Las palabras de Eli se quedan grabadas en mi mente. ¿Qué estará pasando con los Pembroke? Mis padres han estado saliendo mucho de casa últimamente y tal vez se deba a eso. Mientras me visto, no dejo de pensar en ellos. ¿Qué está sucediendo realmente?
Mi celular vibra con una llamada de Ethan.
—¿Lista? —pregunta en cuanto pongo el altavoz.
—Sí, lista —respondo mientras me coloco una sudadera negra.
—Dejé una camiseta en el asiento trasero del auto, deberías ponértela —sugiere animado. De fondo escucho cómo el entrenador le habla—. Lo siento, guapa, tengo que colgar. Nos vemos en media hora.
Me despido de él y cuelga. Observo la última conversación que tuve con James antes de guardar el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón. Bajo al auto de Ethan y encuentro la camiseta con el número cero cinco y su apellido, "Anderson". Sonrío y me la pongo encima del top de tirantes que llevo. Dejo la sudadera en el asiento delantero y me dirijo a la ubicación que me mandó antes de salir del colegio.
Pongo un poco de música en el camino, pero cada canción me recuerda a esa salida al cine, a esos ojos verdes que no puedo sacarme de la cabeza. Espanto cualquier pensamiento relacionado con James y me concentro en los ojos azules que me esperan emocionados afuera del complejo deportivo.
—¿Emocionado? —pregunto al verlo sonreír.
—Nervioso. Todas mis anotaciones serán para ti —dice, acariciando mi mejilla con cariño.
—Gracias —respondo. Su cabello está revuelto y su respiración algo agitada.
—Debo volver —asiente.
Me alejo de él, entro al recinto y busco un asiento con buena vista. El lugar aún no está completamente lleno, pero hay varias personas con carteles y caras pintadas. Me acomodo en una de las filas cercanas a la cancha; la vista desde aquí es excelente.
A medida que llega más gente, empiezo a sentirme fuera de lugar al ver que casi todos vienen acompañados.
—¿Lissette Whitmore? —Una mujer de unos cuarenta años me observa. Sus ojos azules son idénticos a los de Ethan. Asiento despacio y ella sonríe—. Soy Martha, la mamá de Ethan.
—Un gusto, señora —sonrío y me pongo de pie para saludarla.
—Siéntate, linda. Ethan no para de hablar de ti —dice, tomando delicadamente mi mano.
—¿En serio? —le sonrío, un poco apenada.
—Sí, cielo.
El silbatazo inicial nos distrae. Me siento nerviosa al estar sentada al lado de la madre de Ethan; es una sensación tan extraña que siento náuseas por la presión. Ethan juega bastante bien. Aunque no entiendo mucho de básquetbol, aprecio la agilidad con la que corre y se desenvuelve con el balón.
Anota, pero también le roban el balón en ocasiones. Observo su cansancio y el sudor empapando su camiseta. El juego va parejo, o al menos eso me parece. La madre de Ethan grita emocionada animando a su hijo, mientras yo me siento profundamente incómoda, sin saber muy bien cómo actuar a su lado. Cuando comienza el medio tiempo y los jugadores se retiran a los vestidores, me quedo mirando fijamente el pasillo por el que se fueron, hasta que la voz suave de la señora Anderson me hace dar un ligero brinco.
—Entonces... ¿oficialmente están saliendo? —Giro el rostro hacia ella. No lo ha preguntado de mala forma; al contrario, parece entusiasmada.
—Sí, algo así —respondo apenada, encogiéndome de hombros.
—Mi hijo es un poco tímido cuando se trata de ti —sonríe y me acaricia la mano—. Tenle paciencia. A él le encanta ser atento y pasar tiempo con las personas que quiere.
El remordimiento por lo que le dije ayer me carcome por dentro.
—No se preocupe, señora, apenas nos estamos conociendo —le sonrío, intentando que la culpa no me borre la sonrisa.
—Lo sé. Por lo que veo eres una chica tranquila, y eso me agrada de ti.
Vuelvo a sonreírle y el silbatazo del segundo tiempo nos distrae de nuevo.
A partir de ahí no presto más atención al partido; me pierdo por completo en mis pensamientos. Estar frente a mi "futura suegra" me genera un malestar enorme. Cuando el partido termina, me disculpo con la señora Anderson y me pongo de pie. Le envío un mensaje a Ethan diciéndole que me sentí mal y que tuve que irme. No me imaginaba las cosas así; ni siquiera puedo pensar con claridad.
Tomo un taxi y le doy mi dirección. Al bajar, me quedo admirando la enorme casa que tengo enfrente. No es mi casa: es la de los Pembroke. Todo está apagado, sin señales de vida. El mayordomo abre la puerta, sorprendido de verme de pie frente a la enorme mansión.
—Buenas noches, señorita —dice, abriendo la puerta por completo—. ¿Se encuentra bien?
Asiento despacio y retrocedo lentamente, confundida por haber terminado allí.
—Lo siento, no sé por qué vine —hablo con la voz pastosa mientras el dolor de cabeza se intensifica.
—Pase, por favor. Está empapada.
Suelto un suspiro al darme cuenta de que ha estado lloviendo y de que estoy completamente mojada. Tiemblo de frío, pero no puedo entrar; no quiero hacerlo.