A la noche siguiente volví a estar frente al espejo, convenciéndome de que había regresado a la biblioteca exclusivamente para investigar. Necesitaba información sobre mis vidas anteriores, el origen de aquella extraña enfermedad y las razones por las que Reinhard siempre terminaba a mi lado durante mis últimos momentos. Todo sonaba perfectamente razonable mientras no admitiera otra causa mucho menos conveniente: quería volver a verlo como había sido antes de adquirir aquella frialdad, aquella necesidad de controlarlo todo y la costumbre de dar órdenes sin dejar a los demás el derecho de discutirlas.
Quería comprender al hombre que había llorado junto a Harper, aunque hasta hacía muy poco estaba convencida de que debía mantenerme tan lejos de él como fuera posible. La idea me irritó tanto que apoyé la palma con brusquedad sobre el cristal frío, sin darme tiempo para cambiar de opinión.
La biblioteca desapareció y, en su lugar, llegó una llovizna fina que susurraba sobre el pavimento y los techos de los carruajes. El aire olía a piedra mojada, humo de carbón y hojas caídas. Frente a mí se alzaba una enorme mansión londinense de finales del siglo XIX y, junto con el nuevo cuerpo, apareció en mi mente el nombre de la mujer a través de cuyos ojos contemplaba el mundo.
Lady Catherine Whitmore tenía veintidós años. Era lo bastante rica para no haber tenido que preocuparse jamás por el dinero, había recibido una educación impecable y estaba tan sola que incluso su propia vida le parecía, a veces, un largo corredor lleno de puertas cerradas. En la mansión todo obedecía a un orden estricto: desayuno a las ocho, paseo a las once, salón musical los jueves y veladas benéficas los sábados. Cada nuevo día se diferenciaba del anterior únicamente por el vestido y el clima.
Todo cambió con la llegada de un nuevo guardaespaldas.
Entró en la biblioteca una lluviosa mañana de noviembre, alto, silencioso y demasiado peligroso para alguien cuyo trabajo consistía simplemente en acompañar a una joven aristócrata. Catherine levantó la vista del libro y lo reconoció antes siquiera de preguntarse por qué aquel desconocido le resultaba tan cercano.
Era Reinhard otra vez.
En aquella vida casi no hablaba, no discutía, no sonreía y la mayor parte del tiempo parecía una hermosa estatua de piedra colocada junto a la puerta para intimidar a los visitantes. Sin embargo, bastaba con que Catherine estuviera en peligro para que apareciera a su lado antes de que ella tuviera tiempo de pedir ayuda. Una vez, durante un paseo, un caballo asustado corrió directamente hacia ella y Reinhard la protegió con su cuerpo. En otra ocasión, durante una velada benéfica, una pesada cortina comenzó a arder, pero él sacó a Catherine del salón antes de que los demás invitados siquiera percibieran el humo.
El verdadero desastre llegó en invierno, cuando regresaban de una propiedad en el campo. Un enorme lobo negro salió del bosque y se lanzó contra el carruaje; los caballos se desbocaron, el cochero perdió el control y Reinhard saltó para enfrentarse a la bestia sin pensarlo siquiera un segundo. La pelea terminó rápidamente: el lobo cayó y Reinhard regresó al carruaje con la manga destrozada, pero prácticamente ileso.
Solo aquella noche Catherine descubrió un fino arañazo en el antebrazo. No recordaba cuándo se había hecho la herida y no le dio importancia, pero Reinhard, al verla, se puso más pálido que el cielo de invierno.
Unas semanas después comenzó el insomnio. Luego llegaron los estallidos de ira y las voces que parecían surgir de los rincones vacíos de la habitación. A veces su propio reflejo irritaba tanto a Catherine que sentía deseos de romper el espejo, y las conversaciones más normales entre los sirvientes despertaban en ella una necesidad inexplicable de obligarlos a guardar silencio a cualquier precio.
Solo se lo contó a Reinhard. No porque confiara plenamente en él, sino porque cuando estaba a su lado aquellos susurros ajenos se volvían más débiles y regresaba la sensación de que el mundo todavía no había perdido por completo la razón.
Una tarde estaban sentados junto al lago. El sol descendía hacia el horizonte, el agua reflejaba una luz dorada y entre ambos se mantenía aquel silencio habitual que, a su lado, nunca resultaba incómodo.
—Tengo miedo —confesó Catherine.
Reinhard volvió la cabeza y en sus ojos apareció un destello de dolor que no alcanzó a ocultar.
—¿Por qué?
—A veces dejo de reconocerme. Es como si hubiera alguien más dentro de mí, y cada día me cuesta más hacerlo callar.
No le explicó nada ni intentó prometer algo imposible. Se limitó a decir:
—Estoy aquí.
Solo dos palabras pronunciadas con voz tranquila, pero fue precisamente después de escucharlas cuando Catherine sintió por primera vez deseos de llorar y permitirse creer que no tendría que enfrentarse sola a aquella pesadilla.
Los recuerdos posteriores comenzaron a sucederse con mayor rapidez. La enfermedad avanzaba, sus fuerzas la abandonaban y los vacíos en la memoria eran cada vez más largos. Una noche Catherine recuperó la conciencia junto a las escaleras y descubrió sangre en sus propias manos, aunque no sabía a quién pertenecía ni qué había ocurrido durante las horas anteriores.
Fue entonces cuando apareció verdadero miedo en los ojos de Reinhard. No temía por sí mismo ni por las personas de la casa.