—Que te subas al auto, maldita sea —James se desespera, viéndome en el pasillo de la entrada.
—No.
Me siento en el sofá y me cruzo de brazos, no pienso ir a ningún lado, y mucho menos con ese tipo.
—Mierda, Lisette, ya deja de odiarme por una estupidez de niños —suspira, recargándose en la pared—. Nunca dejarás de odiarme por eso, ¿verdad?
Guardo silencio, no quiero verlo, no quiero oírlo y, mucho menos, quiero hablar con él nunca más. James no es ningún chico bueno; siempre he sabido que es uno de los tipos que más detesto conocer. De esos hay muchos en el colegio, pero ahora que está en la universidad es peor; me molesta mucho que, a sus veinte años, no se sube comportar como una persona madura.
—No piensas ir conmigo, ¿cierto? —rueda los ojos y suelta el aire, molesto.
—No, no pienso ir —le respondo sin voltear a verlo, siento la vibra tensa y eso me causa incomodidad.
—Le avisaré a mi tía Sophie. Te harás responsable de todo —comienza a teclear un mensaje—. Vamos tarde por tu culpa.
—Fue tu culpa, maldita sea —exploto llena de ira, mirándolo fijamente—. Llevo más de dos horas esperándote. ¿Esperabas que te recibiera con globos y confeti? —le digo, con la voz rasposa por el coraje.
Mi enojo esta por los cielos, mis papás jamás me avisaron que él vendría por mí; de haberlo sabido, jamás me hubiera arreglado tanto, no comprendo qué quieren ganar con esto. ¿Que nos llevemos bien? ¿Qué mágicamente fuéramos amigos? ¿Que él sea mi ejemplo en Cambridge y nos convirtiéramos en los mejores amigos del mundo?
¡Por Dios! No estoy tan loca como para aceptar ser amiga de una persona tan manipuladora como él. Ni en un millón de años voy a llevarme bien con ese tipo; no vale la pena.
El móvil vibra en mi mano, el contacto de mi madre aparece en la pantalla; suspiro y fulmino con la mirada a James, quien no quita su estúpida sonrisa burlona.
—¿Sí, mamá? —respondo con ligera molestia, la sonrisa de James se extiende aún más.
—¿Dónde estás? —responde en tono severo—. Los estamos esperando. James me escribió para decirme que ocurrió un percance, ¿qué sucede?
La preocupación en su voz me hace soltar un largo suspiro, y la culpa me invade por completo. Me concentro en no mirar al chico de ojos verdes que tengo enfrente, porque sé que está disfrutando de mi situación.
—No pasa nada, mamá. A James le dolió un poco el estómago y ahora mismo nos íbamos —respondo lo más relajada posible, clavando la mirada en él, de inmediato, James borra la sonrisa de sus labios.
—¿Está bien? —pregunta con preocupación.
—Claro que sí, mamá, solo que está tardando en salir del baño —sostengo la mirada del chico; ahora era yo soy quien disfruta de la escena.
—Bien, cariño, los esperamos aquí.
Me despido de mi madre y cuelgo, cuando lo hago, descubro que James se ha acercado demasiado a mí. En sus ojos veo llamas de ira; su mandíbula tensa me confirma que esta furioso.
—Así que estoy enfermo del estómago —dice con una ceja alzada.
—Sí.
—Súbete al auto.
Me da la espalda y camina en dirección a la salida, sin muchas ganas, me levanto y, con pasos perezosos, me alejo de mi casa para subir al auto del mayor patán que he conocido, me abre la puerta; me incomoda que haga eso porque sabía que no tiene buenas intenciones conmigo, así que entro y de inmediato cierra de un golpe. Durante el trayecto a su casa no hablamos, el tenso silencio es palpable, tanto que siento que podría asfixiarme.
Abro la ventana para que me de un poco de aire, pero la acción parece molestarle, ya que de inmediato la cierra desde su control, no digo nada; me mantengo lo más lejos posible de él, con las manos aferradas al cinturón de seguridad.
Es la peor media hora de mi vida, cuando entramos a la residencia donde vive, nos recibe uno de los empleados del servicio. James me espera unos escalones más arriba, abre la puerta principal de su casa y me obliga a colocar mi mano en su antebrazo, entrando con la sonrisa más falsa que le había visto jamás. Intento soltarme, pero fue inútil; hace fuerza para evitar que me aleje, estar tan cerca de él me marea.
Al entrar a la sala de estar, varias personas conversaban entre sí, pero en cuanto se percataron de nuestra presencia, todos guardaron silencio.
—Buenas noches a todos —habla James amablemente, soltando un suspiro—. Por una vez en la vida, sé educada, Lisette, y saluda a todos —me dice entre dientes.
Es la primera vez que lo escucho sonar tan cortés; si no lo conociera, podría creerme que es un chico educado, bueno y con muchas cualidades, pero sus ojos verdes me recuerdan que no es más que un falso que utiliza todo a su favor.
—Hola a todos —digo, fingiendo una sonrisa mientras la culpa me carcome por ser tan hipócrita como él.
Caminamos juntos, aparentando que somos los mejores amigos del mundo, él se acerca a un grupo de personas mayores; intento irme, pero me lo impide, comienzan a hablar acerca de temas relacionados con el Derecho y, por más que quiero entender algo de lo que dicen, no puedo. Veo a mis padres al otro lado de la sala, sonriendo al verme en ese círculo, mi madre le comenta algo a mi padre, quien se pune serio de inmediato.