Como no enamorar a mi Jefe

♡ Capítulo 13 — Baile apasionado

Camila

Christian nos observa con una sonrisa que es pura maldad, mi jefe parece estar a punto de sufrir una combustión espontánea por la mera idea de dejarse llevar. Veo la lucha interna en sus ojos: el CEO estirado contra el hombre que, hace un momento, me miraba como si quisiera devorarme.

La base del reggaetón martillea en el suelo de mármol, vibrando a través de mis tacones de aguja. Es un ritmo pesado, sensual, totalmente fuera de lugar en este nido de víboras corporativas, y eso es exactamente lo que lo hace perfecto.

—Sería un mal movimiento estratégico rechazar una invitación así frente a todos, señor Maxwell —musito, elevando una ceja y extendiendo mi mano hacia él.

James aprieta la mandíbula, pero la presión de la mirada del rubio y, quizás, algo más primitivo dentro de él, lo hace ceder, por lo que acepta mi mano.

Su palma está caliente, la descarga eléctrica es inmediata y tan fuerte que casi me hace retroceder.

—Solo una canción, Mendoza. Si intentas perrear, estás despedida antes de que termine el estribillo —advierte en voz baja, arrastrándome hacia el centro de la pista de baile, que empieza a llenarse de la generación más joven de la empresa.

—No prometo nada, James —le susurro, saboreando el uso de su nombre de pila una vez más.

Cuando llegamos a la pista, me giro hacia él y entonces coloco mis manos sobre sus hombros. La textura de su esmoquin de seda es suave bajo mis dedos, aunque la tensión en sus músculos es palpable. Es como intentar bailar con una estatua de mármol que, convenientemente, tiene la temperatura corporal de un horno. Él, con una vacilación casi cómica, pone sus manos en mi cintura. Sus pulgares rozan la tela roja, peligrosamente cerca de mi espalda.

Al principio, es un desastre.

El ojiazul se mueve con la fluidez de un mueble de oficina. Está rígido, concentrado en no cometer errores, manteniendo una distancia de seguridad que grita «soy muy anticuado para esto». Se nota que, para él, esto es una tortura china.

—Se supone que es diversión, no una auditoría fiscal. Déjate llevar por el bajo —le digo, acercándome un poco más, rompiendo esa barrera invisible.

Entonces, sucede algo divertido. La canción cambia a una más rápida, un ritmo de la vieja escuela que incluso los ejecutivos más estirados reconocen. Veo a Rea a lo lejos, riéndose mientras baila animadamente con un camarógrafo, eso me da el impulso que necesito.

Me muevo con fluidez, mis caderas siguiendo el ritmo con una naturalidad que él no posee. Intento guiarlo, él está tan concentrado en no tropezar que se queda quieto a la vez que yo giro a su alrededor. En un momento, al intentar un giro más rápido, su pie se interpone y chocamos.

—¡Auch! —exclamo, aunque no me ha dolido, es más la sorpresa.

Él me atrapa por los codos para evitar que me caiga, por un segundo, estamos a milímetros de distancia. Su expresión de horror es invaluable.

—Lo siento —por primera vez desde que lo conozco, suena genuinamente disculpándose y un poco avergonzado.

—Está bien. Pero si me pisas los zapatos de diseñador, te costará un aumento de sueldo —bromeo, sonriendo de verdad.

Ese pequeño tropiezo parece romper el hielo entre ambos. James se ríe por lo bajo, una risa genuina que rara vez escucho. El sonido es grave, vibrante, ocasionando que mi pulso se acelere. Sus manos en mi cintura se relajan un poco, por lo que empieza a moverse con más naturalidad.

No es un bailarín profesional, al menos ya no parece que tenga un palo en la columna vertebral.

La música cambia de nuevo, volviéndose más lenta, más densa. El DJ sabe lo que hace. El ambiente en el salón se transforma. Las luces violetas predominan, creando una atmósfera íntima a pesar de la multitud.

El pelinegro me atrae más hacia él, ya no hay distancia de seguridad. Su cuerpo está pegado al mío. Siento el calor quemando mi vestido de seda, el aroma de su loción me embriaga, es una mezcla de madera, cuero y algo exclusivamente suyo y completamente adictivo.

Mis manos se deslizan desde sus hombros hasta su nuca, mis dedos enredándose levemente en su cabello impecable. Él exhala un suspiro ronco, su aliento caliente rozando mi oído, su agarre se vuelve posesivo.

Seguimos bailando, sin embargo, esto ya no se trata de solo baile. Es una confrontación silenciosa, una danza de seducción y resistencia. Sus ojos azules, ahora oscurecidos, no se apartan de los míos.

—Te ves... insoportablemente hermosa esta noche, Camila —murmura. Su voz es apenas un murmullo, que solo yo puedo escucharla por encima de la música. Es la primera vez que usa mi nombre sin el apellido, el efecto es devastador.

Mi respiración se entrecorta. La forma en que pronuncia mi nombre, con esa mezcla de reticencia y deseo, hace que mis rodillas flaqueen.

—Y usted no está tan mal, señor Maxwell —respondo, intentando mantener mi fachada de frialdad, pero mi voz me traiciona, sonando temblorosa.

—He pasado dos semanas pensando en la forma en que me miras cuando crees que no me doy cuenta —continúa él, acercando su rostro al mío. Su nariz roza mi mejilla, un contacto tan leve que podría ser imaginario—. Y ahora, con este vestido... es como si hubieras sido diseñada para torturarme.




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