Después de que Reinhard le rompiera el brazo a Vlad, la velada dejó definitivamente de parecer una recepción elegante. Nadie nos pidió que nos quedáramos y los invitados se apartaban del camino del Alfa Supremo con una cortesía tan apresurada que daba la impresión de que temían que la siguiente frase imprudente pudiera costarle al Consejo otra extremidad.
El regreso transcurrió en silencio. Reinhard iba sentado a mi lado, recostado contra el respaldo y con los ojos cerrados, aunque no parecía relajado en absoluto: mantenía la mandíbula tensa, los dedos descansaban inmóviles sobre una rodilla y de su cuerpo emanaba un calor perceptible, como si la bestia a la que había dejado salir en aquel salón siguiera dando vueltas dentro de él sin encontrar la manera de calmarse.
Conseguí aguantar unos cuantos minutos antes de que la incertidumbre terminara imponiéndose sobre el sentido común.
—Reinhard, agradezco sinceramente la defensa de mi honor y de esta seda tan cara, pero me gustaría entender cuáles van a ser las consecuencias. ¿El Consejo se limitará a enviarnos la factura del tratamiento de Vlad o directamente mandará a gente que no acostumbra hacer demasiadas preguntas?
No abrió los ojos.
—Cállate, Voronova.
Su voz sonó grave, acompañada por un gruñido apenas perceptible, pero mi costumbre de llenar el miedo con palabras resultó más fuerte que cualquier advertencia.
—Excelente estrategia para manejar una crisis. La añadiré a mi manual personal: después de mutilar públicamente a un miembro del Consejo, conviene evitar cualquier conversación sobre una posible venganza.
Un destello plateado apareció entre sus pestañas y, después de aquello, conseguí llegar hasta la casa sin volver a abrir la boca.
Cuando la camioneta se detuvo frente a la entrada, Reinhard bajó primero, abrió mi puerta y me sujetó con firmeza por la muñeca. Apenas podía seguirle el paso mientras subíamos las escaleras, sosteniendo con una mano la falda del vestido para no tropezar, mientras Denis caminaba detrás de nosotros.
Al llegar al descanso superior, Reinhard ordenó brevemente que nos dejaran solos. Denis miró mi muñeca entre sus dedos, después observó el rostro de su jefe y desapareció por el pasillo. Unos segundos más tarde entramos en el despacho, la puerta se cerró con un golpe pesado y solo entonces Reinhard me soltó.
En mi piel habían quedado marcas rojizas. Me froté la muñeca y exigí:
—Pídame un taxi.
—No.
—Ya tuve suficiente de su club privado, sus secretos y esos hombres que consideran que amenazar a una mujer es una forma perfectamente aceptable de presentarse. Quiero volver a mi departamento, donde los únicos depredadores son los vecinos que empiezan a hacer fila frente al elevador antes de que siquiera llegue al piso.
Reinhard se volvió hacia mí con brusquedad. La corbata se le había desplazado hacia un lado, llevaba el saco abierto y aquel brillo plateado volvió a encenderse en sus ojos, obligándome a retroceder involuntariamente hacia la puerta.
—No vas a volver a casa, Kira.
—Eso no le corresponde decidirlo a usted.
—Ahora sí, porque el Consejo empezó a buscar información sobre ti antes de que saliéramos del salón. Revisarán tu departamento, tu trabajo y a tus familiares; si cruzas las rejas de esta propiedad sin mi protección, te llevarán antes de que alcances siquiera a llamar a la policía.
—Entonces explíquemelo como una persona normal en lugar de arrastrarme por toda la casa como si fuera una maleta extraviada.
—¿Como una persona normal? —Dio un paso hacia mí y su voz descendió hasta volverse más grave—. Vlad se acercó a ti, te asustaste y yo dejé de escuchar a todos los demás. Sabía perfectamente cuáles serían las consecuencias de atacar a un miembro del Consejo y, aun así, en ese momento no me importaron.
Reinhard se detuvo muy cerca, respirando con dificultad, y por primera vez comprendí que la furia que veía en él no estaba dirigida contra mí, sino contra sí mismo.
—¿Todo eso por una humana cualquiera? —pregunté—. ¿Por una empleada a la que apenas conoce?
—Precisamente eso debería haberme detenido.
—Pero no lo hizo.
Guardó silencio, y aquel silencio resultó mucho más elocuente que cualquier respuesta.
—Está furioso porque le gusto —dije, intentando que no se notara el temblor de mi voz—. No sabía que una coincidencia en un programa otorgaba derecho a organizar escenas de celos delante de todo el Consejo.
—Cada vez me cuesta más perderte de vista. Sé dónde estás y, aun así, sigo atento a cada sonido que haces; cuando tienes miedo, mi bestia lo siente y yo también. Había cientos de personas en aquel salón, pero yo solo escuchaba tu pulso y notaba a cada uno de los que te miraban durante más tiempo del que debían.
Apoyó una mano contra la puerta junto a mi cabeza, cortándome el camino hacia atrás, aunque sin llegar a tocarme.
—Eres humana, Kira, frágil, mortal y completamente ajena a este mundo. El programa puede haberse equivocado, pero a mi bestia no le importa; para ella ya te has convertido en algo que no permitirá que nadie le arrebate. Lo más sensato sería esconderte en un lugar donde nadie pueda verte ni percibir tu olor.