Abro la puerta de mi casa, encontrándome con el silencio de siempre; al parecer no hay nadie. Entramos ambos y nos dirigimos al despacho, en donde tomamos nuestros asientos habituales. Suspiro con pesadez, dejando que los pensamientos abrumen mi mente. No puedo dejar de pensar, una y otra vez, en lo que le diré a mi padre.
James habla y habla. Asiento con la cabeza, fingiendo que comprendo, pero, a decir verdad, no entiendo nada. Solo me concentro en el movimiento de sus manos al señalar una y otra vez la presentación que está proyectando.
Al parecer estamos igual de distraídos, pues noto que su mirada se pierde en el pizarrón y que suspira con frustración. Mis ojos conectan con los suyos; la intensidad que encuentro me causa un escalofrío por todo el cuerpo. Aparto la mirada, fijándola en la libreta llena de los garabatos que estoy haciendo desde hace ya rato. Observo el reloj colgado en la pared del despacho, notando cómo las manecillas van más lento que de costumbre.
¿Por qué siempre que estoy en estas asesorías el tiempo pasa tan lento? ¿Por qué tiene que estar él enfrente de mí?
Hace un par de horas fui sincera con él; me sentí con el valor suficiente para serlo. Porque aunque me dé miedo, debo aprender a vivir; debo dejar de aferrarme a mis papás. Ellos algún día dejarán de estar conmigo y no puedo pasarme toda la vida sufriendo por haberme dejado llevar por las decisiones de los demás.
Una de las chicas que ayudan en casa entra, dejándonos té. James toma esa interrupción como un descanso y, sin decirme una palabra, comienza a servirse un poco. Observo sus movimientos. Su mirada verde jade es hipnótica, electrizante y extraña. Nunca había visto a James de esta manera; es como si ambos estuviéramos cansados de todo.
No digo nada. Me sirvo una taza de té también y subo las escaleras para ver por la ventana que está en mi lado del despacho. Observo la lluvia caer, dejándome una sensación diferente, algo como... nostalgia. Me siento en el puf que tengo ahí y bebo lentamente de mi té. El líquido caliente pasa por mi garganta, dándome una agradable sensación de calor. Aunque la calefacción está encendida, no puedo evitar acurrucarme y ver cómo cae la tormenta.
La cara de mi padre aparece de un momento a otro en mi mente, pero sé que es producto de mi imaginación. Cada minuto que pasa es un nudo en la garganta que me hace sentir mal, pero imagino mi futuro y no me gusta ver a una Liss amargada y triste. En su lugar, veo a una Liss estudiando artes plásticas, o literatura, o fotografía; disfrutando una y mil veces del proceso, viviendo la vida, despreocupada.
Aunque admito que pensar mucho en el tema me pone triste. No me gusta la idea de irme lejos, porque significa que veré poco a mis papás y que Carlo se quedará siendo el hijo favorito. Sonrío ante la perspectiva de verme caminando por el campus, tomando fotos, dibujando o leyendo un buen libro.
—¿Estás segura de que tus padres aceptarán que te vayas a estudiar otra cosa? —la voz ronca de James hace que gire a verlo.
Arrastra otro puf y se coloca frente a mí. Lleva su camisa azul con rayas blancas y su pantalón de mezclilla; un increíble olor a pino me perfora las fosas nasales.
—Sí, soy la más pequeña. Claro que aceptarán verme feliz —sonrío fingidamente.
—No lo sé, Lis. Creo que tu padre no se lo tomará muy bien —da un pequeño sorbo a su taza.
—No creo que te importe si le agrada o no —me encojo de hombros y ruedo los ojos—. No es necesario que te quedes a ver.
—No quiero quedarme —responde molesto.
—No lo harás. Es mejor que te vayas de una vez, quiero hablar con mi padre yo sola —me pongo de pie, bajando las escaleras para recoger mis cosas.
—No entiendo qué te hizo cambiar tan rápido de opinión —dice detrás de mí—. Creí que habíamos hecho una tregua cuando iniciaron las asesorías. Pensé que entenderías que podíamos dejar nuestra rivalidad para después y comenzar a trabajar para ver a tu padre feliz.
—James, no es de tu incumbencia. Si mi padre me hubiera escuchado, créeme que ahora mismo tú y yo no tendríamos esta conversación.
Quito mis cosas del escritorio y las meto todas a mi bolso. Estoy a punto de salir cuando su voz hace que me detenga de golpe.
—No creo que puedas salirte de todo esto tan fácil —giro a verlo; sus ojos verdes me desafían—. Tu padre ya te ha inscrito a la universidad y ha asegurado tu lugar. Las asesorías que te estoy dando son grabadas porque él mismo lo solicitó, diciendo que harías cualquier cosa por dejar fuera todo lo que tiene que ver con el derecho —sonríe de lado—. No se equivocó. Al inicio creí que sí, pero ver tu insistencia por irte incluso del despacho me dice que tu papá sabía muy bien los movimientos de su hija pequeña.
Sonríe con triunfo al decir lo último, burlándose de mí.
—¿Qué se supone que diga ahora? —fulmino con la mirada sus horrendos ojos verdes—. Me sorprende que no hayas entendido desde el inicio que no quería tener estas asesorías. Desde el primer instante en que regresaste le dije a mi padre que no iba a estudiar nada relacionado con el despacho, pero no me escuchó. Así que ahora yo decidiré por mi propia cuenta. —Agarro mi bolso con más fuerza, me doy la vuelta y lo dejo hablando solo en el despacho.
Mis padres no han llegado, pero pronto lo harán. Por ello, subo a mi habitación, pongo el seguro a la puerta, me preparo una tina caliente para relajarme y disfruto de la media hora que me queda antes de que el caos inunde la casa.