Cómo perder a tu asistente (y ganarte un alfa)

PARTE TRES.

Decir que estaba enojado era poco. Louis en serio quería asesinar a Harry en estos momentos.

El vuelo había sido un suplicio de principio a fin. Primero, el aeropuerto estaba abarrotado, y Harry, con su exasperante calma, había llegado tarde, obligando a Louis a correr por la terminal con su maleta de cuero y sus zapatos de vestir, que no estaban diseñados para carreras olímpicas. Luego, en el avión, la azafata —una omega de sonrisa amable y aroma a jazmín— lo había confundido con el acompañante de Harry. "¿Quiere que le prepare la cama a su alfa, señor?", le había preguntado con total naturalidad, y Louis había tenido que morderse la lengua para no soltar una respuesta cargada de veneno. Harry, el muy desgraciado, se había limitado a sonreír con esa maldita placidez suya y agradecer como si nada.

El viaje en avión duró más de ocho horas, y Louis no logró pegar un ojo. El asiento era incómodo, el aire acondicionado demasiado frío, y el olor a canela de Harry, que normalmente lograba ignorar, esta vez parecía intensificarse con cada minuto que pasaba, envolviéndolo como una manta que no sabía si quería quitársela o arrebujarse en ella. Para colmo, el alfa se había quedado dormido en algún momento y su cabeza había terminado apoyada en el hombro de Louis, con sus rizos desordenados rozándole la mejilla. Louis pasó una hora entera congelado, sin atreverse a moverse, maldiciendo en silencio a todos los alfas del mundo y preguntándose por qué demonios no lo había despertado de un empujón.

Aterrizaron en un pequeño aeropuerto rodeado de montañas nevadas y bosques infinitos. El aire golpeó el rostro de Louis cuando salió de la nave y, por primera vez, sintió que el frío no era solo una sensación, sino una entidad viva que se colaba por cada poro de su piel. Su traje de oficina, impecable y elegante en Nueva York, aquí era una broma de mal gusto. Se arrepintió amargamente de no haber empacado algo más abrigado, pero su orgullo le impidió quejarse en voz alta.

—Bienvenido a Alaska —dijo Harry con una sonrisa burlona mientras recogía su equipaje—. ¿Ves? No es tan malo.

—Odio todo esto —murmuró Louis entre dientes, frotándose los brazos para generar algo de calor.

—Aún no has visto nada.

El viaje en autobús desde el aeropuerto hasta el pueblo fue una experiencia igualmente desagradable. El vehículo era viejo, los asientos de tela desgastada olían a humedad, y el traqueteo constante hizo que Louis sintiera que sus órganos se reordenaban dentro de su cuerpo. Harry, sentado a su lado, parecía completamente en su elemento, saludando a los lugareños que subían y bajaban con una familiaridad que Louis encontraba profundamente irritante. Cada vez que alguien se detenía a hablar con él, Harry presentaba a Louis como "mi prometido", y Louis tenía que esbozar una sonrisa forzada mientras su estómago se revolvía.

—¿Cuánto falta? —preguntó Louis por quinta vez, con la voz teñida de exasperación.

—Ya casi —respondió Harry sin mirarlo, señalando por la ventanilla—. Mira, ese es el lago donde solía pescar con mi abuelo.

Louis miró hacia afuera y vio una extensión de agua cristalina rodeada de pinos, con las montañas reflejándose en su superficie. Por un breve instante, la imagen le robó el aliento. Pero se recuperó rápido y volvió a fruncir el ceño.

—Encantador. Ahora dime cuándo puedo bajarme de esta carcacha.

Llegaron al pueblo, un lugar pintoresco y pequeño donde todos parecían conocerse entre sí. Y fue allí, mientras caminaban hacia el muelle, cuando Louis comenzó a notar algo que lo dejó desconcertado. En cada esquina, en cada tienda, en cada cartel de madera tallada a mano, aparecía el mismo apellido: Styles. Estilo y confianza era el nombre de la ferretería. Los mejores pescados de Styles en la pescadería. Styles Construcciones en una camioneta estacionada. Cabañas Styles en un cartel que señalaba hacia el bosque.

Louis se detuvo en seco, observando el paisaje con renovado interés.

—Espera, espera, espera —dijo, agarrando el brazo de Harry—. ¿Todos estos negocios son de tu familia?

Harry sonrió con esa humildad fingida que Louis ya conocía demasiado bien.

—Bueno, mi abuelo fundó la mayoría. Mi padre los heredó, y ahora mi hermano mayor y yo ayudamos a administrar algunos. No es gran cosa.

—No, no, no —Louis negó con la cabeza, sintiendo cómo una pieza del rompecabezas encajaba en su lugar—. Esto es... esto es mucho dinero, Styles. ¿Eres rico?

Harry se encogió de hombros.

—Mi familia tiene dinero, sí. Pero no es algo de lo que presuma. Aquí en Alaska la gente valora el trabajo duro, no los apellidos.

Louis abrió la boca para responder, pero se quedó sin palabras. Durante cuatro años había tratado a Harry como a su asistente, un chico cualquiera que necesitaba el trabajo desesperadamente. Nunca imaginó que pertenecía a una familia adinerada que prácticamente poseía un pueblo entero. El orgullo de Louis se resintió, y un leve rubor de vergüenza tiñó sus mejillas.

—Sube —dijo Harry, señalando una camioneta pick-up de color rojo oscuro que los esperaba en el muelle—. El viaje en auto hasta la bahía son quince minutos, y luego tomamos el bote.

El trayecto en auto fue más cómodo que el autobús, aunque igualmente escénico. Louis se mantuvo en silencio, mirando por la ventanilla mientras los árboles se sucedían uno tras otro, salpicados de nieve en las cumbres más altas. A los quince minutos exactos, llegaron a un pequeño embarcadero de madera donde les esperaba una lancha motora.




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