Camila
Me muerdo los labios inconscientemente, veo cómo sus pupilas se dilatan aún más. Él se inclina, sus labios están a milímetros de los míos. Puedo sentir el calor de su aliento, el sabor a champán y deseo. Mi corazón martillea con tanta fuerza que temo que él pueda escucharlo.
Este es el momento
Estoy a punto de besar a mi jefe, lo peor es que no me importa.
¡Lo quiero!
Justo cuando parece inevitable, la tensión se vuelve tan alta que el aire parece a punto de estallar, un flash nos ciega.
Nos separamos instintivamente, como si hubiéramos sido electrocutados. Al girarnos, vemos a un fotógrafo del evento sonriendo con orgullo, ajeno a la intensidad que acaba de interrumpir.
—¡Una foto preciosa, señor Maxwell, señorita Mendoza! Estarán en la portada de la revista de la empresa —exclama el fotógrafo, ajeno a nuestra reacción.
James recupera su compostura instantáneamente, veo el ligero temblor en sus manos cuando se ajusta la chaqueta del esmoquin. Su expresión vuelve a ser esa máscara de frialdad y control.
—Suficiente baile por esta noche —dice, su voz volviendo a ser el tono gélido y corporativo—. Tengo que atender a unos inversores.
Me da una última mirada, una mirada que dice más que mil palabras, una promesa de que esto no ha terminado, luego se aleja entre la multitud, dejándome de pie en medio de la pista de baile, con el corazón acelerado y los labios ardiendo con la anticipación de un beso que nunca llegó.
Con el pulso desbocado y la piel aun ardiendo su cercanía, doy media vuelta antes de que cualquiera note el caos que tengo en la cabeza. Camino hacia mi mesa, agarro mi bolso de mano, levanto el mentón para sostener la fachada frente a los curiosos y me muevo con paso firme pero apresurado en busca del baño de damas.
Necesito aire.
Necesito salir del campo de atracción de mi jefe antes de cometer una locura.
Empujo la pesada puerta de madera del baño y el bullicio de la fiesta queda amortiguado al instante. Por suerte, está vacío. Prácticamente me abalanzo sobre el mármol del lavabo, apoyando las manos con fuerza en el borde pulido mientras busco desesperadamente mi reflejo.
Me miro al espejo, mi respiración es un desastre, un sube y baja errático que hace que el escote de mi vestido rojo se agite sin control. Toco mis labios con la yema de los dedos, todavía los siento tibios, sensibles, como si la sola sombra de sus labios hubiera dejado una marca física.
Casi lo beso.
Estuve a milímetros de besar a James Maxwell en medio de un evento corporativo ¡Ave María purísima!
Cierro los ojos un segundo, inhalando hondo por la nariz y exhalando despacio por la boca para intentar domar el latido frenético de mi corazón. El olor de su loción de madera y cuero sigue impregnado en mi memoria, y el eco de su voz murmurando mi nombre me produce un escalofrío que me eriza la piel.
No puedo permitirme perder el piso así.
Debo seducirlo, sí, pero la idea es no sentir nada por él, para eso su padre me contrató, aunque la línea entre el juego y la tentación acaba de volverse peligrosamente delgada.
El chasquido seco de unos tacones altos contra el suelo de azulejos rompe el silencio, sacándome bruscamente de mis pensamientos.
A través del espejo, veo aparecer a Laura. Lleva una sonrisa cargada de veneno, ajustándose el vestido frente al espejo principal antes de dirigir su mirada condescendiente hacia mí.
—Pero miren a quién tenemos aquí —comenta, cruzándose de brazos con una falsa elegancia que me revuelve el estómago—. La revelación de la noche tratando de recuperar el aliento. Vaya, Camila, qué espectáculo tan... de bajo presupuesto acabas de montar ahí fuera con esa música de mal gusto.
Me reincorporo despacio, pasándome una mano por el cabello para asegurarme de que ni un solo mechón esté fuera de lugar, mirándola fijamente a través del cristal.
—¿Te refieres al baile? Pensé que la junta directiva apreciaría ver un poco de integración —respondo con un tono neutral, intentando ocultar que el corazón todavía me va a mil por hora.
Ella suelta una risita aguda y despectiva, dando dos pasos hacia mí.
—Por favor, no seas ridícula. Una cosa es intentar encajar y otra muy distinta es arrastrarte hacia el futuro heredero de la compañía en medio de la pista como si estuvieras en un club nocturno de mala muerte. El reggaetón, el vestido chillón... todo en ti grita desesperación por llamar la atención.
Se acerca al espejo para retocarse el labial, hablándome desde su altura con absoluta superioridad.
—Esta fiesta era una cena de gala para celebrar la trayectoria de la revista y para atraer inversionistas de clase alta, no una discoteca para que una asistente intente recién salida de pueblo. Mañana serás el chisme de toda la oficina, y créeme, no del tipo que te gustaría.
—Mira, mi amor —empiezo, usando un tono suave pero firme, caminando despacio hacia ella hasta quedar a un solo paso de distancia—. Vamos a aclarar un par de cositas para que no te me confundas.