Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 5 Lo que el taller recuerda cuando nadie lo mira

Clara no habló durante varios minutos.

Ni siquiera intentó hacerlo.

El cuerpo le pedía silencio como si cualquier palabra pudiera romper algo que aún no terminaba de acomodarse dentro de ella. No era exactamente una imagen lo que había visto al tocar el vestido. Tampoco un recuerdo propio. Era una mezcla imposible de sensaciones: manos ajenas trabajando a través de sus propios dedos, voces que no pertenecían a su memoria, y una certeza inquietante de haber estado en un lugar donde nunca había ido.

El taller seguía allí.

El mismo espacio.

La misma mesa.

El mismo aire.

Pero todo parecía ligeramente desplazado, como si la realidad hubiera sido cosida apresuradamente y una de las puntadas hubiera quedado demasiado tensa.

Clara miró sus manos otra vez.

No temblaban.

Ahora estaban quietas.

Demasiado quietas.

Como si hubieran decidido no participar de lo que acababa de ocurrir.

Adrien Beaumont permanecía de pie junto a la mesa, observándola con una atención que no era curiosidad sino cálculo. Agnès, en cambio, parecía cansada de una forma antigua, como alguien que ha repetido demasiadas veces una advertencia que nunca fue escuchada a tiempo.

El vestido seguía cerrado.

Pero ya no era solo una pieza de tela.

Clara lo sabía ahora.

Y ese conocimiento no se podía deshacer.

—No fue una visión —dijo finalmente, rompiendo el silencio.

Su voz sonó más baja de lo que esperaba.

Adrien no respondió de inmediato.

—No —admitió él al fin—. No lo fue.

Agnès bajó la mirada.

Ese gesto, pequeño, casi imperceptible, fue lo más elocuente de toda la escena.

Clara sintió una punzada en el estómago.

—Entonces… ¿qué fue?

Adrien dio un paso hacia la mesa.

No tocó el vestido.

Nunca lo hacía sin necesidad.

—Una transferencia incompleta.

Clara frunció el ceño.

—Eso no significa nada.

—Aquí sí —respondió Agnès.

Silencio.

El aire del taller parecía haberse vuelto más pesado, como si cada palabra pronunciada añadiera una capa invisible sobre el espacio.

Clara respiró hondo.

—Quiero entenderlo desde el principio.

Adrien la miró por fin con algo distinto en la expresión.

No dureza.

No autoridad.

Algo más cercano a la precaución.

—El principio no es un lugar seguro —dijo.

—Ya no importa —respondió Clara—. Después de lo que vi… ya no hay vuelta atrás.

Agnès cerró los ojos unos segundos.

—Eso es exactamente lo que temía.

Adrien caminó lentamente alrededor de la mesa.

Sus pasos no producían sonido.

O quizá el taller había decidido no registrarlos.

—Este taller —comenzó— no siempre fue lo que ves ahora.

Pausa.

—Antes de los encargos de la alta sociedad, antes de los nombres conocidos, antes de los desfiles y las temporadas… hubo otra etapa.

Clara escuchaba sin interrumpir.

—Una etapa en la que no se diseñaban vestidos para el cuerpo.

Silencio breve.

—Sino para la experiencia.

Clara sintió un escalofrío leve.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tuvo durante un tiempo —respondió Adrien.

Agnès habló sin abrir los ojos:

—Y casi nos cuesta todo.

Clara giró la mirada hacia ella.

—¿“Nos”?

La anciana tardó.

—A quienes seguimos aquí.

El silencio posterior fue incómodo.

No porque fuera vacío, sino porque estaba lleno de algo que no se quería nombrar.

Adrien se detuvo frente a la ventana.

La luz del exterior era tenue, filtrada por nubes bajas.

—El vestido que tocaste —dijo— pertenece a un experimento antiguo.

Clara sintió un nudo en la garganta.

—¿Experimento?

—No científico —aclaró él—. Artesanal.

Pausa.

—Emocional.

Clara frunció el ceño.

—Eso no explica nada.

Adrien la miró.

—Sí lo hace. Solo que no en términos cómodos.

Silencio.

Agnès se acercó lentamente a una de las mesas.

—Hay personas que no saben expresar lo que sienten —dijo—. Ni siquiera cuando lo intentan.

Pausa.

—Ese taller buscó una forma de hacerlo por ellas.

Clara sintió incomodidad.

—¿Cómo?

Adrien respondió:

—A través de la materia.

Silencio.

—La tela no solo cubre el cuerpo —continuó—. También puede contener lo que el cuerpo no dice.

Clara negó con la cabeza lentamente.

—Eso suena imposible.

—Y sin embargo lo sentiste —dijo Agnès.

Clara se quedó callada.

Porque no podía negarlo.

El taller parecía más estrecho otra vez.

No físicamente.

Sino en la percepción.

Como si las paredes hubieran escuchado demasiado.

Clara retrocedió un paso sin darse cuenta.

—¿Qué pasó con los vestidos que no debían existir?

Adrien tardó en responder.

Demasiado.

—Algunos fueron destruidos.

Pausa.

—Otros desaparecieron.

—¿Y el que está aquí? —preguntó Clara.

El maestro la miró directamente.

—No desapareció.

Silencio.

—Fue devuelto.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Devuelto por quién?

Agnès respondió:

—Por la misma persona que lo creó.

El aire cambió.

Clara sintió que esa respuesta abría una puerta que no estaba preparada para cruzar.

—Eso no tiene sentido —dijo.

Adrien caminó lentamente hacia la mesa.

—Tiene demasiado.

El vestido seguía cerrado.

Pero ahora Clara tenía la sensación de que no estaba quieto.

Era una ilusión difícil de explicar.

Como si la tela respirara en una frecuencia distinta a la del resto del mundo.

—Cuando lo toqué… —dijo Clara de pronto.

Se detuvo.

No sabía cómo continuar.

Agnès la observó.

—Lo sabemos.

Clara apretó los dedos.

—No fue solo una imagen.

Adrien asintió.

—Fue una memoria ajena activada por contacto.

Silencio.




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