Como puntada en carne viva.

Prólogo

El tejido de una vida rara vez se corta con unas tijeras perfectas. La mayoría de las veces, nos deshilachamos. Nos desgastamos en las costuras, cedemos ante la tensión de los hilos que otros tensaron para nosotros y terminamos convertidos en un retazo de lo que alguna vez soñamos ser.

En el París de los años veinte, el mundo creía que la belleza se compraba a golpe de franco y seda. Las damas de la alta sociedad acudían a los salones perfumados buscando telas que ocultaran sus arrugas, sus aburrimientos o sus miserias. Llegaban desnudas de espíritu y salían acorazadas en satén. Lo que nunca supieron, lo que jamás llegaron a sospechar mientras se miraban en los grandes espejos de tres cuerpos, era que la aguja que unía sus vestidos no era un simple trozo de metal frío.

La aguja era un canal.

Dicen quienes sobrevivieron a aquellos años de entreguerras que la ropa de la casa Vionnet tenía alma. Hablaban de un vestido de terciopelo verde que provocaba una melancolía tan feroz que obligó a una marquesa a confesar su adulterio en mitad de una cena de gala. Recordaban, con la voz baja y temerosa, un corpiño de encaje blanco que encendía una pasión tan violenta y desesperada que hacía enfermar de amor a cualquiera que lo rozara. Los médicos culparon a los nervios de la época; los psicólogos, a los traumas de la Gran Guerra.

Qué poco sabían de hilos. Qué poco sabían de Clara.

Este libro no es la historia de la moda, sino la crónica de una herida. Es el registro de cómo una mujer atrapada en el sótano del destino aprendió a gritar a través de las manos. Cada página que sigue es una costura abierta. Pásale los dedos por encima con cuidado, lector, no sea que te pinches con el recuerdo de un amor prohibido y comiences, tú también, a sangrar en carne viva.




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