La primera semana del invierno negro trajo a París una quietud de tumba de mármol, pero en el número 14 de la Rue des Innocents, el subsuelo vibraba con un latido clandestino. Las gacetas que los muchachos vendían a gritos por un sueldo de miseria en el bulevar de Sébastopol no daban abasto: el escándalo del altar desierto de Saint-Germain-l’Auxerrois y la reclusión de la baronesa de Rothschild en el sanatorio mental de Passy habían abierto una grieta de superstición en el espinazo de la burguesía. Se rumoreaba que una peste mística corría por las costuras de la alta costura; las damas de la corte del distrito 7 quemaban sus vestidos de noche en los patios traseros de sus palacetes, temiendo que el satén o el terciopelo cobraran aliento y gritaran sus infidelidades y fraudes contables ante los ojos de los lacayos.
Madame Vionnet se había atrincherado en su oficina de paredes de vidrio esmerilado. El bastón de nácar, que antes golpeaba los adoquines con la cadencia de una ley inapelable, descansaba ahora contra el rincón de la chimenea apagada. La anciana ya no contaba los billetes; los miraba con la fobia con que un herbolario mira las raíces de una planta venenosa que ha crecido demasiado rápido bajo la sombra de su propia tejavana.
—París tiene miedo de vestir, Clara —había susurrado la matrona esa mañana a través de la rendija de la puerta, con sus encías pálidas al descubierto y los ojos turbios por el alcanfor—. Dicen que las telas tienen memoria. Dicen que hay una muchacha en el sótano que enhebra la justicia con la aguja de los muertos. Si la prefectura nos clausura, no será por comunismo, sino por brujería.
Clara no se había dignado a responderle. Desde su banqueta en el Cuarto de las Telas, el mundo de la superficie parecía una función de guiñol cuyos hilos se deshilachaban al menor tirón de su mano izquierda. Frente a ella, el gran rollo de lienzo de cáñamo rústico que había bajado de los estantes de cedro ocupaba todo el largo del tablón de roble. Era un tejido áspero, del color del pan de centeno endurecido por el aire de los graneros, con un olor a rastrojo húmedo y a tierra de labranza que sofocaba por completo el tufo residual del almidón industrial y las aguas de rosas de las antiguas clientas.
A su lado, Julian trabajaba con la espalda doblada y la mandíbula apretada. El uniforme de gala de su abuelo yacía en el fondo de un canasto de mimbre, cubierto de virutas de madera y tiza gris; ahora vestía una camisa de percal remendada en los codos y el delantal de lona de los oficiales sastres. Sus dedos largos, hechos para la desidia de los salones, tenían las yemas ennegrecidas por la cera de abejas y el labio inferior partido por la costumbre nueva de sostener los alfileres de cabeza de hierro entre los dientes mientras hilvanaba.
—Este cáñamo es testarudo, Clara —dijo Julian, apartándose un mechón de pelo oscuro de la frente con el dorso de la mano—. No es como el satén duquesa que cede al menor roce del cortahílos. Cada fibra de esta pieza parece recordar la fuerza del buey que arrastraba el arado. Las tijeras se mellan si intento avanzar demasiado rápido.
Clara levantó la mano izquierda, mostrando el dedal de plata labrado con las runas que su abuela Úrsula había rescatado de los incendios de la guerra carlista. La línea blanca que le recorría el índice —aquella cicatriz que ya no era una herida, sino un canal de luz translúcida— latió tres veces, desprendiendo un vaho tibio que templó el aire helado que se colaba por la claraboya del callejón de los carboneros.
—El cáñamo no es para los impacientes, Julian —explicó Clara, acariciando la urdimbre basta con sus dedos heridos—. El satén se vende por metros a los que no tienen pasado; el cáñamo se hereda por generaciones entre los que no tienen futuro. Si quieres que la tela te obedezca, no uses la fuerza del brazo. Dale el calor de tu sangre. Piensa en las manos de los hombres que segaron la planta bajo el sol de agosto, piensa en las mujeres que machacaron el tallo en los ríos hasta que la fibra quedó limpia de la corteza. El oficio no es un castigo, Julian; es la única forma de oración que nos queda a los que fuimos desterrados del cielo de los señores.
Julian la miró, y en el fondo de sus pupilas oscuras ya no quedaba ni un solo destello del orgullo de los Évreux. Había una devoción rústica, una pasión que se había cocido a fuego lento entre el frío del sótano y el calor abrasador de las manos de Clara. Se acercó a ella, rompiendo la distancia de la mesa, y apoyó su mano derecha sobre la de la costurera. Al tocarla, el crujido del cáñamo pareció detenerse, y un hilo de electricidad azulada cruzó de los dedos de Clara a las costuras del delantal de lona de Julian, fijando su silueta en el suelo de piedra con la firmeza de un pilar de iglesia.
—No extraño nada de lo que dejé arriba, Clara —susurró él, con una gravedad que le salía del pecho como un golpe de mazo—. Mi padre puede quedarse con los viñedos del norte y el panteón de mármol negro. Prefiero pasar el resto de mis inviernos aquí abajo, cortando tela de arpillera a tu lado, que volver a ser el muñeco de cera que vestían para los bailes de la Ópera. Si mis manos tienen que sangrar para aprender tu verdad, que sangren hasta que el hilo se vuelva rojo.
—Tu hilo ya es rojo, Julian —dijo Clara, rozándole los labios con la punta del índice níveo—. Lo fue desde el día que arrojaste las charreteras de oro al lodo del callejón. Pero el trabajo de hoy no permite distracciones. Mira hacia la mesa común. Las muchachas tienen hambre, y el París de los descalzos está llamando a la puerta.
En la nave central del taller, las doce costureras trabajaban con una energía que combinaba la desesperación de la huelga y el fervor de las procesiones de Semana Santa. Jeannette lideraba la mesa común. Sus muñecas, que días atrás sufrían el calambre de la sumisión ante la sombra violenta de su padre, se movían ahora con una presteza geométrica sobre los retazos de pana marrón que Clara le había ayudado a domar.