El amanecer sobre el distrito fabril de Saint-Denis no traía luz, sino una transmutación del gris. La niebla del Sena se mezclaba con el hollín de las chimeneas de las fundiciones pesadas, creando una costra plomiza que se asentaba sobre los tejados de pizarra y los hombros de los obreros que caminaban en silencio hacia los talleres. En el número 4 de la Rue du Pressoir, el inquilinato donde Clara alquilaba una buhardilla por doce francos al mes, el frío de la mañana no se combatía con carbón —el precio del saco había subido tres sous desde los disturbios de la semana pasada— sino con la memoria del esfuerzo físico.
Clara se levantó antes de que la sirena de la tejeduría vecina diera el primer bocinazo de las cinco. No necesitaba despertador; el dolor en el dedo índice, allí donde la aguja de acero toledano había perforado la carne la noche anterior, pulsaba con una regularidad de péndulo. Al encender la pequeña vela de sebo, observó su mano. La yema del dedo no mostraba el color morado de una herida común; la piel se había cerrado en un punto perfecto, duro y blanquecino, que recordaba a la cabeza de un alfiler de nácar. Alrededor de la marca, una aureola de líneas finas e imperceptibles se extendía hacia la palma, como si el hilo de seda carmesí hubiera dejado un mapa de ríos secos bajo su epidermis.
Sobre la mesa de pino agrietado, el único lujo de la habitación era un viejo baúl de madera de castaño con herrajes de hierro dulce. Dentro no había joyas ni vestidos de fiesta, sino el legado de tres generaciones de mujeres que habían entendido el mundo a través de la tensión de la fibra. Había madejas de lino rústico hiladas en los veranos de la Alta Extremadura, tijeras de sastre con ojos lo suficientemente grandes para que cupieran los dedos curtidos de un hombre, y un cuaderno de tapas de cuero de cabra donde su abuela, Úrsula, había anotado las recetas de los tintes naturales y las horas del día en que el sol alteraba la flexibilidad del cáñamo.
Clara abrió el cuaderno. Las páginas amarillentas exhalaban un olor a tomillo seco y a vinagre de madera. Leyó la caligrafía apretada, casi mística, de la anciana:
«El lino es el hueso de la tierra; guarda la forma del mandato y la rigidez del orgullo. No intentes doblar el lino con la fuerza del brazo, Clara; bájalo con la paciencia de la saliva o con el peso de una verdad que no pueda ser dicha. Si coses lino para un hombre soberbio, pon una puntada doble en el hombro izquierdo; así su propia importancia lo doblará antes de que termine el invierno».
Clara cerró el libro de golpe. La opresión en su pecho regresó, trayendo consigo el eco de las palabras de Madame Vionnet: «La condesa de Évreux vendrá para la primera prueba mañana al mediódia». Hoy era ese día. El día en que el satén duquesa, impregnado con la fiebre de su traición y teñido con el fluido de sus venas, tocaría la piel de la mujer que poseería los títulos, las tierras y el cuerpo de Julian.
Antes de salir, Clara cumplió con el ritual que su madre le había impuesto desde los siete años: sumergió las manos en un cuenco de agua helada con sal gorda para "limpiar el rastro del sueño". Las costureras de su estirpe no podían permitirse llevar las visiones de la noche al taller de la mañana; una hebra cosida con la pesadez de una pesadilla podía hacer que el dobladillo de una falda arrastrara los pies de quien la usara, provocando tropiezos inexplicables en las escaleras. Sin embargo, al retirar las manos del agua, Clara notó que el cuenco no estaba frío. El agua de sal humeaba sutilmente, y los granos del fondo se habían disuelto con una rapidez inusitada, dejando un sedimento de color rosado pálido.
—El satén no ha olvidado —susurró para sí misma, envolviéndose en el chal de lana gris—. Ya ha empezado a pedir más.
El trayecto hasta la Rue des Innocents fue un calvario de adoquines húmedos y rostros sombríos. París se despertaba con la resaca de la posguerra; los lisiados de la Gran Guerra se apostaban en las esquinas de los bulevares ostentosos, ofreciendo cerillas o cordones de zapatos a los caballeros que salían de los clubes nocturnos con el smoking desabrochado y el olor a champán rancio en el aliento. Esa mezcla de miseria extrema y lujo obsceno era el tejido mismo de la entreguerras, un paño bicolor que Clara cortaba cada día con la mirada.
Al llegar al taller, el sótano del número 14 ya hervía de una actividad neurótica. El ambiente era radicalmente distinto al de la noche anterior. La tregua emocional que el vestido había otorgado a las muchachas parecía haberse disipado con las horas de oscuridad.
Jeannette tenía los ojos hinchados y las manos le temblaban tanto que dejó caer una caja de canutillos de cristal de Bohemia, que se esparcieron por el suelo con un tintineo que sonó como cristales rotos en un cementerio.
—¿Qué te pasa, Jeannette? —preguntó Clara, colgando su chal en el perchero de hierro.
—Es mi padre, Clara —respondió la bordadora en un susurro, agachándose para recoger los abalorios con los dedos entumecidos—. Ha vuelto a las andadas. Anoche llegó de la taberna diciendo que ya tiene comprador para mi máquina de coser Singer. Dice que las mujeres no necesitan herramientas propias, que el dinero del taller debe ir a la cartilla de racionamiento de mis hermanos varones. Si me quita la máquina, estoy muerta. Madame Vionnet no quiere costureras que no tengan sus propios avíos para el trabajo a domicilio.
Clara sintió una punzada de indignación. El mandato familiar de los suburbios era tan implacable como las leyes de la aristocracia: las hijas eran propiedad, mano de obra transferible, carne para el telar o para el matrimonio de conveniencia.