eres patética, Camila. Piensas que estás jugando en la liga grande, pero solo eres una empleada de segunda categoría intentando disfrazarse de ejecutiva. Mírate. Te queda grande el puesto, te queda grande la ropa y te queda grande esta oficina.
El silencio que sigue es ensordecedor. James me sostiene la mirada con una frialdad desalmada, disfrutando del impacto de sus palabras, esperando ver la primera lágrima rodar por mi rostro para confirmar su victoria. Durante toda la jornada se encarga de reafirmar su desprecio: rechaza tres de mis borradores iniciales arrojándolos a la papelera sin leerlos, me exige rehacer la lista de invitados cuatro veces frente al resto del equipo y me habla con un tono humillante delante de los directores de departamento, dejándome como una inútil ante toda la oficina.
Aprieto los puños a los costados hasta que las uñas se me clavan en las palmas. La vergüenza y el dolor iniciales se transforman gradualmente en algo desgarrador, una rabia ardiente que se propaga por mis venas. Trago saliva, conteniendo la humillación, y alzo la barbilla. Thomas quiere que saque su faceta de hombre, que lo desestabilice, que lo haga perder el control. James cree que soy una marioneta frágil a la que puede pisotear a su antojo sin consecuencias.
Ambos están profundamente equivocados.
—Entendido, señor Maxwell —digo, con una voz extrañamente calmada que oculta el veneno que empieza a formularse en mi mente—. Me encargaré personalmente de que la fiesta del cincuentenario sea una noche que ni usted, ni nadie puedan olvidar jamás.