James
El eco de mis propios pasos apresurados retumba en el mármol del recibidor de mi casa. Me quito la corbata de un tirón violento y la arrojo sobre el sofá del vestíbulo. Siento las orejas calientes, el pulso a mil por hora, la cara ardiendo de pura rabia... y de otra cosa que me niego rotundamente a nombrar.
Todavía puedo sentir el maldito perfume de Camila flotando en mi ropa.
Esa mujer es un peligro público.
Un virus.
¡Un desastre natural con tacones y muchas curvas!
—¡¿Se puede saber en qué demonios estabas pensando, James?! —la voz de mi padre truena desde la penumbra de la sala principal, cortando el aire como un látigo.
Thomas Maxwell aparece bajo la luz de la lámpara central. No lleva la chaqueta del traje, la camisa tiene los primeros tres botones desabrochados y sostiene un vaso de whisky con la mano temblorosa. Su rostro parece haber envejecido diez años en cuestión de dos horas.
—Papá, te juro por lo que más quieras en este mundo que...
—¡Un trío de exnovias, James! —me interrumpe a gritos, alzando tres dedos frente a mi cara mientras el whisky se desborda peligrosamente por el borde del vaso—. ¡Hiciste un video para tus tres exnovias en la pantalla gigante de la gala! ¡¿Te volviste completamente demente?! ¡¿Te pareció una brillante idea de relaciones públicas invitarlas a todas y pedirles volver en el mismo evento?!
Cierro los ojos un segundo, tomando aire despacio para no soltar una carcajada de pura histeria.
—¡Yo no les pedí volver a ninguna parte! —exclamo, abriendo los brazos en señal de absoluta inocencia—. ¡Yo no hice ese video! ¡Esa presentación no estaba en la agenda! ¡Fue Camila Mendoza! ¡Esa loca manipuló la pantalla y me tendió una trampa mortal!
Mi padre me mira con el ceño fruncido, balanceando la cabeza como si estuviera tratando con un paciente de manicomio.
—¿Camila? —pregunta con ironía mordaz—. ¿La organizadora del evento? ¿La misma chica profesional que seleccionó las mantelerías y el catering con absoluta elegancia? ¿Me estás diciendo que una sola persona orquestó la mayor humillación pública de los Maxwell desde que tu tío vendió las acciones por comprar un criadero de alpacas?
—¡Sí! ¡Exactamente esa misma «chica profesional»! —grito, pasándome las manos por el cabello desordenado—. ¡Te lo juro por la empresa! ¡Es una serpiente con piel de cordero! Me acorraló en el pasillo, se burló en mi cara y básicamente admitió que lo hizo para vengarse por lo que le dije en la oficina. ¡Papá, esa mujer no tiene escrúpulos! ¡Tiene unos ojos gigantes de «yo no fui» pero por dentro es un demonio maquiavélico!
Mi padre le da un trago largo a su whisky, me observa en silencio durante tres largos segundos, luego suspira con pesadez.
—Si quieres inventar una excusa para justificar que tus asuntos amorosos hayan estallado en cadena nacional, por lo menos busca algo más creíble. Camila pasó toda la noche asegurándose de que los mozos sirvieran el champán a tiempo.
—¡Porque estaba distrayendo al enemigo! —casi berrincho, perdiendo la poca dignidad de heredero que me queda—. ¡Mañana mismo la despides! No quiero volver a verla, firmas su liquidación a primera hora, o la despido yo mismo aunque tenga que falsificar tu firma.
El ojiazul baja el vaso y me mira fijamente. Una pequeña sonrisa descarada y completamente inoportuna empieza a asomar en la esquina de sus labios.
—No voy a despedir a Camila.
—¡¿Qué?! —doy un paso al frente, incrédulo—. ¡Papá! ¡Destruyó la gala anual!
—Técnicamente —corrige, alzando un índice rector—, la gala fue un éxito rotundo. El video de tus tres ex se volvió tendencia número uno en redes sociales hace veinte minutos. Maxwell Media está en boca de todo el país. Los inversores jóvenes creen que fue una estrategia de marketing disruptivo. Y lo más importante: Camila organizó el presupuesto de la velada de forma impecable.
Se me cae la mandíbula al suelo.
—¡Me humilló!
—No voy a despedir a la única persona en esta empresa con la capacidad mental para ponerte de rodillas en menos de cinco minutos.
—¡Es un complot! —protesto, girándome para seguirlo con la mirada mientras sube las escaleras—. ¡Me está manipulando a mí y ahora te está manipulando a ti! ¡Esa mujer es insoportable, parlanchina y... y...!
—Y no puedes quitarle los ojos de encima —completa desde el descansillo superior, mirándome por encima del hombro con una ceja alzada y una diversión intolerable—. Buenas noches, hijo. Intenta no salir en las noticias de medianoche.
Se mete a su habitación y cierra la puerta, dejándome completamente solo en mitad del enorme y silencioso recibidor.
Aprieto los puños. Me tiro del cuello de la camisa para dejar entrar un poco de aire fresco. Intento enfurecerme, odiarla lo más que puedo. Sin embargo, lo único que se me viene a la cabeza es la sensación de su cuerpo deslizándose por debajo de mi brazo, el roce de sus dedos en mi cuello y esa sonrisa venenosa desafiándome a centímetros de mis labios.
Suelto un gruñido de frustración y me dejo caer en el sofá.