Cinco y media de la mañana. Bebí mi jugo verde, lavé mis dientes y me alisté para salir a correr. Acomodo las agujetas de mis tenis, me estiro un poco y salgo de mi casa trotando.
Necesito despejar mis ideas, descansar mi mente y relajarme un momento antes de volver a casa. Mi padre espera una respuesta positiva; sé que al decirme que no pasará nada si no estudio Derecho solo es una forma de tranquilizarme, pero en el fondo sé que no estará nada feliz y que habrá represalias.
Entiendo que, por su edad, él desee que alguien se haga cargo del bufete pronto. Quiere jubilarse joven y disfrutar algunos años recorriendo el mundo con mi madre. Es comprensible; cuando toda tu vida te has dedicado a una sola cosa, y has criado a tus hijos para ser libres, también debes ver por el futuro de ellos, por tu vejez y por la comodidad en la que vas a vivir dentro de unos años más.
Soy la más pequeña y, aunque muchos dicen que soy la consentida, no es tan así. Aunque en algunas ocasiones lo sea, en muchas otras no, porque también hay bastantes limitantes y demasiadas expectativas puestas sobre ti. Aunque seas la menor, sientes que debes hacer lo mejor para no preocupar más a tus papás, quienes tienen que dividir su tiempo entre tú, tus hermanos y su trabajo. Es increíble cómo nuestros padres logran tanto por nosotros.
Me detengo un momento. Le he dado diecisiete vueltas a la privada. Respiro hondo y cierro los ojos; en cuanto lo hago, mis sueños llegan a mí. Me veo entrando a la universidad: estoy en mi primer año de fotografía, conociendo personas, sonriendo con mi cámara profesional, tomando fotos a aquello que me hace feliz, puliendo mi arte.
Me veo también ingresando a Oxford, estudiando literatura en esa universidad tan increíble que parece un castillo; conociendo a personas asombrosas que me hacen seguir amando las letras, aventurándome a través de esos poetas y escritores empedernidos que crearon obras magníficas.
Me veo también estudiando pintura, actuación, baile o dibujo; disfrutando el proceso de plasmar mis emociones en un lienzo, de sacar todo lo que siento y crear algo increíble con mi imaginación y mis manos.
En todos esos sueños me veo... feliz, emocionada. Se me acelera el corazón de solo imaginar que en tres meses todo esto podría estar cumpliéndose y dejando de ser un simple anhelo.
Corro cinco vueltas más, entro a la casa y me dejo caer en la sala. Vuelvo a cerrar los ojos, pero ahora veo a mi padre, mirándome graduar de Derecho: orgulloso, emocionado y presumiéndole a todos que su hija es una licenciada, que ahora se unirá a su bufete y que logrará grandes cosas. Su sonrisa me contagia, me hace sentir feliz por ver la emoción en sus ojos, igual que a mi madre, quien está a su lado sonriendo y aplaudiendo el primer triunfo de su pequeña hija. Me veo resolviendo casos, vistiendo trajes elegantes, yendo a tribunales, ganando, perdiendo y puliendo las técnicas que mi padre me enseñará. Sin embargo, cuando me observo en todas esas escenas, no encuentro felicidad; solo me veo cansada, abrumada y levantándome todos los días sin ganas.
¿Por qué es tan difícil elegir? ¿Por qué nos hacen decidir entre nuestros propios sueños, lo que la sociedad espera de nosotros y lo que nuestros padres quieren?
Si hago lo que yo quiero, puede que sea feliz, que disfrute cada momento y consiga algo bueno para vivir. Pero ¿realmente podré vivir bien si estudio algo artístico?
En cambio, si estudio lo que mi papá quiere, tengo la vida resuelta. No me preocuparé por el dinero, por los gastos y mucho menos por competir con alguien más para conseguir un puesto; simplemente heredando el bufete de mi papá tendré un futuro asegurado.
¿Qué hago para complacer a mi papá y, al mismo tiempo, ser feliz? ¿Acaso puedo tener ambas cosas?
Y entonces lo veo. Está claro, demasiado claro.
Subo corriendo a mi habitación, me siento frente al escritorio y busco información en mi laptop. Quiero encontrar una solución para no vivir amargada el resto de mi vida; tal vez una doble titulación, un plan alterno... Pero no encuentro nada. No hay forma de que estudie dos carreras tan distintas a la vez.
Derrotada, me tumbo en la cama y cierro los ojos. No sé qué hacer.
Me doy un baño y dejo que mis músculos se relajen para liberar todo el estrés que estoy acumulando. Al salir, reviso la hora, me pongo el uniforme de la escuela, me maquillo un poco, me peino y bajo a desayunar con mis padres. Y con James, por supuesto, quien le sonríe a mi padre.
—Buenos días —digo sin muchas ganas, al ver a tan "grata" visita (nótese el sarcasmo).
Los tres me devuelven el saludo. Permanezco en silencio durante todo el desayuno. Termino rápido mis alimentos y me despido de todos, con el amargo sabor de boca de tenerlo metido en mi casa otra vez.
Arthur ya me está esperando afuera. Subo a su auto y arranca hacia la escuela. Durante el camino, me comenta muy feliz que mi padre ha hablado con él y con su hijo; están sumamente agradecidos por la oportunidad que les está brindando. Mi padre no les pedirá nada a cambio, solo las buenas notas de William, lo cual estoy segura de que no será difícil para él. Durante todo el trayecto me habla de las cosas buenas que le han ocurrido a su familia y de cómo, desde que trabaja con mis papás, han recibido muchísimas bendiciones.
Escuchar eso de una persona como el señor Arthur me hace sentir muy feliz. Mis papás siempre han apoyado a quienes lo necesitan, y eso es algo que yo también quiero seguir haciendo en el futuro.