Camila
Los destellos de las cámaras de los periodistas que invadieron el lugar iluminan el recinto como una tormenta eléctrica. Los miembros de la empresa ahogan gritos de indignación. Natalia le arroja su copa de ponche rojo directamente al ramo de rosas, Vanessa se toma una selfie riendo a carcajadas con el video de fondo, y Chantal anota ferozmente en una libreta de notas. Thomas Maxwell se lleva las manos a la cabeza, con la cara completamente desencajada por la humillación pública de su propio hijo.
James atraviesa el salón desatado como un huracán. Derriba a un camarero a su paso, ignora las preguntas a gritos de los periodistas y camina directo hacia la columna donde estoy parada, disfrutando cada segundo de la catástrofe.
Me atrapa del brazo con firmeza, arrastrándome hacia el pasillo trasero, lejos de las miradas, acorralándome violentamente contra la pared de madera.
Su rostro está a escasos centímetros del mío. Su respiración es áspera, convulsa, una vena le late con fuerza en la frente. Sus ojos azules botan chispas de pura furia, pero también de algo oscuro, denso e incontrolable.
—¡¿Qué demonios hiciste, Camila?! —sisea con una voz tan baja y peligrosa que me estremece entera—. ¡Arruinaste la gala! ¡Has destruido mi reputación y la de la empresa en frente de todos los invitados!
Sostengo su mirada sin parpadear. El corazón me da vueltas en el pecho, la adrenalina de la victoria me vuelve invencible.
—Le dije que le daría la función de su vida, señor Maxwell —respondo con una sonrisa venenosa, sintiendo la presión de su cuerpo contra el mío en la estrechez del pasillo—. Eso le pasa por humillarme en su oficina, si crees que usar tu estatus para atacar mi apariencia, mi origen o la generosidad de tu padre te hace ver como un líder implacable, déjame sacarte de tu error: solo te ves como lo que realmente eres. Un energúmeno inseguro y con un ego tan frágil que necesita pisotear a su personal para sentir que tiene el control de algo.
—Estás demente —agrega, apretando los dientes, acercándose tanto que su boca casi toca la mía en un choque brutal de rabia y atracción—. Te voy a despedir ahora mismo.
—Puede hacerlo —le reto, inclinándome levemente hacia sus labios sin llegar a tocar los suyos—. Pero si me despide esta noche, tendrá que explicarle a la prensa y a su padre por qué la organizadora se fue justo cuando el video de sus tres amores se vuelve el número uno en tendencias mundiales.
Mi jefe se queda helado. Su pecho sube y baja aceleradamente, por primera vez desde que lo conozco, no tiene una respuesta, sus pupilas se fijan en mi boca con una mezcla volcánica de odio, humillación y un anhelo salvaje que amenaza con consumirnos a ambos en medio del caos.
Una risa descarada se me escapa, el aire entre nosotros quema, cargado de una mezcla peligrosa de rabia contenida, un magnetismo que ninguno de los dos se atreve a admitir. Él deja ir un gruñido ahogado, aprieta el agarre en la pared junto a mi cabeza, acortando el ridículo espacio que nos separa.
—¿Te parece un chiste? —susurra, con la voz volviéndose peligrosamente grave, fijando la mirada en mis ojos—. Acabas de convertir la gala anual en una telenovela barata.
—Por favor, al menos el ponche rojo de Natalia le dio un toque artístico a esas rosas tan aburridas —respondo con absoluta frescura, alzando una mano con fingida inocencia para acomodarle la solapa del saco—. Y seamos honestos, si me sacas de aquí esposada, los periodistas van a pensar que es parte de un juego de rol. ¿De verdad quieres que ese sea el titular de mañana? «heredero Maxwell y su fijación por las esposas en los pasillos de servicio».
Se le descuadra la cara por un microsegundo, atrapado entre las ganas brutales de estrangularme y la absurda tentación de soltar una carcajada. La vena de su frente sigue latiendo, pero su postura traiciona la ferocidad de sus palabras: se inclina un milímetro más, envolviéndome por completo en su perfume costoso y en una tensión tan espesa que se podría cortar con un cuchillo.
—Eres insoportable —musita entre dientes, su respiración cálida rozándome la oreja y enviando una descarga eléctrica directo a mi columna—. Una pesadilla absoluta.
—Y aun así, señor Maxwell —le farfullo al oído, dejando que la yema de mis dedos roce su cuello antes de deslizarme con agilidad por debajo de su brazo, rompiendo el acorralamiento—, no puedes quitarme los ojos de encima. Ahora, si me disculpas, voy a buscar una copa de champán. El melodrama ajeno da muchísima sed.
Doy dos pasos hacia atrás con elegancia sobre mis tacones, dejando a James varado en mitad del pasillo con el brazo aún apoyado en la madera, congelado por la audacia de mi huida. Su respiración agitada retumba en las paredes mientras intenta asimilar que acaba de ser esquivado por la misma mujer a la que pretendía arrinconar. Me giro un segundo sobre mis talones para mirarlo por encima del hombro, regalándole una última sonrisa afilada.
—Ah, y una pequeña acotación logística —añado, pausando el dramatismo con una frescura desarmante—. Técnicamente, tú no puedes despedirme. Tu padre es el dueño de la empresa y el único que firma mi contrato. Así que, si tienes algún reclamo, ve a hacer la fila detrás de Thomas... aunque a juzgar por cómo dejó caer la mandíbula allá afuera, dudo que tenga la cabeza clara para tramitar mi liquidación esta noche.