Cómo perder a tu asistente (y ganarte un alfa)

PARTE CINCO

Louis despertó con el sol filtrándose a través de la cortina de la ventana y el aroma a café recién hecho llegando desde la planta baja. Durante un momento, no recordó dónde estaba. Luego, la realidad lo golpeó como un balde de agua fría: Alaska, la familia de Harry, la farsa.

—Mierda —murmuró, pasándose una mano por el rostro.

Se levantó con pereza y se vistió con lo poco que había empacado —unos jeans oscuros, un suéter de cuello alto y su chaqueta de cuero, que claramente no era suficiente para el clima alpino—. Al bajar las escaleras, encontró a Anne y Annie en la cocina, revolviendo algo en una olla y riendo entre ellas.

—¡Buenos días, Louis! —exclamó Anne, girándose con una sonrisa radiante—. Dormiste bien, ¿verdad? Las camas de esta casa son tan cómodas que la gente nunca quiere irse.

Louis forzó una sonrisa.

—Muy bien, gracias. ¿Dónde está Harry?

—Salió a dar un paseo con su primo —respondió Anne, sirviéndole una taza de café humeante—. Dijo que volvería en una hora. Siéntate, cariño, el desayuno estará listo en un momento.

Louis aceptó la taza y se sentó en la mesa de la cocina, observando el paisaje a través de la ventana. El lago brillaba bajo la luz de la mañana, y las montañas se reflejaban en su superficie como un espejo gigante. Era hermoso, y Louis odiaba admitir que el lugar tenía un encanto que Nueva York jamás podría igualar.

—Es precioso, ¿verdad? —dijo Annie, sentándose a su lado con su propia taza de té—. Cada mañana me despierto y pienso que es un sueño.

—Debe ser difícil irse de aquí —comentó Louis, y la frase salió con más sinceridad de la que pretendía.

Annie lo miró con sus ojos sabios y sonrió.

—Por eso Harry se fue a Nueva York. Para encontrar algo que valiera la pena dejar Alaska.

Louis bajó la mirada, incómodo. Sabía que la anciana se refería a él, y el peso de la mentira comenzaba a hacerse cada vez más pesado.

Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió con un golpe seco, y un aroma a vinagre y almizcle inundó la cocina. Louis levantó la cabeza y vio a un hombre alto y robusto entrar, con el cabello grisáceo y la mandíbula cuadrada, vistiendo una camisa de franela y botas de trabajo. Sus ojos verdes, idénticos a los de Harry, recorrieron la habitación hasta posarse en Louis.

—Ah, tú debes ser Louis —dijo Desmond Styles, con una voz grave y profunda que no dejaba espacio para la duda—. El famoso prometido de mi hijo.

Louis se puso de pie, extendiendo su mano con la confianza que había perfeccionado en años de negociaciones.

—Señor Styles, un placer conocerlo finalmente.

Desmond ignoró su mano y en su lugar lo examinó de arriba abajo, como si estuviera evaluando un caballo en una subasta.

—¿Omega, verdad? —preguntó, y su tono no era despectivo, pero tampoco especialmente cálido—. Harry nunca me dijo que eras omega.

—No sabía que era un detalle relevante —respondió Louis, manteniendo su sonrisa profesional.

—Todo es relevante cuando se trata de familia —dijo Desmond, dejando caer su peso en una silla—. Siéntate, Louis. Quiero hablar contigo.

Louis obedeció, sintiendo que el ambiente en la cocina se había vuelto tenso. Anne y Annie intercambiaron una mirada y se retiraron discretamente, dejando a los dos hombres solos.

Desmond tomó su taza de café y dio un sorbo largo antes de hablar.

—Harry me dijo que trabajas en una editorial en Nueva York. Editor ejecutivo, ¿verdad?

—Sí, señor.

—Y que conociste a mi hijo porque lo contrataste como tu asistente.

—Así es.

Desmond inclinó la cabeza, con los ojos entrecerrados.

—¿Y entonces decidiste que querías casarte con él? —preguntó, y la pregunta sonó más a acusación que a curiosidad.

Louis tragó saliva, pero su expresión no se inmutó.

—Los sentimientos no siempre siguen la lógica, señor. Harry y yo pasamos mucho tiempo juntos, y con el tiempo, la relación evolucionó. No fue algo planeado, simplemente sucedió.

—Sucedió —repitió Desmond, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Como sucede que un joven alfa de una familia acomodada se compromete con su jefe omega justo cuando este tiene problemas con su visado.

Louis sintió un escalofrío recorrer su espalda. Este hombre era astuto, mucho más de lo que había anticipado.

—No sé a qué se refiere —dijo, manteniendo la calma.

—Soy un hombre de negocios, Louis —respondió Desmond, inclinándose hacia adelante—. Reconozco un trato de conveniencia cuando lo veo. Pero no te preocupes, no voy a exponerte delante de mi familia. Eso le haría daño a mi hijo, y Anne nunca me lo perdonaría.

Louis abrió la boca para hablar, pero Desmond lo interrumpió.

—Lo que sí voy a hacer es advertirte: si le rompes el corazón a Harry, te perseguiré hasta el fin del mundo. ¿Entendido?

El tono de su voz no dejaba lugar a dudas. Louis asintió, sintiendo el peso de la amenaza como una losa sobre sus hombros.




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