Camila
Ajusto los últimos pliegues de mi vestido rojo pasión frente al espejo del camerino del hotel. La seda se ciñe a mi figura como una segunda piel y el corte de la espalda descubierta es un desafío directo al sofocante código de vestimenta de la empresa. Esta noche no soy la asistente sumisa.
Soy la ejecutora de una obra maestra.
El Gran Salón del Grand Imperial brilla bajo una luz brillante y opulenta. Los candelabros de cristal reflejan la compostura fingida de la élite empresarial, los ejecutivos de trajes a medida y las socias cubiertas de diamantes que conversan en murmullos ensayados.
Camino entre la multitud sintiendo cómo los ojos de varios hombres me siguen, pero mi atención está fija en la entrada. A pocos metros, veo llegar a Rea. La morena luce impactante, viste un sari de seda dorada con bordados que atrae miradas de pura estupefacción clasista. Se acerca a mí con una copa de champán en la mano y una sonrisa traviesa.
—Por todos los dioses, Camila, estás deslumbrante —me susurra al oído, abrazándome con fuerza—. Este lugar apesta a dinero rancio y ego. Me encanta. ¿Las exes ya llegaron?
—Están acomodadas en la mesa tres, justo frente al escenario —le respondo, guiñándole un ojo—. Cómodas, elegantes y listas para su momento.
—Perfecto. Me voy a mi mesa a disfrutar de la función desde primera fila. Que comience el espectáculo.
Rea se escurre entre la gente y yo me retiro hacia la penumbra de un lateral del salón para coordinar la logística con el personal de catering. Todo avanza según lo previsto.
De pronto, un murmullo recorre la entrada principal.
James Maxwell ha llegado.
Acompaña a su padre, cuya sola presencia impone un peso asfixiante sobre el ambiente. Pero es el castaño quien paraliza mi respiración. Luce absurdamente guapo con un esmoquin negro perfectamente entallado, el cabello impecable y esa aura de control absoluto que siempre lo envuelve.
Es el demonio vestido de etiqueta.
Siento un tirón violento en el estómago cuando sus ojos azules escanean el salón y, de forma inevitable, chocan contra los míos. Se detiene un segundo, su mirada desciende por el escote de mi espalda, se demora en la curvatura de mis grandes caderas y vuelve a subir a mi rostro. Por un instante, sus pupilas se dilatan y traga saliva. Hay un ardor peligroso en su forma de mirarme, una tensión eléctrica que hace que el aire entre los dos se vuelva denso y abrasador.
Corta la distancia entre nosotros con pasos firmes, calculados. El olor de su loción cara me envuelve antes de que pronuncie una sola palabra.
—Mendoza —dice, bajando la voz a un tono grave que me retumba en el pecho—. ¿Qué significa ese vestido? Supongo que recuerdas que esto es un evento corporativo, no una gala de alfombra roja.
—Buenas noches para usted también, señor Maxwell —respondo, sosteniéndole la mirada sin dar un paso atrás—. El protocolo exigía elegancia de alto impacto. Me limité a seguir sus instrucciones.
Se acerca un milímetro más. Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, la amenaza implícita de su cercanía. Su mano roza disimuladamente la piel expuesta de mi cintura para conducirme un poco más al margen de la multitud, el contacto me provoca una descarga de electricidad que me obliga a apretar los dientes.
—Estás jugando con fuego —murmura muy cerca de mi oído, la calidez de su aliento me eriza la piel por completo. Sus ojos bajan a mis labios con una fijación casi hambrienta—. Llevas dos semanas mirándome con esa sonrisa perfecta y obediente. Sé que estás tramando algo. Lo presiento cada vez que te me acercas.
—Tiene la imaginación muy desarrollada, James —uso por primera vez su nombre de pila a propósito. Siento cómo su respiración se acelera.
—No me llames James aquí —sisea, aunque su pulgar acaricia apenas el borde de mi vestido en la espalda antes de soltarme repentinamente—. Mantén todo bajo control. Si cometes un solo error, no me va a importar lo atractiva que te veas esta noche, te voy a dejar en la calle.
—No habrá errores —aseguro con una dulzura veneno puro—. Le prometí una noche inolvidable. Así que disfrutemos de la celebración.
—¡Pero qué buena vibra se respira por aquí! —exclama Christian, quién se aproxima hacia nosotros luciendo impecable en su traje plateado—. James, pareces una estatua de mármol. Y Camila... santísimo cielo, si la junta directiva supiera desde hace mucho el talento que tiene para eclipsar a medio salón, te habrían aumentado el sueldo hace meses.
—Christian, no es el momento —refunfuña el castaño, intentando recomponer su postura rígida.
—Por supuesto que es el momento —protesta el rubio, dándonos una mirada llena de picardía—. La música acaba de cambiar. Dejen de hablar de contratos por cinco minutos.
En ese preciso instante, la banda en vivo se retira y las luces cálidas del salón bajan de intensidad, reemplazadas por destellos violetas y dorados. Un ritmo urbano empieza a retumbar en los altavoces de alta fidelidad del hotel.
El DJ ha tomado el control y un reggaeton de bajo potente comienza a apoderarse del ambiente. Mi jefe arruga la nariz de inmediato, como si le hubieran servido un vino picado.