Capítulo 2. ¡Todos deben pagar impuestos!
—Me pregunto cómo voy a obligarlo. Los dragones nunca han pagado impuestos en su vida. Seguro me dirá: "Piérdete, guapa, vete con tu dios celta" —la tesorera aún no podía salir del asombro.
—¡Todos deben pagar impuestos! Y más aún los multimillonarios. ¿Se cree ese reptil escamoso que puede esconderse y que la oficina de impuestos no lo va a encontrar? Y eso que aún no he calculado el impuesto al lujo. Ese tal Overlord tiene un castillo enorme, cuadros de colección, candelabros antiguos, vitrales y antigüedades... ¡No sé qué vas a hacer, pero obliga a ese dragón multimillonario a pagar! Te doy tres días —dijo el rey, metido en su papel, antes de dar media vuelta e irse sin despedirse.
—¡Maldito sea! ¡Ojalá le salga cola... y cuernos! —susurró Maniella—. Aunque los cuernos ya se los pondrá la reina, que le den —pisó fuerte y salió de los aposentos reales.
—"El buen rey solo dio tres días para recaudar los impuestos del dragón" —decía la tesorera, parodiando la voz de Dmitrius. Sabía que no podía ir a ver a Overlord sin prepararse—. No hay de otra, tengo que obligarlo a pagar, ¿pero cómo?
La tesorera se dirigió a la biblioteca real, donde se encontraban antiguos folios, actas legislativas, viejas crónicas y enciclopedias. Maniella recorrió las largas filas de estanterías y eligió varios libros.
—Bien, definitivamente necesitaré la guía histórica de Lina, del linaje de los Dixon. Aquí está toda la información sobre los gobernantes de nuestro reino. Si pudiera reunirlos a todos para una junta, ay... —murmuraba Maniella mientras sacaba libros de los estantes—. Oh, esto me será útil: la colección de postulados de la legisladora Eva. Veamos qué tenemos aquí —la tesorera abrió el índice—. Ley de preservación de los sueños, Ley de preservación de la felicidad, Ley de preservación del amor, Ley de preservación de la vida —leía Maniella en voz alta—. Ley de preservación de los sueños... Hum. Si obligo a ese dragón a pagar, los sueños del rey se cumplirán. Si Overlord entrega el dinero al tesoro, habrá para los caprichos de la reina y el rey será feliz. Ahí tienen la Ley de preservación de la felicidad. Si el escamoso cede parte de sus bienes, el amor entre la reina y el rey será más fuerte, porque es más difícil amar a un rey con el trasero al aire que a uno con manto de armiño. Cumpliremos otra ley. Pero, ¿podré preservar mi propia vida si le presento mis exigencias al dragón? Qué bien lo pensó Eva. Ojalá pudiera viajar a otro mundo a través de un portal como hizo Taris, para evitar encontrarme con el dragón multimillonario. Ay, ¿dónde estará esa Hada de la Luna para que cumpla mi deseo? —reflexionaba Maniella en voz alta.
En uno de los libros, la tesorera encontró información interesante sobre Lara la Bella, de alma pura como el rocío, una maga que dio vida a más de una criatura asombrosa y que hasta hizo aparecer a un gato-búho con su magia. En el antiguo tomo había instrucciones claras sobre cómo invocar desastres naturales, enviar al Inframundo o provocar dolor de cabeza incluso a un mago de fuego.
—Vaya habilidades... Si yo las tuviera, no solo le cobraría los impuestos al dragón multimillonario, sino que le acomodaría las ideas al rey para que no diera tareas que deben cumplirse en tres días —pensaba la mujer.
Maniella también encontró entre los libros una investigación de Kateryna Fedorovska, que decía que a un dragón solo lo puede vencer la trol Andrusykivna.
— No necesito vencerlo, no voy a pelear con él. Aquí hace falta algo más astuto —murmuraba la tesorera para sus adentros mientras pasaba las páginas de libros antiguos—. ¿Y si le doy de beber algún brebaje para que firme los papeles, o le pido a un hada de las violetas que lo sugestioné? —La mirada de Maniella se posó en un libro grande con ilustraciones brillantes—. Oooooh... La Enciclopedia de Allen Stealth. Qué oportuno. El rey permitió entrar al bosque, y allí de esto hay para dar y regalar. Y qué tal si... Busco y le preparo al dragón multimillonario unos eringis, shimejis, psilocybes, o de plano le doy de beber kombucha para que estire la pata, o lo que sea que tengan los dragones. Él no tiene herederos, así que todo iría a parar al tesoro del Estado —se regocijaba Maniella en sus pensamientos—. Es una idea sanguinaria, pero efectiva; en todo caso, es el plan B, pero primero tengo que ver qué clase de bicho es ese multimillonario.
La tesorera volvió a poner todos los libros en su sitio, excepto la enciclopedia de hongos, para no terminar cocinando algo que, en vez de rebozuelos o champiñones, la hiciera volar a las estrellas o la mandara al otro mundo.
—Mañana será otro día. Debo dormir bien, porque quién sabe, tal vez sea la última vez —dijo Maniella y se dirigió a su casa.
Desde muy temprano, la tesorera se arregló, se puso su mejor vestido con un escote pronunciado, se colgó los pendientes y se puso una cadena de oro al cuello.
—Que vea el escamoso que no es el único que tiene su dinerito. Nosotros también tenemos lo nuestro.
Con un ánimo elevado y combativo, Maniella partió hacia donde el dragón. Por el camino, la tesorera notó que el sendero hacia el castillo del multimillonario estaba perfectamente empedrado, piedra por piedra. Ni el palacio del rey tenía un camino así como el de la propiedad del dragón. El carruaje avanzaba como si flotara sobre el agua. Por la ventana de su transporte, la tesorera veía campos interminables sembrados de cereales. Cerca del castillo había una gran granja donde los trabajadores cuidaban del ganado. Y justo frente al castillo se extendía un hermoso jardín con laberintos de arbustos, estatuas y fuentes.