Como puntada en carne viva.

Capítulo 3: El nudo ciego de la pana y el confinamiento del satén

La medianoche en el número 14 de la Rue des Innocents no traía el silencio de las iglesias ni el reposo de los cementerios, sino el crujido sordo de las maderas que se dilatan con la humedad retenida del alcantarillado. Cuando la última de las costureras abandonó el sótano arrastrando sus zuecos por el pavimento exterior, el taller pareció encogerse, como un pulmón que se vacía de aire para retener únicamente el tufo del almidón frío y la cera quemada.

Clara no se había movido de su banqueta. Frente a ella, sobre el tablón de roble que conservaba las marcas de los cortahílos de tres generaciones de artesanas olvidadas, descansaba el cordón de lino rústico que Jeannette le había entregado. Medía apenas quince centímetros, deshilachado en los extremos y ennegrecido por el lodo de los muelles de la estación de trenes de mercancías, donde el padre de Jeannette pasaba las tardes descargando sacos de grano antes de hundirse en las tabernas de mala muerte del distrito de la Villette.

—El lino de los hombres de la orilla baja —murmuró Clara, rozando la fibra áspera con la yema del dedo herido.

La marca blanca en su dedo índice —aquella cicatriz con forma de cabeza de alfiler de nácar que la aguja toledana le había regalado— latió dos veces, desprendiendo un calor seco que contrastaba con la helada corriente que se colaba por las rendijas de la claraboya.

Al lado del cordón, Jeannette esperaba de pie, con las manos metidas en los bolsillos de su delantal gris para ocultar el temblor que le sacudía las muñecas. Sus ojos, habitualmente vivos y atentos al brillo de los canutillos de cristal, parecían dos cuencas de ceniza.

—Si descubre que le corté el cordón a las botas, me matará antes de que cante el gallo, Clara —susurró Jeannette, mirando de reojo hacia la escalera de piedra, como si temiera que la silueta gigantesca y brutal de su progenitor fuera a romper la puerta de madera—. Esta mañana, cuando salí de casa, ya había colocado la Singer sobre la mesa del comedor. Estaba puliendo la manivela de hierro con un trapo sucio, diciendo que un prestamista del bulevar de la Chapelle le daría doscientos francos por ella. Doscientos francos... eso es lo que él gasta en ajenjo y dados en una sola quincena.

—Una máquina de coser no es un mueble, Jeannette —dijo Clara, con una gravedad que parecía brotarle desde el fondo de los huesos—. Es una prolongación de los dedos. Quien vende la aguja de su hija está vendiendo su capacidad para hilar su propio pan. Tu padre cree que posee el hierro porque tiene la fuerza del puño, pero no sabe que el hierro obedece a quien lo hace cantar.

Clara abrió su cajón privado. De la pequeña caja de madera de castaño extrajo una aguja que rompía todas las reglas de la delicadeza exigida por Madame Vionnet. No era una punta fina para seda ni un alfiler de sombrero; era una aguja capotera, de tres filos gruesos, forjada en hierro rústico y con un ojo lo suficientemente ancho como para enhebrar cuerda de cáñamo. Pertenecía al grupo de herramientas que su abuela Úrsula denominaba «las rompedoras», utensilios sagrados que solo se utilizaban cuando el mandato familiar se volvía tan pesado que amenazaba con aplastar la columna vertebral de una mujer.

—Saca la pana de la chaqueta de tu padre —ordenó Clara.

Jeannette, temblando, sacó de su bolso un retazo cuadrado de pana marrón, arrancado del forro interior del bolsillo de la chaqueta de faena de su padre. Olía a tabaco de mascar, a sudor rancio de muelle y a ese rencor sordo que los hombres sin fortuna descargan sobre las mujeres de su casa cuando regresan con los bolsillos vacíos.

Clara no encendió más velas. Le bastaba con la luz moribunda de la única lámpara de gas que Madame Vionnet dejaba encendida para evitar que las ratas del Sena se comieran los rollos de organdí. Tomó la aguja capotera y, sin usar el dedal de plata, enhebró el cordón de lino de la bota en el ojo de hierro. La cuerda era tan gruesa que los hilos de los extremos se resistían, deshilachándose como la voluntad de un animal acorralado, pero Clara se llevó la hebra a la boca, mojándola con su saliva febril. Al instante, el lino pareció ablandarse, encogiéndose hasta deslizarse por el ojo del metal con un sonido que imitó el silbido de una serpiente entre la hierba seca.

—Mira bien, Jeannette —dijo Clara, clavando la aguja en el centro del retazo de pana—. Tu padre quiere atar tus manos a su miseria. Quiere que tu Singer pague sus deudas de taberna. Cada puntada que yo dé en esta pana será un nudo en su voluntad. Cuando intente levantar la manivela de tu máquina, sentirá que el hierro pesa tanto como el plomo de las fundiciones. Cuando intente gritarte para exigir el dinero del taller, su garganta se secará como el lino puesto al sol de agosto.

Clara hundió la aguja con la fuerza de su brazo entero. La pana era dura, tres capas de tejido grueso que se resistían a ser perforadas, pero la aguja de tres filos avanzó, emitiendo un crujido seco, un ¡clac! que resonó en el sótano vacío como el hueso de un animal que se quiebra bajo la bota de un cazador.

Al atravesar el tejido, una exhalación invisible brotó de la pana. El olor a tabaco y alcohol del muelle se intensificó tanto que Jeannette tuvo que taparse la boca para no vomitar. De las puntadas no salía humo, sino un vaho denso, una especie de escarcha grisácea que comenzó a cubrir los bordes del retazo de pana, congelando el pelo del tejido hasta volverlo rígido como la lija.

Clara dio la segunda puntada, cruzando el hilo en diagonal para formar una cruz perfecta, un nudo ciego que su abuela llamaba «el cepo del tejedor». Con cada movimiento de sus manos, la temperatura del cuarto de costura descendía un grado. El agua salada del cuenco de limpieza, que aún permanecía sobre la mesa pequeña, comenzó a formar agujas de hielo en la superficie, y el aliento de las dos muchachas empezó a salir en nubes blancas de vapor.




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