Cómo no morir a manos del Alfa por octava vez

CAPÍTULO 5

—Levántate, Voronova. Ya has limpiado bastante mi piso de mármol con la ropa.

No me moví. Seguir sentada en el suelo resultaba humillante, pero levantarme y volver a quedar cerca del hombre al que acababa de ver entre las llamas me parecía todavía peor. Reinhard podía hablar todo lo que quisiera de estrés y alucinaciones, pero el miedo que había mostrado cuando recuperé el conocimiento había sido real. Nadie mira así a una empleada que se ha desmayado por agotamiento; así se mira a una pesadilla que ya ocurrió una vez y que, contra toda lógica, acaba de regresar.

—Aléjese —exigí mientras acercaba el bolso hacia mí—. Vaya hasta la ventana y, si no es mucha molestia, déme la espalda.

Levantó apenas una ceja.

—¿Piensas atacarme con una libreta?

—También llevo tres labiales en el bolso. Nunca subestime a una mujer con una buena variedad de tonos y muy mal humor.

Reinhard me observó durante unos segundos y, finalmente, se alejó hasta la ventana. Me dio la espalda y apoyó ambas manos en el alféizar, dejando bastante claro que no me consideraba una amenaza seria. Aquello ofendía un poco mi orgullo, pero en ese momento estaba dispuesta a sacrificarlo a cambio de unos cuantos metros de distancia segura.

Me puse de pie sujetándome del sillón. Las rodillas todavía me temblaban y mi cuello seguía recordando unos dedos que nunca lo habían tocado realmente, aunque sobre la piel no hubiera quedado ninguna marca.

—Usted sabía lo que iba a ver —dije.

—No.

—Pero entendió inmediatamente lo que había ocurrido.

Guardó silencio durante unos instantes sin apartar la vista de la oscuridad al otro lado del cristal.

—Entendí que se había abierto un recuerdo.

—¿El recuerdo de quién?

—Tuyo.

—Hace un momento lo llamó alucinación.

—Para los demás, eso es exactamente lo que será.

Reinhard se volvió por fin hacia mí. Su rostro había recuperado la serenidad habitual, pero ahora yo ya sabía cuánto esfuerzo podía esconderse detrás de aquella calma.

—En unos minutos entrarán unos médicos —continuó—. No vas a contarles nada sobre el incendio, las manos ni la voz. Les dirás que perdiste el conocimiento y que no recuerdas nada más.

—¿Por qué?

—Porque no sé en quién puedo confiar.

—Me trajo a su casa contra mi voluntad, me mantiene aquí, llamó a sus propios médicos y ahora resulta que tampoco confía en ellos. Es muy tranquilizador.

—No trabajan únicamente para mí.

—¿Para quién más?

—Para el Consejo.

Pronunció aquella palabra como si yo debiera saber perfectamente de qué estaba hablando.

—¿El consejo de administración?

—No.

—Entonces, ¿qué Consejo?

—Por ahora te basta con saber que esas personas no toleran bien las cosas que no pueden explicar, y desde esta noche tú eres una de ellas.

Apreté la correa del bolso.

—¿Usted estaba allí?

Reinhard no me preguntó a qué me refería.

—Sí.

La respuesta sonó tranquila, pero vi cómo se tensaban sus dedos sobre el alféizar.

—¿En aquel edificio en llamas?

—Sí.

—Entonces sí era un recuerdo.

—Eso parece.

—¿Y las manos?

Me miró con una atención pesada y contenida.

—No viste su rostro.

—Pero sentía que conocía a ese hombre.

—Las emociones dentro de un recuerdo pueden engañarte.

—Era mi recuerdo. Usted mismo acaba de decirlo.

La mandíbula de Reinhard se tensó. Podía verlo buscando una respuesta que no fuera una mentira descarada, pero que tampoco me entregara la verdad.

—Yo estaba contigo —dijo al fin—. No puedo decirte más por ahora.

—¿No puede o no quiere?

—No puedo.

—¿Usted me mató?

La pregunta escapó antes de que alcanzara a prepararme para pronunciarla. Después de eso, el despacho quedó envuelto en un silencio inquietante.

Reinhard me miró y aquella extraña expresión de dolor volvió a aparecer en sus ojos, completamente incompatible con la imagen del frío dirigente de un enorme grupo empresarial.

—Lo que viste fue solo un fragmento —respondió—. No saques conclusiones a partir de los últimos segundos de una historia cuyo comienzo no recuerdas.

—Un consejo muy conveniente viniendo del hombre que estaba a mi lado en el momento de mi muerte.

—Kira…

—No me llame así como si intentara tranquilizarme. Mejor explíqueme por qué su programa guarda información sobre una mujer que tenía mi rostro y por qué usted estaba con ella cuando murió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.