El viernes anterior al sábado de la boda, el sótano del número 14 de la Rue des Innocents se convirtió en un espacio donde las leyes de la física parecían haber cedido ante la tiranía de los hilos. París entero estaba paralizado por una ola de frío siberiano que había congelado la superficie del Sena, deteniendo el paso de las barcazas de carbón y cubriendo las gárgolas de Notre-Dame con una costra de hielo opaco. Sin embargo, en el Cuarto de las Telas, el termómetro marcaba una temperatura que obligaba a Clara y a Julian a trabajar con las camisas de algodón fino, con las sienes empapadas de un sudor que olía a azahar amargo y a metal calentado en la fragua.
Julian ya no se parecía al dandi lánguido que tres meses atrás caminaba por los jardines del distrito 7. Sus manos, que antes solo habían sostenido bastones de malaca, copas de cristal de Baccarat y plumas de ganso para firmar decretos de herencia, estaban cubiertas de pequeñas raspaduras e hilos incrustados en los pliegues de la piel. Tenía el hombro izquierdo ligeramente encorvado, adoptando ya la postura clásica de los oficiales sastres que pasan la vida buscando la simetría del lienzo sobre la madera de roble. Había pasado las últimas treinta y seis horas desarmando, hebra por hebra, el pesadísimo rollo de brocado de oro y seda verde oliva que el viejo duque, su padre, había enviado para el traje de la cena de gala de Sophie.
—Cada una de estas hebras doradas es un grito de los peones de las plantaciones, Clara —susurró Julian, usando las tijeras pequeñas de punta curva para cortar un remate oculto en el reverso del tejido—. Al cortar el metal, siento que el aire de la habitación se vuelve más ligero, como si estuviéramos quitando los eslabones de una cadena que lleva siglos oxidándose en los sótanos de mi familia.
Clara lo observaba desde su banqueta, con el dedal de plata firmemente encajado en el dedo corazón de su mano izquierda. La marca blanquecina de su índice ya no era un punto aislado; se había estabilizado en una línea delgada y nívea que le recorría el costado de la mano hasta perderse bajo la manga de la blusa, latiendo sutilmente cada vez que la aguja de acero toledano atravesaba el corpiño que estaba preparando.
—El oro de las telas señoriales nunca es limpio, Julian —respondió ella, sin detener el ritmo de su brazo—. Mi abuela Úrsula decía que el oro que se teje para demostrar poder siempre busca el cuello de quien lo compra. El brocado que estás desarmando no era para vestir a Sophie; era para pesar sobre sus hombros, para recordarle que su dinero ahora pertenecía a las tierras de los Évreux y que su cuerpo era el precio de la transacción. Al romper la trama, le estás devolviendo la libertad de morir como una mujer, y no como una propiedad.
En el taller exterior, las otras doce costureras trabajaban en un silencio sepulcral. La capataza jefe ya no se atrevía a golpear el suelo con el cepillo de terciopelo, y Madame Vionnet apenas salía de su oficina de cristal. La visita del obispo d'Avignon y su posterior huida despavorida habían dejado claro que Clara ya no era una empleada a la que se pudiera amenazar con el despido o la policía. El sótano se había transformado en un territorio neutral, una embajada del destino donde la única autoridad legítima emanaba de la punta de acero que Clara sostenía entre los dedos.
De repente, la campana de la entrada superior sonó con dos golpes secos. No era la comitiva del duque ni los mensajeros de las casas aristocráticas. Quien bajaba las escaleras de piedra lo hacía con un paso débil, irregular, arrastrando las suelas de satén por los peldaños húmedos como si el cuerpo apenas tuviera la energía necesaria para sostener la estructura de los huesos.
La puerta del Cuarto de las Telas se abrió despacio. Jeannette entró primero, sosteniendo del brazo a una mujer envuelta en un abrigo colosal de piel de marta que le arrastraba por el suelo. Cuando la recién llegada se retiró la capucha de piel, Julian soltó las tijeras de hierro, que cayeron sobre la mesa con un ruido sordo.
Era la condesa Sophie de Morlay.
La imagen de la joven heredera era fantasmal. Su piel, que una semana antes parecía hecha de crema fresca, tenía ahora la transparencia azulada del hielo que se forma en las orillas del río. Sus ojos azules estaban hundidos en dos cuencas oscuras, pero brillaban con una fijeza febril, una lucidez desesperada que daba miedo contemplar. Lo más terrorífico, sin embargo, estaba debajo del abrigo de marta. Sophie no vestía ropa de calle; llevaba puesto el vestido de novia de satén duquesa blanco que Clara había bordado con su propia sangre.
El vestido parecía haberse fusionado con su cuerpo. Las filigranas de venas rojas que antes se concentraban en el corpiño se habían extendido por completo hacia las mangas y el cuello alto, trepando por la piel de la garganta de Sophie como una enredadera de capilares carmesíes que latían al unísono con su respiración entrecortada. El satén blanco ya no caía en pliegues sueltos; estaba tenso, ceñido a sus costillas con la rigidez de un corsé ortopédico de hierro, amoldando la silueta de la muchacha hasta volverla idéntica a la del maniquí de mimbre del taller.
—Julian... —la voz de Sophie fue apenas un soplo de aire frío, un murmullo que olía a azahar amargo y a almidón de costura—. Sabía que estabas aquí abajo. El vestido me lo dijo anoche. Cada vez que dabas un corte al brocado de oro en el sótano, yo sentía una puntada de libertad en el pecho, un espacio de aire que me permitía respirar por unos minutos.
Julian avanzó hacia ella, con el rostro desencajado por el remordimiento, pero Sophie levantó una mano enguantada en seda blanca para detenerlo. Sus dedos estaban rígidos, curvos como las garras de un ave pequeña.