—Sí, una tormenta terrible —continuó Louis, ganando confianza a medida que las palabras salían de su boca—. Relámpagos, truenos, lluvia golpeando las ventanas como si quisiera derribar el edificio. Yo estaba en mi oficina, revisando unos manuscritos, cuando de repente... —hizo una pausa dramática— ...se fue la luz.
—¡No! —exclamó una de las primas de Harry, llevándose las manos al pecho.
—Sí —asintió Louis, con una sonrisa teatral—. Y ahí estaba yo, en la oscuridad, con solo la luz de mi teléfono para guiarme. Y entonces... —se volvió hacia Harry, que lo observaba con una mezcla de sorpresa y diversión— ...apareció él. Como un caballero de brillante armadura. Bueno, en realidad con una linterna y una taza de café, pero en ese momento era lo mismo.
Harry soltó una risa ahogada, y Louis sintió una pequeña victoria al verlo tan desarmado.
—Harry había estado trabajando hasta tarde, como siempre —siguió Louis, rodeando con su brazo la cintura del alfa con una naturalidad que ni él mismo esperaba—. Y cuando vio que estaba a oscuras, subió a buscarme. Me ofreció su café, y mientras lo bebíamos, sentados en el suelo de mi oficina, iluminados por la tenue luz de su teléfono, comenzamos a hablar.
—¿De qué hablaron? —preguntó Anne, con los ojos brillantes de emoción.
—De todo —respondió Louis, y esta vez su voz se suavizó sin querer—. De la vida, de los sueños, de lo que queríamos ser cuando éramos niños. Y entonces, en medio de la tormenta, Harry me tomó la mano y me dijo...
Louis se detuvo, dándose cuenta de que no tenía ni idea de cómo continuar. Miró a Harry en busca de ayuda, pero el alfa parecía tan cautivado como el resto de la familia, esperando el final de la historia.
—¿Qué te dijo? —lo instó Annie, inclinándose hacia adelante.
Louis tragó saliva. Podía sentir el calor del brazo de Harry alrededor de su cintura, su aroma a canela envuelto en la fragancia a pino de la casa. Por un momento, la línea entre la realidad y la ficción se difuminó.
—Me dijo que no podía imaginar su vida sin mí —improvisó Louis, y la verdad de esas palabras lo sorprendió—. Que aunque trabajáramos juntos todos los días, nunca era suficiente. Y entonces, sin previo aviso, se arrodilló en el suelo de mi oficina y me pidió que me casara con él.
La familia estalló en aplausos y suspiros. Anne tenía lágrimas en los ojos, y Annie asentía con orgullo, como si hubiera sido idea suya.
—¿Y tú qué dijiste? —preguntó la prima, casi saltando de su asiento.
Louis sonrió, y esta vez no fue una sonrisa forzada.
—Le dije que sí —respondió, mirando a Harry directamente a los ojos—. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Harry lo sostuvo la mirada, y por un instante, Louis juró que vio algo genuino en sus ojos verdes, algo que no era parte de la actuación. Pero parpadeó, y el momento desapareció.
—Bueno, ¡eso merece un brindis! —anunció Anne, levantando su copa—. Por Louis y Harry. ¡Que su amor sea tan fuerte como el viento de Alaska y tan eterno como sus montañas!
—¡Por Louis y Harry! —corearon todos, y el tintineo de las copas llenó la habitación.
Louis tomó su champán y bebió un sorbo, sintiendo cómo el líquido burbujeante le calentaba el pecho. A su lado, Harry inclinó la cabeza y susurró contra su oído, tan bajo que nadie más pudo escucharlo:
—No está mal para ser improvisado.
Louis sintió un escalofrío recorrer su espalda ante el roce de sus labios en su piel.
—Aprendí del mejor —respondió en voz baja, sin mirarlo.
La celebración continuó durante horas. Louis se encontró rodeado de parientes que le preguntaban sobre su trabajo, su vida en Nueva York, y cómo había logrado conquistar el corazón del esquivo Harry Styles. Respondió a todas las preguntas con gracia, aunque por dentro sentía que estaba en un escenario, representando un papel que cada vez se sentía más real.
En algún momento, la abuela Annie se acercó a él con una taza de té humeante y una mirada que parecía traspasar todas sus defensas.
—Eres un buen chico, Louis —dijo la anciana, sentándose a su lado en el sofá de piel—. Harry te mira de una forma especial.
Louis forzó una sonrisa.
—Es un buen hombre.
—Lo es —coincidió Annie, con un brillo de orgullo en sus ojos—. Pero también es terco, y a veces se guarda las cosas para sí mismo. No dejes que eso te aleje, ¿entiendes?
—No pienso alejarme, señora —respondió Louis, y aunque era parte de la farsa, las palabras salieron con más convicción de la que esperaba.
—Annie —lo corrigió ella, palmeándole la mano—. Llámame Annie. Eres familia ahora.
Louis sintió un nudo en la garganta. Esa mujer, con su aroma a arena mojada y sus ojos sabios, no sabía que todo era una mentira. Y por un momento, Louis se sintió culpable. Pero luego recordó el visado, su carrera, su vida en Nueva York, y el sentimiento se desvaneció.
—Gracias, Annie —dijo, y la anciana sonrió, satisfecha.
El resto de la noche transcurrió entre risas, anécdotas familiares y más brindis de los que Louis podía contar. Harry permaneció a su lado durante casi todo el tiempo, con su brazo alrededor de su cintura o su mano en la suya, como si fuera el gesto más natural del mundo. Louis notó cómo los dedos del alfa acariciaban los suyos distraídamente mientras hablaba con su primo, y tuvo que recordarse a sí mismo que era solo una actuación.