Como Olvidarte Si Eres Mi Primer Amor

EPÍLOGO

UN FUTURO ILUMINADO POR EL PASADO
Un año después
El sol calienta la fachada del Museo de Historia de Valparaíso, donde una pancarta gigante anuncia la exposición más exitosa de la década: "Eterno Amor: Catalina y Diego, Una Historia de Dos Mundos". Colas de personas de todas las edades y nacionalidades se alargan hasta la esquina, esperando con emoción cruzar el umbral que los llevará a través del tiempo.
Dentro, la sala principal recrea el santuario del Cerro Castillo a escala real. En el centro, iluminadas por una luz dorada que parece provenir del cielo mismo, reposan los sarcófagos de Catalina y Diego. Alrededor, las vitrinas muestran las cartas, el amuleto, los objetos de oro y plata, y las fotografías que Fernando capturó durante cada paso de la investigación. En una pantalla gigante, se proyecta el video que cuenta la historia de cómo un grupo de amigos unidos por la curiosidad y el amor descubrió uno de los más bellos secretos de la historia chilena.
En el escenario del auditorio del museo, la orquesta sinfónica de Valparaíso termina de interpretar la suite musical de Mateo. La última nota se desvanece en el aire, y después de un instante de silencio reverencial, el público estalla en aplausos que hacen temblar las paredes. Mateo se levanta de su asiento junto a los músicos y dirige una sonrisa a Adriana, quien lo espera en el camerino con los ojos llenos de lágrimas de felicidad.
— Lo hiciste, mi amor — le dice ella, abrazándolo fuerte. — Catalina y Diego estarían muy orgullosos.
— Lo hicimos, cariño — le responde él, besándola en la frente. — Todos nosotros.
En el vestíbulo, el equipo se reúne alrededor de una mesa donde Sofía y Pablo han dispuesto una degustación de platos que combinan sabores de América y Europa. Andrea y Elena firman ejemplares del libro El Amuleto del Tiempo, que ya ha alcanzado el primer lugar en las listas de más vendidos en cinco países. Fernando muestra las nuevas fotografías que tomó durante la gira de la exposición por Perú y España, donde miles de personas han sentido la misma emoción que ellos sintieron al descubrir la historia de los amantes.
— ¿Han visto las noticias? — pregunta José, mostrando su teléfono. — La cueva de la Caleta de los Amantes ha sido declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.
— ¡Qué maravilla! — exclama María, que acaba de regresar de la isla de Pascua, donde trabajó en la restauración de piedras con símbolos similares a los del amuleto. — Los arqueólogos locales están planeando una expedición conjunta para investigar más conexiones entre las culturas.
Ricardo llega con una sonrisa amplia, llevando una carpeta llena de documentos. — La producción cinematográfica ya ha comenzado con el rodaje en las locaciones originales. También han confirmado la gira de la exposición por Francia, Alemania y Estados Unidos para el próximo año.
Carlota — la arqueóloga que ayudó a proteger los descubrimientos — se une al grupo con un sobre en la mano. — Tengo algo para ustedes — anuncia. — Estos son los informes finales de los análisis de ADN realizados en algunos objetos de Catalina y Diego. Los resultados son... sorprendentes.
Todos se acercan con curiosidad mientras ella continúa: — Se encontraron rastros de ADN que tienen similitudes genéticas con dos de ustedes. Adriana y Mateo, sus marcadores genéticos coinciden con los que se encontraron en el amuleto y en algunas prendas de Catalina y Diego.
El silencio se hace presente en el vestíbulo, hasta que Lucía rompe el hielo con una sonrisa tranquila: — Ya lo sabíamos, ¿no? El destino no es más que el amor que vuelve a encontrarse.
Adriana toma la mano de Mateo, y siente cómo el amuleto que lleva alrededor del cuello — la réplica que Lucía les dio a todos — brilla con una luz suave y cálida. En ese instante, ambos sienten una presencia familiar, como si Catalina y Diego estuvieran ahí con ellos, sonriendo y agradeciendo por haber hecho que su amor viviera para siempre.
Más tarde, al atardecer, el equipo se reúne en la playa de los Suspiros. El sol se pone sobre el mar pintando el cielo de colores dorados y rojizos, y el sonido de las olas parece cantar la melodía que Mateo compuso en honor a los amantes.
— Quiero proponer un brindis — dice Adriana, levantando su copa de vino. — Por Catalina y Diego, quienes nos enseñaron que el amor no tiene fronteras ni límites. Por todos nosotros, que hemos demostrado que cuando la gente se une por una causa noble, nada es imposible. Y por el futuro, que esperamos esté lleno de amor, entendimiento y descubrimientos que nos unan aún más como seres humanos.
Todos levantan sus copas en señal de acuerdo, y sus voces se unen en un grito que se pierde en el viento marino: — ¡Por el amor eterno! ¡Por siempre juntos!
En la roca donde encontraron las cartas, los símbolos tallados brillan bajo la luz de la luna que comienza a aparecer en el cielo. Parece como si la propia naturaleza estuviera guardando el legado de dos amantes que, aunque vivieron hace quinientos años, siguen vivos en cada palabra, en cada nota musical, en cada obra de arte y en cada corazón que cree en el poder transformador del amor.
El tiempo pasa, las generaciones cambian, pero el amor... el amor es eterno. Y siempre encontrará la manera de volver a casa.




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