Camino despacio por el lugar. Todo es de un color gris, negro y triste. Hay muchas personas que miran con pesar el ataúd que ya yace en medio de la iglesia; mi familia está en las bancas de enfrente y la tristeza nuevamente inunda mi corazón con cada paso que doy.
Nunca creí que tendría que estar viviendo esto. Todavía me recuerdo sonriendo con las llamadas de mi abuela, contándome cualquier detalle de lo que estaba haciendo. Ella vivía en un pueblito lejos de la ciudad; se había ido a vivir ahí después de la muerte de mi abuelo. Mi padre, quien se negaba a dejarla ir a vivir sola, se resignó cuando mi abuela, con su firme decisión, se marchó sin escuchar a su preocupado hijo.
Ahora, diez años después de la muerte de mi abuelo, mi papá sufría la pérdida de la mujer que lo vio nacer, crecer, convertirse en padre... y ahora la estaba velando con el dolor en el alma y con los ojos cansados de todo.
Su fuerza es demasiada. Después de recibir la mala noticia, llegó Carlo, mi hermano, para darle apoyo y tratar de encargarse de todo; pero mi padre ya había contratado los servicios funerarios. No pude más esta mañana y lo abracé muy fuerte. Sé muy bien que el amor que les tienes a tus papás es inmenso, y no quiero ni imaginarme el dolor que debe ser perder a uno de ellos.
Tomo con fuerza la taza de café y me apresuro a llegar a su lado. Mi madre no se ha despegado de él en ningún momento; lo abraza y aprieta su mano cuando los amigos, vecinos, conocidos y parientes lejanos se acercan a dar el pésame. Los hermanos de mi padre están recibiendo a las demás personas y aceptando las condolencias. El nudo en mi interior crece cuando mi padre rechaza mi taza de té, negando con la cabeza y regalándome una débil sonrisa.
Sus bonitos ojos verdes se ven apagados, cansados y muy, muy tristes. Beso su mejilla y dejo caer las lágrimas que ya no puedo controlar. Mi abuela fue una mujer muy sonriente que siempre tenía un refrán para contarnos a todos cuando nos reuníamos los domingos en su casa. Recuerdo muy bien esas aventuras en el pueblo, cuando iba por agua a un pozo; o cuando quemó los pantalones favoritos de mi hermano porque ya la tenía harta de verlo con ellos todo el tiempo; o cuando me cuidaba en las tardes porque mis padres no podían ir por mí a la escuela. No puedo olvidar ninguno de esos momentos a su lado.
Viví siendo su "mijo" durante mucho tiempo. Ella no era nacida aquí; nació en México, un país colorido y hermoso, donde conoció a un hombre muy alto y guapo que hablaba inglés. Se vino a vivir con él por amor, y así fue: durante ochenta y tres años vivieron felices, encontrando el uno en el otro ese amor y cuidado.
Días antes de su muerte, mi abuela me había enseñado algunas fotos que tenía en su casa. Ella estaba bien. Aun con sus manos viejecitas, su cabello blanco y sus arrugas en la cara, siempre sonreía y era muy feliz cuando estábamos todos reunidos. Me entregó las fotos que mi tío me tomó cuando era pequeña y me dejó el recuerdo más bonito de todos: el de una abuela amorosa que siempre fue feliz.
Las desgracias siempre llegan en el momento que menos lo esperas, y ver el ataúd de mi adorada abuela frente a mí me genera una tristeza profunda. Mi padre me abraza, dejando besos en mi frente, intentando calmar mis emociones.
¿Cómo es que es tan fuerte? Acaba de perder a su madre, está en el velorio recibiendo a la gente, y aun así se preocupa por mí y por la tristeza que me invade.
Verlo así me recuerda que no tenemos el tiempo comprado. En cuanto pasen unos días, tomaré la decisión. Una decisión que ahora mismo tengo más que clara.
Sollozo con fuerza, dejando salir estos sentimientos que me abruman el pecho. Mi tía Chiara llega abrazando a mi padre fuertemente y diciéndole cuánto lo siente; detrás de ella viene su esposo, quien se lleva unos minutos a mi papá a un lado. Desde lejos, veo a mi precioso padre desmoronarse por fin, dejando que mi tío lo sostenga y lo apoye.
—L-lo lamento mucho —escucho detrás de mí.
Me giro para ver a la persona que tengo enfrente. James luce un traje completamente negro, lleva el cabello rubio un poco despeinado y sus ojos verdes parecen estar un poco rojos.
—Lamento mucho tu pérdida, Lisette.
—Gracias —murmuro con la voz rota. Sé que debo de verme deshecha, pero de verdad me duele demasiado estar en esta situación—. Y gracias por venir.
Como puedo, le sonrío. Mi tía se acerca a mí, me abraza y murmura muchas cosas a mi oído, pero no logro escuchar bien; es como si estuviera en este lugar y a la vez no. Suspiro cuando me suelta y le sonrío débilmente.
Agacho la mirada y, de repente, los brazos de James rodean mi cuerpo. Me quedo en un shock total por un segundo, pero lo que me susurra al oído me hace reaccionar y devolverle el abrazo con fuerza:
—No tienes que ser fuerte, pequeña Liss —acaricia suavemente mi cabello—. Llora. Llora y no te detengas; deja salir el dolor. Entiendo que intentes ser fuerte por tu papá, pero tú también tienes que sacar todo lo que estás sintiendo. Ahora no pienses en el mundo. Hoy perdiste a tu abuela, una mujer cariñosa, tranquila y protectora, y es comprensible que tu mundo esté de cabeza.
Lloro como nunca. Me aferro a su saco con todas mis fuerzas. Sus manos suben y bajan por mi espalda, tratando de darme confort. Sé que estoy empapando su ropa, pero no me importa; quiero llorar tanto que me permito hacerlo. Me permito dejar de preocuparme por el resto de la gente. Perdí a mi abuela, a mi amiga, a mi consejera, a mi niñera, a mi cómplice... y nunca más tendré tardes de risas con ella, nunca más volveré a sonreír con alguno de sus chismes.