Como odio amarte

Capitulo 11

—¿Qué haces aquí? —pregunto confundida.

—Vine a verte —sonríe, y me siento tan patética porque me gusta la forma en que me mira.

—¿En qué puedo ayudarte? —Intento sonar tranquila, pero su presencia me descoloca.

—¿Puedo pasar?

Lo observo confundida y caigo en la cuenta de lo que está pasando: lo tengo en la puerta sin dejarlo entrar, congelada como una estúpida tras observarlo casi dos minutos antes de reaccionar.

—Claro, disculpa. —Me hago a un lado y le abro paso—. ¿Quieres algo de tomar?

—Sí, un poco de agua.

Lo acompaño a la sala y voy directo a la cocina por el vaso de agua. Invitarlo a pasar y tenerlo de nuevo enfrente, tras haber rechazado su aventón en la mañana, me genera algo de culpa; en especial porque acabo de regresar del cine con James y las cosas entre nosotros terminaron siendo de lo más extrañas.

Al volver a la sala, encuentro a Ethan observando los retratos familiares y los reconocimientos de mis padres y mi hermano.

—¿Eres tú? —Señala una foto donde aparezco junto a mi hermano en Disney, melada y con fleco.

—Sí —digo apenada al ver la imagen.

—Te veías muy tierna. —Acaricia el cristal del marco con el dedo y sonríe.

—Ethan... —pronuncio su nombre despacio—. ¿Todo bien?

Suspira con pesadez y, tras unos segundos, se gira a verme.

—Sí. Es solo que estoy nervioso. Tuve el impulso de venir a verte y ahora no sé bien qué decirte.

Sus ojos azules captan tanto la atención que resulta imposible dejar de mirarlos cuando me habla con esa sinceridad.

—Está bien. Puedes contarme lo que quieras. —Las dudas de por qué está en mi casa y por qué me deja notas en la escuela me tienen inquieta.

—¿Recibiste la rosa? —Asiento y él sonríe—. Llevo meses pensando en cómo hablarte y no se me ocurrió mejor idea que venir a tu casa, para luego disculparme por presentarme sin avisar.

—No te preocupes. Creo que un «Hola, Liss» hubiera sido suficiente.

Se ruboriza de inmediato. Sonrío al notar que este no es el Ethan distante que imaginaba, aunque no estoy preparada para lo que dice a continuación, invirtiendo los papeles y haciéndome sonrojar a mí.

—Me gustas, Liss. —Lo suelta, así, sin más. El aire se me atasca en los pulmones y no sé qué gesto poner.

No. Me. Jodas. Pensé que lo había reflexionado en mi mente, pero debí haberlo dicho en voz alta porque él sonríe.

—Lo siento —añado.

—Me gustas de verdad y hoy tuve la valentía de decírtelo porque sé que pronto ambos tomaremos caminos distintos. Siempre me has gustado, Liss. Siempre te he visto como esa chica despreocupada que observa el mundo con los ojos más bonitos que existen. —Aclara su garganta y saca de su chaqueta otra rosa roja—. Quiero conquistar tu corazón.

No sé qué responder. Me quedo mirando la rosa, inmóvil, alternando la vista entre la flor y sus ojos. ¿Por qué ahora? Sorprendentemente audaz, da un paso hacia mí y sostiene mi mejilla entre sus manos; la calidez de su tacto se queda grabada en mi piel más tiempo del debido.

El timbre suena y escucho que una de las personas que nos ayuda en casa va a abrir. Estoy tan perdida en mis pensamientos que me desorienta la sensación de tenerlo tan cerca.

—Ethan... yo... —intento articular, pero me interrumpe.

—No digas nada. —Comienza a inclinar el rostro para acercar sus labios a los míos, pero me detengo a tiempo.

—¿Qué sucede? —pregunta.

—No, Ethan. No puedo hacerlo. No somos nada —pronuncio con firmeza para que ambos entendamos que esto va demasiado rápido.

—Quiero todo contigo, quiero que sepas que voy en serio. —Intenta acercarse nuevamente, pero me aparto.

—Ethan, eres un chico increíble, pero esto es demasiado apresurado. No soy como otras chicas; me gusta ir a mi ritmo, sin presiones, y siento que esto sobrepasa mis límites. —Miro hacia otro lado, incómoda.

—Está bien, discúlpame por favor. No fue mi intención asustarte. —Se rasca la nuca, avergonzado, y dirige la mirada a otra parte.

Para no ser grosera, lo invito a ver una película en la sala mientras llegan mis padres.

—¿Qué te parece Spider-Man? —pregunta con el control en la mano, entusiasmado.

—Por mí está bien.

Le da reproducir y comenzamos a verla. En ocasiones nuestras manos se rozan; la sensación no me desagrada, pero me genera cierta incomodidad. Lo rechacé porque no estoy acostumbrada a este tipo de dinámicas: besar a alguien con quien apenas he cruzado dos conversaciones reales no es lo mío.

Ethan me gusta; es atento, lindo y considerado, pero tenerlo al lado me hace dudar de si supone que soy igual a las demás. Quizá el concepto que él tiene de mí dista mucho de la realidad.

—Me iré a vivir a Boston —comenta de la nada, justo cuando los créditos de la película comienzan a rodar.

—¿En serio? —Esa confesión me toma por sorpresa. Siempre creí que iría a Cambridge como lo hicieron sus padres. Irse a Estados Unidos tras vivir casi toda su vida aquí resulta imprevisto.




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