Lisette
Alguna vez me pregunté: ¿Qué se sentirá amar y ser correspondido? Durante mis cortos dieciocho años, he aprendido que el amor es un sentimiento hermoso; he salido con chicos mayores que yo y sé perfectamente que, cuando te gusta alguien, todo se siente diferente: los nervios aparecen sin aviso y, de pronto, decir un simple «hola» se vuelve completamente difícil, casi imposible cuando lo ves pasar frente a ti.
Aunque reconozco que me han gustado los chicos con los que he salido, con ninguno he sentido las famosas mariposas ni el famoso «clic» del que todos hablan. Es raro que lo piense ahora mismo, cuando apenas tengo dieciocho años y siento como si el mundo se estuviera acabando y no tuviera tiempo de vivir.
Repaso la vista en el espejo de mi habitación, analizando mi cuerpo. No soy muy alta, tengo el cabello lacio, un poco más abajo de los hombros, y unos ojos marrones que resaltan en mi piel ligeramente pálida. Mis curvas son discretas, pero nunca he sentido la necesidad de compararme con nadie; cuando me miro, me encuentro bonita… única, porque podría haber muchas chicas con mi mismo nombre, pero ninguna tiene mi forma de ser: extrovertida, relajada y tranquila.
La música llena el espacio: «I Like Me Better» de Lauv suena desde el dispositivo sobre mi buró. Termino de maquillarme y aliso las arrugas imaginarias de mi uniforme escolar.
Por fin entraré a la universidad.
Por desgracia, no será para estudiar literatura o bellas artes, como siempre he querido, sino Derecho, en Cambridge; mis padres creen que seguiré sus pasos; estudiar Derecho significa asegurar un lugar en el bufete familiar, un futuro estable y perfecto. Además, el hijo de sus mejores amigos, los Pembroke, también estudia ahí.
La presión cae sobre mí como un peso constante. Mi hermano Carlo está terminando Medicina en Cambridge y ha sido brillante toda su carrera, destacando como siempre e inflando el pecho de mi padre cada vez que lo menciona con sus colegas y amigos.
Los amigos de mis padres siempre han sido socios en el bufete. Entre ellos se encuentran Chiara y Connor Pembroke, una pareja de arquitectos que tienen tres hijos, todos hombres, reconocidos en todos lados por sus grandes obras y su reputación intachable. El mayor, Bastian, estudia Medicina junto con mi hermano, manteniendo una competencia constante por ver quién es el mejor, después de él, viene el hijo de en medio: James Pembroke.
James Pembroke es la persona que más detesto en el mundo, siempre va por la vida sonriendo y creyéndose lo que no es; presume de lo que ha aprendido durante estos dos años en la universidad y utiliza sus dotes masculinos para acercarse a las chicas; las usa por un par de días y, cuando se aburre de ellas, las bota.
Hablar de él me amarga la existencia, por lo que disipo cualquier pensamiento relacionado con ese ser y me concentro en bajar las escaleras para llegar al comedor, donde dos pares de ojos me analizan.
—Buenos días —saludo a mis padres con un beso en la mejilla y me siento al lado de mi padre—. ¿Regresan tarde hoy?
La chica que ayuda en la casa me sirve un poco de café y me entrega wafles recién hechos.
—No muy tarde, Connor y Chiara nos han invitado a cenar esta noche en su casa —comenta mi madre, feliz. Sus ojos marrones se parecen a los míos; en su cabello ondulado y negro ya aparecen unas pocas canas, y algunas arrugas comienzan a dejarse ver en su mirada.
—¡Genial, ma! —le sonrío alzando los pulgares y continúo desayunando.
—Sophie —mi padre mira a mi madre con amor; sus ojos azules se iluminan cada vez que ella le da toda su atención, como en este momento—, ¿hace cuánto no se ven con Chiara?
Mi madre se queda en silencio un momento, recordando la última vez.
—Hace dos años, más o menos —sus ojos se iluminan al evocar aquellos tiempos en los que compartían aventuras—. Antes de que James entrara a la universidad y cuando Noah se casó en Londres.
—¿Cuántos matrimonios ha tenido el tío Noah? —pregunto mientras me como una fresa repleta de Nutella.
—Hasta el momento tres, pero siempre ha sido un hombre con mucho amor —mi madre sonríe y las líneas de expresión se asoman en sus ojos al recordar el pasado.
—¡Oh, cierto! Cariño —alzo la cara para ver a mi padre, quien me sonríe amorosamente—, cuando regresemos queremos que estés lista.
Frunzo el ceño, confundida, pero mi madre confirma lo que no quiero oír:
—Lisette, irás con nosotros a casa de Chiara. Servirá para que platiques con James y le preguntes cómo se siente estudiando Derecho.
Me sonríe y mi padre toma mi mano dándole una sutil caricia, ambos continúan hablando, pero a mí ya se me amargó la mañana, el día, la semana, el mes y todo el año.
Cuando logro terminar, me pongo de pie y me despido, el chofer ya me está esperando y me ayuda a subir al auto, aunque me llevo muy bien con Arthur, mi chofer personal, él se percata de que no estoy de humor para nada. Todo el viaje es silencioso; veo por la ventana los edificios, casas y rascacielos, aunque una que otra calle aún conserva su aire colonial.
No dejo de pensar en lo mismo. ¿Qué carajos están pensando mis padres al querer llevarme a esa reunión? Desde niños, James y yo nunca nos hemos llevado bien, y desde entonces mantengo mi distancia de ese imbécil, ahora mis padres quieren que sea cercana a él.