Camila
El rostro de Laura se transforma en una mueca de absoluta indignación, antes de que pueda escupir la réplica que claramente tiene retenida en la garganta, le doy la espalda. Salgo del baño con la cabeza en alto, el taconeo firme y la sangre todavía latiéndome en las sienes.
Al cruzar la puerta de madera, el estruendo de la fiesta me golpea de nuevo. Las luces doradas, las copas chocando, las risas artificiales de la élite corporativa. Busco a James instintivamente entre la multitud y lo encuentro a lo lejos, de pie junto a un grupo de ejecutivos en traje oscuro. Luce impecable, distante, con esa expresión severa que juraría que no es capaz de derretirse... si no fuera porque hace apenas diez minutos sentí su respiración entrecortada sobre la mía.
De pronto, un tirón en mi brazo me saca de mi trance.
—¡Por fin te encuentro! —susurra Rea, apareciendo de la nada y arrastrándome hacia una de las columnas decorativas, lejos de las miradas chismosas. Tiene los ojos desorbitados de la emoción y sostiene una copa de champán casi vacía—. Te vi en la pista, Camila. ¡Dios mío! Casi me da un infarto, pensé que te lo ibas a comer entero delante de todos.
Una punzada punzante de culpa me atraviesa el pecho. Cierro los ojos un segundo. La sensación de sus manos firmes en mi cintura durante el baile, el calor de su cuerpo pegado al mío... Dios, el arrepentimiento me quema la garganta. Estuve a punto de ceder. Estuve a nada de olvidar por qué estoy aquí, de olvidar que esto no es más que un juego de piezas fríamente calculadas.
—No pasó nada —murmuro, intentando que mi voz no tiemble, aunque siento las mejillas calientes—. El fotógrafo nos interrumpió a tiempo.
—Bueno, mejor así, para mantener el drama en su punto más alto —sonríe con una chispa de malicia pura en la mirada. Luego se inclina hacia mí y baja aún más el tono de voz—. Escúchame bien. Ya está todo preparado para la «sorpresa» de James.
El estómago se me cae a los pies.
Por un instante, el recuerdo de sus manos temblando al ajustarse la chaqueta de esmoquin me hace dudar. Vi su vulnerabilidad, vi la brecha en su armadura.
¿De verdad voy a hacerle esto?
La culpa vuelve a golpear, más fuerte esta vez, recordándome que debajo de esa fachada de jefe implacable hay un hombre que, al menos por unos segundos, me miró como si yo fuera su único centro de gravedad.
Pero entonces la voz del padre de James resuena en mi mente, fría y calculadora, recordándome las reglas del juego. Y peor aún, recuerdo lo mal que me hizo sentir cuando me humilló en su oficina como si fuese una vil cucaracha.
Yo no soy una víctima en esta historia, ni una damisela que se pierde en los ojos del tipo rico. Soy una mujer de palabra, si esto fuera una telenovela mexicana de las diez de la noche, este sería el giro trágico antes del corte comercial. Y yo no pienso cambiar el libreto por un par de mariposas estúpidas en el estómago.
Trago saliva, endureciendo la mirada y forzando una sonrisa helada en mis labios. El arrepentimiento se disipa, reemplazado por la adrenalina pura de la venganza.
—Excelente —me acomodo el escote del vestido rojo—. Asegúrate de que el ángulo de las pantallas sea perfecto, Rea. Si vamos a darle a James Maxwell una noche inolvidable, hagámoslo con estilo.
Miro mi reloj. Ocho en punto.
Hago una señal discreta al técnico de sonido y el caos absoluto desata sus alas.
La iluminación cálida del salón se apaga de golpe, sustituida por proyectores de luz roja y púrpura que parpadean con violencia. El murmullo de la gente se transforma en exclamaciones de desconcierto.
En los balcones superiores, un ensamble de ópera vestida con trajes barrocos gigantescos y máscaras venecianas comienza a entonar el Dies Irae a un volumen ensordecedor. Las arias sobre traición y ruina hacen vibrar las copas de cristal. Thomas Maxwell da un paso atrás, petrificado, mientras los camareros empiezan a repartir entre los horrorizados ejecutivos copas de absenta pura etiquetadas como «El Despido Inminente»
Veo a mi jefe apretar la mandíbula hasta que los músculos de su rostro parecen a punto de romper su piel. Busca frenéticamente con la mirada, desesperado, hasta que se topa con la mesa tres.
Allí están Vanessa, Natalia y Chantal, alineadas como un tribunal del juicio final, alzando sus copas de absenta hacia él.
Antes de que el ojiazul pueda reaccionar, los altavoces retumban con mi voz pregrabada:
—Damas y caballeros, la junta directiva y estimados accionistas... Un homenaje especial de nuestro Director Ejecutivo a las mujeres que moldearon su corazón.
Las pantallas gigantes de alta definición del escenario se encienden bruscamente. En un montaje monumental, aparece una fotografía gigantesca de James rodeado de corazones rosados animados, marcos de brillantina y una tipografía cursiva fluorescente que dice:
«A MIS TRES GRANDES AMORES: VANESSA, NATALIA Y CHANTAL. MI CORAZÓN AÚN LES PERTENECE. ¿VOLVERÍAN CONMIGO?»
Al mismo tiempo, tres camareros marchan solemnemente y le entregan a cada una de sus exnovias un ramo gigantesco de cien rosas rojas con una tarjeta gigante que dice: «Con amor desesperado, James».