El dolor es parte de la vida. Después de una semana de ir a clases y tener asesorías con James en las que, por primera vez, no he discutido con él, el cansancio emocional que arrastro me tiene sin fuerzas para replicar. Cuando se acerca preocupado a pedirme que hable de cómo me siento, le miento diciéndole que todo está bien.
Sé que se ha portado muy bien conmigo, pero también sé que lo hace por mi hermano. Él y yo no somos cercanos; si aquel día en el velorio me brindó su apoyo para hacerme sentir bien, ya no encuentro genuino que lo siga haciendo.
Tomamos un descanso después de una hora y media de escucharlo hablar sin parar de varios conceptos que se me han olvidado por completo. Sus ojos verdes me observan con fijeza desde el otro lado de la mesa.
—¿Todo bien? —pregunta con cautela.
Asiento débilmente y bebo un sorbo de té.
—¿Estás triste? ¿Molesta? —vuelve a analizarme.
Niego con la cabeza y clavo la mirada en mi iPad, releyendo lo que se supone que debí aprender hace una hora.
—Tengo una entrada extra para el concierto de Oasis —dice con un deje de nerviosismo—. ¿Quieres ir?
—Gracias, James —respondo con la voz pastosa—, pero no tengo ganas de ir a ningún lado.
Me pongo de pie y vuelvo al despacho. Después de dos minutos, él aparece y yo comienzo a tomar notas de lo poco que logro retener en mi mente. Se detiene a ratos, esperando que responda a sus preguntas; intento hacerlo de la mejor manera. Él suspira y continúa explicándome. Una hora más tarde, mi padre aparece en el despacho, sonríe al verme y saluda a James.
—¿Podríamos terminar aquí la asesoría de hoy? —pregunto, mirando a James. Él asiente con la cabeza—. Gracias.
Subo a mi habitación, me doy una ducha y me tumbo en la cama. Enciendo el televisor para ver una serie cualquiera, pero la invitación de James no sale de mi mente. No quería ser descortés con él, pero realmente no tengo ganas de apresurarme a salir cuando todo es tan reciente.
Tal vez Carlo, antes de irse hace tres días, le dio los boletos para intentar animarme, pero no creo que aceptar sea lo correcto. Escucho los pasos de mi padre en el pasillo y, tras terminar dos capítulos, me acomodo para dormir.
Los días siguen pasando. Las asesorías continúan siendo mi peor pesadilla y, después de tres semanas, James finalmente se da por vencido. Deja de insistir en que lo acompañe a algún concierto, al parque de diversiones, al cine o por un café. Ayer se rindió por completo; vi cómo la decepción cruzaba sus ojos antes de regalarme una última sonrisa amable.
Hoy está llegando tarde. Es la primera vez que lo hace. Los minutos transcurren en el despacho, así que subo a mi habitación a leer un libro que tengo a medias. Tras dos horas de espera, bajo solo para encontrarme con el lugar vacío. Molesta, regreso por mi celular; James me va a escuchar, no puede dejar su trabajo así como si nada.
Mi pantalla se ilumina con una ráfaga de cinco mensajes de su parte. Entro a la conversación:
JP: Hola, Liss. ¿Cómo estás?
JP: No podré llegar a la asesoría hoy…
JP: Lo siento mucho, estoy enfermo y no voy a poder ir.
JP: Ya le avisé a tu padre, así que disfruta tu tarde.
JP: Tal vez mañana tampoco pueda. Lo siento. Adiós.
Sigue en línea. Siento el impulso de responderle, pero me obligo a dejar el celular a un lado. Me meto a bañar, pero mientras el agua cae, no puedo evitar imaginármelo enfermo en su casa. La tía Chiara seguramente está ocupada, así que debe estar completamente solo.
No es tu problema, Liss, me repito. Él solo ha sido bueno contigo porque tu hermano se lo pidió. Aun así, una parte de mí recuerda cómo ha estado al pendiente de mí todo este tiempo, intentando hacerme reír y buscando sacarme de casa.
No eres su amiga. No lo somos.
Salgo de la ducha y me visto con algo casual: unos jeans holgados y una blusa de manga corta. Bajo a la cocina en busca de algo de comer.
—¿Va a salir, señorita? —me pregunta una de las empleadas que prepara la comida.
Me miro a mí misma. Llevo ropa de salir.
—Sí.
Después de comer, preparo un poco de caldo de pollo. Mamá siempre dice que eso cura cualquier mal, así que, con ayuda de una de las chicas, lo dejo listo en un contenedor. El señor Arthur me lleva en auto hasta la casa de los Pembroke. El estómago se me contrae en un puño cuando presiono el timbre.
No hay vuelta atrás. Estoy parada frente a su puerta.
Estoy nerviosa. ¿Por qué carajos estoy nerviosa si solo se trata de James?
—¿Liss? —La voz ronca de James interrumpe mi debate mental.
Le sonrío con nerviosismo.
—H-hola... Te traje esto —digo, señalando la bolsa.
Él se hace a un lado, invitándome a pasar.
—Gracias, no tenías que hacerlo —toma la bolsa y camina hacia la cocina. Lo sigo.