El aire en el número 14 de la Rue des Innocents siempre sabía a polvo de tiza y a cansancio viejo. Era un sótano largo, de techos abovedados y paredes de piedra que filtraban la humedad del Sena, transformándola en una neblina perpetua que se pegaba a las pestañas de las costureras. Allí abajo, el tiempo no se medía en horas, sino en metros de organza, en yardas de encaje de Alençon y en la cantidad de velas de sebo que se consumían antes de que Madame Vionnet diera el golpe seco con su bastón de nácar contra el suelo, anunciando el fin de la jornada.
Clara sentía el frío de la piedra colándose por las suelas de sus botas gastadas, pero sus manos permanecían calientes, extrañamente febriles. Frente a ella, suspendido en un maniquí de mimbre y madera que imitaba las proporciones exactas de la condesa de Évreux, reposaba el cuerpo inacabado de un vestido de novia. Era una pieza de satén duquesa, de un blanco tan puro que hería los ojos bajo la luz titilante de las lámparas de gas. Un blanco que, para Clara, no significaba pureza, sino un vacío ensordecedor.
—Si dejas caer una sola mancha de sudor en ese paño, Clara, te juro por la memoria de mi madre que terminarás cosiendo mortajas en el distrito de las sombras —la voz de Madame Vionnet llegó desde la penumbra del fondo del taller, áspera como el papel de lija.
Madame Vionnet era una mujer hecha de líneas rectas y voluntades de hierro. Vestía siempre de luto riguroso, no por dolor, sino porque el negro resaltaba la palidez de sus manos, unas manos que en su juventud habían sido capaces de modelar la silueta de las reinas exiliadas de Europa, pero que ahora, entumecidas por la artrosis, solo servían para sostener las tijeras de cortar y el bastón con el que imponía su disciplina de monasterio.
—No habrá manchas, Madame —respondió Clara sin levantar la vista. Su voz era apenas un murmullo, el mismo tono monocorde que compartían las otras doce muchachas que se alineaban a lo largo de la mesa de roble, con las espaldas encorvadas y los ojos enrojecidos por la falta de sueño.
Pero Clara mentía. Había una mancha que Madame Vionnet no podía ver, una que no se quitaba con agua de azahar ni con frotamientos de sal común. Era la mancha invisible de su propia sangre, el dolor que llevaba tres meses incrustado en el centro del pecho, justo desde la noche en que Julian le había dicho, bajo el puente de l'Alma, que su destino ya no le pertenecía.
«Un hombre de mi apellido no elige su jaula, Clara», le había dicho él, con los ojos empañados por la cobardía de los aristócratas. «El ducado de Évreux necesita el oro de las colonias, y la hija de los comerciantes de azúcar trae ese oro en sus maletas. Mi padre ya ha firmado los contratos».
Clara tomó la aguja. No era una aguja cualquiera; era una fina punta de acero toledano que había pertenecido a su abuela en los valles olvidados de la frontera española, una mujer de la que se decía que podía tejer el viento para atraer la lluvia. Junto a la aguja, Clara llevaba en el dedo corazón el dedal de plata familiar, un objeto pesado, grabado con runas indescifrables que el uso diario había desgastado hasta convertirlas en cicatrices de metal.
Cuando el dedal empujó el ojo de la aguja, atravesando la primera capa de satén duquesa, Clara experimentó un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. No era el frío del sótano. Era una quemadura.
Desde que tenía memoria, las mujeres de su línea de sangre habían poseído una relación extraña, casi pecaminosa, con las telas. Su madre le había advertido antes de morir en la gran epidemia que azotó los suburbios: «Nosotras no vestimos cuerpos, Clara. Vestimos las ánimas. Lo que guardes en el corazón mientras sostengas el hilo, pasará a la prenda como el veneno pasa a la sangre. Ten cuidado con lo que sientes cuando tejas, porque la seda es un espejo que no olvida».
Aquella tarde de otoño de 1925, Clara tenía el corazón desbordado. Cada puntada en el dobladillo del vestido de novia de la futura duquesa de Évreux —la mujer que se llevaría a Julian a su lecho— era un latido de rabia pura, una oleada de desolación que hacía que las puntas de sus dedos pulsaran con un calor antinatural.
A su lado, las otras costureras continuaban con su labor en silencio. El único sonido era el shhh-shhh de las tijeras cortando el tafetán y el suspiro colectivo de las agujas perforando la tela. Sin embargo, algo empezó a cambiar en el ambiente del taller. El aire, usualmente denso y con olor a humedad, comenzó a cargarse de una fragancia extraña, un olor a azahar amargo y a humo de leña verde, como el que queda en los campos después de una hoguera de San Juan.
—¿Sienten eso? —susurró de pronto Thérèse, una muchacha de quince años que cosía las mangas de un vestido de tarde a pocos metros de Clara. Se llevó la mano al pecho, respirando con dificultad—. Siento... siento una opresión aquí. Como si me hubieran quitado el aire de golpe.
—Cállate y cose, Thérèse —siseó la capataza desde el extremo de la mesa—. Si Madame te oye delirar, te pondrá de patitas en la calle antes de las seis.
Pero Thérèse no fue la única. A los pocos minutos, Jeannette, la encargada de los bordados de pedrería, comenzó a llorar en silencio. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas, cayendo sobre el tapete de trabajo. Cuando sus compañeras le preguntaron qué le ocurría, Jeannette solo pudo mover la cabeza, confusa:
—No lo sé. No tengo motivos para estar triste. Mi hermano ha vuelto sano de la guerra, mi padre tiene trabajo... pero siento una pena tan grande aquí dentro, una traición que me quema los huesos, como si el hombre que amo se estuviera casando con otra en este mismo instante.