Cómo obligar a un dragón multimillonario a pagar impuestos

Capítulo 22. La ceremonia de boda

Capítulo 22. La ceremonia de boda

Overlord se tranquilizó un poco tras las palabras de su nodriza y le prometió que mañana hablaría con Maniella sin falta, le costara lo que le costara.

Durante toda la noche, el multimillonario no pudo pegar ojo. Miraba el retrato pintado por Angelina y se hacía una única pregunta: ¿Por qué?

Por la mañana, el sueño finalmente lo venció y le pareció que solo dormitó unos minutos. ¡Cuál sería su sorpresa al despertar por unos golpes en la puerta! Overlord estaba listo para destrozar a quien se hubiera atrevido a despertarlo, pero sus emociones cambiaron al instante cuando vio que el sol brillaba con fuerza: ¡se había quedado dormido!

El multimillonario corría frenéticamente por la habitación recogiéndolo todo, pero luego mandó todo al diablo, se transformó y alzó el vuelo, ya que la ceremonia estaba programada para las doce, y eso sería muy pronto. Tenía la firme intención de hablar con Maniella y confesarle sus sentimientos.

Overlord batía sus alas con fuerza y en poco tiempo ya sobrevolaba la mansión del tesorero hereditario. Los sirvientes corrían por todas partes, todo estaba decorado con flores frescas y se respiraba un ambiente festivo.

— ¿Dónde está la novia? —rugió Overlord a un sirviente que interceptó cerca de la mansión.

— Pues todos los invitados se han ido a la catedral para la ceremonia. Si quiere entregarle un regalo a la novia, déjelo aquí y yo lo llevaré a su habitación —respondió el hombre.

— Pues ahora mismo voy a organizar un "regalo" inolvidable... —rugió Overlord, comprendiendo que la felicidad se le escapaba de las garras.

El dragón voló hacia la catedral. Desde las alturas, divisó perfectamente la procesión festiva. Humanos y dragones elegantemente vestidos se dirigían al templo en sus carruajes. Al acercarse, Overlord reconoció a Arrivederci.

— ¡Maldito lagarto! ¡Y mira cómo se ha arreglado el muy desgraciado! —gruñía Overlord al ver al imponente Román.

A decir verdad, Arrivederci era un galán. El traje nuevo le sentaba como un guante y una sonrisa no desaparecía de sus labios.

— ¡Encima sonríe! ¡Ya verá quién ríe al final! ¡No dejaré que me robe a mi amada bajo mis propias narices! ¡Ella me ama! ¡Es MÍA! —tronaba Overlord, batiendo sus alas con todas sus fuerzas para llegar más rápido.

Entre los invitados había muchos conocidos de Overlord, y el padrino de Arrivederci no era otro que su hermano, Pavlo. Tenía un montón de implantes, estaba extremadamente musculado y tenía un aspecto tal que algunos no podían apartar la vista mientras otros, horrorizados, le daban un amplio rodeo. Pero Pavlo no dejaba a nadie indiferente. En el cuerpo semimecanizado del dragón latía un corazón cálido y bondadoso. Las apariencias engañan.

Pero entre todos los invitados, Overlord notó una figura blanca y frágil que se acercaba a Arrivederci. La novia estaba preciosa. Un vestido blanco bordado a mano, adornado con perlas blancas, y un velo inmaculado cubría su cabeza de tal forma que no se le veía el rostro. En sus manos, la joven llevaba el ramo de novia.

Overlord notó que su hermosa Maniella había adelgazado un poco.

— Ese sinvergüenza de Arrivederci le ha sorbido los sesos a mi Maniella. ¡No la entregaré! ¡ES MÍA! —rugió Overlord y, sin llegar a aterrizar, atrapó a la novia entre sus garras y se elevó con ella hacia el cielo.




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